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	<title>MedidasTransversales</title>
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	<description>Otra visión de la actualidad política, social de nuestra sociedad</description>
	<pubDate>Fri, 11 May 2012 10:18:59 +0000</pubDate>
	
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		<title>Golpe de estado V</title>
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		<pubDate>Thu, 10 May 2012 15:24:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Olivan</dc:creator>
		
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		<category><![CDATA[culturayderecho]]></category>

		<category><![CDATA[CLASES SOCIALES]]></category>

		<category><![CDATA[GUERRA DE CLASES]]></category>

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		<description><![CDATA[Hemos apuntado a las causas psicológicas –a la reacción de las clases altas- como la última ratio del Golpe de Estado. Sin embargo esto nos obliga a contestar a una serie de preguntas previas. De entrada: ¿Existen todavía las clases  sociales?, ¿Hay suficiente estructura de cuerpo, en esas posibles clases, como para construir un pensamiento [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-605" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2012/05/golpe_de_estado.jpg" alt="golpe_de_estado" width="250" height="250" />Hemos apuntado a las causas psicológicas –a la reacción de las clases altas- como la última ratio del Golpe de Estado. Sin embargo esto nos obliga a contestar a una serie de preguntas previas. De entrada: ¿Existen todavía las clases  sociales?, ¿Hay suficiente estructura de cuerpo, en esas posibles clases, como para construir un pensamiento y acción propios? Y, por último, en caso de existir esas clases y mantener una conciencia común ¿Tienen eficacia suficiente para alcanzar esa metas de poder que persiguen? Responder a estas cuestiones constituye la razón de ser de la sociología política moderna y el núcleo central de toda teoría del cambio social como motor del devenir histórico.</p>
<p><span id="more-600"></span></p>
<p>Sin embargo, lo que pretendemos ahora no es construir una teoría completa de ese cambio social, nos conformamos de entrada con una respuesta de combate a la espera de una reflexión más profunda y fundamentada. El cuerpo teórico es necesario, pero la urgencia hoy día está en la praxis. Es el momento de la acción.<br />
Comencemos. Aunque el orden lógico de las cuestiones sea el enunciado anteriormente, las respuestas deben construirse con una óptica distinta, dado que el proceso ha sido más ideológico que social y económico. Es cierto que hoy, desde mediados del siglo XX, ya no existen las clases sociales como esa agrupación racional de intereses vinculados por lazos familiares y de lealtad tal y como las conocimos en períodos pasados. No estamos ante una clase alta construida por esas “Cien familias”  que entrelazaban matrimonios e intereses patrimoniales en una identidad reflejada en los apellidos y donde era fácil apreciar una homogeneidad tanto cultural como casi física, profundamente distanciada de los aspectos culturales y físicos de las clases populares. Las diferencias de clases, en lo cultural, lo intelectual y lo fisiológico (la belleza de sus tipos por oposición a las formas deformes de las clases bajas, véanse las diferencias de unos cuerpos y otros en las pinturas de un Botichelli y un Bosco, por poner un ejemplo), esta distancia, decimos, ha desaparecido totalmente. Si en la Edad Media la disparidad entre un campesino y un aristócrata se apreciaba tanto en los rasgos físicos como en los culturales, hoy esa diferencia ya no existe, absorbida por la uniformidad de la sociedad de masas. Clases altas y bajas han convergido en una homogénea clase media a la que imitan, en una atracción fatal, tanto unos y otros.<br />
De esta manera, aunque la historiografía aprecia una persistencia del Antiguo Régimen todavía en los comienzos del siglo XX, a lo largo del período de entre guerras los modelos pre-modernos van desapareciendo totalmente. Son testigos magistrales de este cambio obras como “Un mundo de ayer” de Stefan Zweig, o film como “La caída de los Dioses” de Visconti. El triunfo de la burguesía y de sus propuestas economicistas terminan imponiendo un modelo homogéneo al que convergen tanto las clases altas como las bajas, modelo que se aprecia en todos los aspectos de la vida: alimentación, vestimenta, gustos artísticos, niveles culturales, etc. Los descendientes de aquella vieja aristocracia gustan vestir “ropa vaquera”, originalmente diseñada para el trabajo fabril, comen hamburguesas, en típicos restaurantes populares y escuchan a la cantante de moda en un gusto semejante al de los otros millones de consumidores procedentes de todas las otras clases sociales. Hoy, pese a la profunda distancia económica, la diferencia cultural y fisiológica entre un vástago de las antiguas clases altas y el hijo de un obrero resulta mínima, agarrados ambos a una terminal móvil de características parecidas, visualizando las mismas películas y practicando los mismos deportes, terminan identificándose hasta en los rasgos visuales.<br />
