El mundo globalizado queda recorrido por una doble crisis, auténtico rizo de la ultra-modernidad: migraciones y territorio. Doble negación a su vez, ya que cada uno de esos conceptos adquiere tintes de negatividad al enfrentarse al otro, devenido su opuesto. Como en ese “¡renó!” con el que el baturro del cuento refuerza su negación sin percatarse de la positividad de la doble articulación negativa.
Pero volviendo al enunciado. La trasversal del análisis territorial se plantea ante el fracaso de las propuestas de actuación nacionales y ante la inconsistencia de una política en el nivel “Comunitario”. La crisis de las políticas migratorias ha terminado dejando un vacío insoportable, atrayendo necesariamente al orden territorial como nueva baza de juego, a la vez que actualiza dimensiones novedosas, necesarias para salir del impasse, de ese círculo vicioso y cerrado en el que habíamos caído.
Prácticamente todas las comunidades autónomas han ido desarrollando sus propias administraciones de extranjería, conscientes de que es un tema que directamente les afecta. La competencia territorial sobre las cuestiones migratorias acelera el ritmo de las políticas autónomas. Proceso de territorialización que terminará recalando, incluso, en el nivel municipal último y definitivo enclave de asentamiento de las personas. Proceso, a la postre, de negación de la extranjería que ya iniciara, y hace más de de diez años, el mismo estatuto vasco en la definición de su componente poblacional (Y me acuerdo que ¡Con la designación de un Director General de Inmigración que era todavía extranjero!)
Ahora bien, los problemas también saltan a la vista. Las personas no terminan por comportarse como las cosas y junto a (o mejor dicho, frente a) las meras mecánicas del movimiento se producen mecánicas de derechos y deberes que complican el proceso hasta límites sólo percibibles cuando salta el conflicto. No otra cosa es lo que advertía ya en aquella época el mismo Secretario General de la OTAN cuando apuntaba a las consecuencias últimas de las migraciones en las futuras crisis a las que se enfrentarán los Estados Unidos y Europa aunque olvidaba, me temo, los factores que configuran esos escenarios de tensión venideros. No se equivocaba un ápice. Sólo que lo confundía todo.
Pero volvamos al tema territorial. ¿Cabe analizar la extranjería desde la política autónoma de cada territorio?. Hoy que está tan de moda el tema de la soberanía territorial, esta pregunta se vuelve doblemente pertinente. Superada la mirada simplona que solo busca una aproximación administrativa al tema, la realidad es que, tarde o temprano, los “territorios” terminan desbordando el marco “departamental” –pura administración- para configurar el juego político. Las migraciones dejarán algún día de configurar la agenda de los estados para asumir una entidad supranacional estructurada en los grandes espacios que cruzan el Mediterráneo, el Atlántico, etc. Podemos ensoñar verdaderas agencias migratorias articuladas desde el derecho. Sí, pero su gestión recalará necesariamente en los niveles territoriales, municipios y comunidades, auténticos protagonistas de la vida de las personas.
Pero los problemas aparecen desde un principio. Tensiones territoriales y personalistas animan la previa definición de estas Comunidades, lógica necesaria de toda entidad política: “Cataluña” o “los catalanes”, “Euskadi” o “los vascos” …, el Estatuto de Autonomía de esta última comunidad lo deja voluntariamente abierto, Como lo proclamó, ya también hace años, el propio President de la Generalitat al decir que “catalanes son todos los que viven y trabajan en Cataluña”, remisión más o menos consciente al viejo planteamiento de Renan donde toda nación resulta ser un“plebiscito de todos los días” haciendo primar la voluntad de ser sobre la misma institucionalidad de los hechos. (Me fuerzo a recordar todo esto en momentos como los que estamos conociendo hoy con el Estatut) Somos lo que queremos ser, parece decirnos esta propuesta. Ahora bien, la dimensión migratoria incorpora una nueva axial que viene a complicarlo todo: ¿Quién puede desear ser esto o aquello?, o más directamente: ¿Puede un extranjero desear ser catalán o vasco o madrileño sin el previo proceso de naturalización en el marco nacional?. Una pregunta abierta que necesariamente tendremos algún día que encarar.
El proceso adquiere -¡como no!- matices y gradaciones. Los primeros se asientan en la misma configuración de la extranjería, pero su mecánica sólo viene a afianzar lo dicho. “Residente vasco” o “catalán” o “madrileño” resultan a la postre un, aunque necesario, mero paso hacia una configuración de la nacionalidad. Y evito justamente decir ciudadanía, remitiéndome al reconocimiento constitucional de esas “nacionalidades” del artículo segundo de la Constitución.
Frente al “limes” del Imperio que separaba la ekumene de la barbarie, o esa “Frontera” atraída por el “far west” en el modelo norteamericano, o la frontera militar entre el “Dar al-Islam y el Dar al-Harb” de la mítica islámica, o las fronteras “naturales” que soñaron los geógrafos de los siglos XVIII y XIX, donde la geografía se hacía “carne”; la “frontera” moderna termina configurándose bajo la óptica del deseo: pura voluntad de pertenencia. No es extraño que, asumida de forma casi universal esta nueva óptica –“anti-Ilustrada”, dejémoslo dicho desde el principio- la pertenencia deja de ser algo natural, geográfico, fruto de la calidad “biológica” del territorio, hijos todos de la “madre patria”, para convertirse en fruto maduro de un cruce de voluntades, eso sí, voluntades de unos y otros y no siempre aditables. De ahí que salten voces que hablen, cada día con más fuerza, de “patriotismo constitucional” como remedio de todos estos males, eso sí, sin percatarse que con ello sólo trasladan en problema: ¿De la Constitución o del Estatut?
Pero con ello una nueva concepción personalista se apodera del derecho y desde ella se reconstruyen las nuevas fronteras. Fronteras interiores que no sólo separan posibles territorios, sino que terminan por penetrarlos. San Ambrosio, al final del Imperio, promovía la distinción entre enemigos externos e internos “hostes domestici”, predicando contra éstos su personal cruzada conciliar. Ciudades opuestas imbricadas en un mismo territorio: “Ciudad de Dios adversus Ciudad del Hombre” como al poco proclamará Agustín de Hipona incorporando la línea de división al mismo corazón de cada uno.
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