Entonces: ¿Estamos ante una sociedad sin clases? Desde un punto de vista sociológico podríamos responder de forma positiva, sólo hay un largo contínuum de diferencia económica. Sin embargo esas clases se mantienen y reconstruyen desde el lado de la ideología. Hoy estamos ante un nuevo proceso de reconstrucción de clases donde la sociedad vuelva a estar dividida. Quizá esté justamente aquí la clave para comprender gran parte de lo que está sucediendo hoy día. Una clase alta, construida en el imaginario de la ideolgía, se ha levantado contra este proceso de homogeneización. Se ha declarado así una verdadera “Guerra contra la democracia” como denuncia el profesor Zeev Sternhell, en su magnífico libro “Les anti-Lumières”, Paris 2006. Una guerra que amenaza destruir no tanto los doscientos años sobre los que se edificó el modelo democrático, sino sobre todo los cincuenta últimos, sobre los que esa igualdad alcanzó cuotas inimaginables a lo largo de la Historia.<br />
Es cierto que ya no estamos ante un sistema de clases tal como lo hemos conocido. Su organización, como ya hemos apuntado, no es sociológica, ya no se sustentan en estructuras sociales construidas desde siglos sino sobre un nuevo imaginario ideológico. Un marco que plantea un nuevo escenario de desigualdad y de lucha y que es el específico marco del siglo XXI. Estamos ante una nueva lucha de clases como también intuyó el diputado Llamazares en su discurso parlamentario.<br />
He hablado de un marco social de las clases, entendiendo por este concepto esa diferenciación basada en lazos reales de corte familiar y económico que terminaba construyendo un grupo homogéneo y solidario fuertemente diferenciado del resto de clases. Cuando menciono un nuevo marco ideológico  me refiero a un sistema distinto donde los únicos lazos, a la espera de constituirse en un futuro nuevamente como lazos familiares y económicos, se sustentan en el entramado de ideas, propuestas, anhelos y resentimientos. Es decir, la nueva estructura de clases que está surgiendo descansa más en el imaginario de sus miembros, que en la realidad de sus intereses de casta. Un proceso construido desde las simas del pensamiento y que, como la misma modernidad que vio la luz con la Ilustración, también encuentra sus raíces en el gran laboratorio de las ideas que fue el siglo XVIII.<br />
De esta manera se proyectan dos líneas, más o menos paralelas, que van a recorrer toda la Modernidad pero con dos relatos profundamente contradictorios. Lo importante es apreciar su objetivo último ya que en reiteradas ocasiones intercambiarán, incluso, el instrumental de su discurso. Su oposición, por lo tanto, no está fundamentalmente en los valores que sostienen, ni en las propuestas sociológicas que de ellos se deducen. Su oposición está claramente en los objetivos, en el destino último que se pretende, en su visión global de la naturaleza humana, o mejor dicho, del destino que se busca para esa misma humanidad. No es, por lo tanto, una oposición basada en el mundo de las ideas, sino en la voluntad de destino. Una posición es profundamente igualitaria, entiende que los hombres y mujeres son radicalmente iguales y que, justamente por eso, todos están igualmente llamados a construir ese destino. Los otros plantean justamente lo contrario. Apoyándose en la visualidad de sus fuerzas, de sus riquezas, de su poder, sostienen la idea de un mundo desigual donde unos son llamados a mandar y otros a obedecer. ¡Cuidado!, pese a presentarse como una propuesta basada en la naturaleza humana, su elitismo tiene siempre y sospechosamente una constante: cuando nos dicen que deben mandar los mejores, siempre consiguen establecer una previa equivalencia: ellos y su grupo de pertenencia son siempre ese autoconsiderado  grupo de los mejores. Todavía no he visto a ningún racista proclamar que la raza superior no sea aquella a la que pertenece.<br />
A la primera posición la podemos denominar “democrática”, en cuanto reúne las dos condiciones de este tipo de propuestas: el carácter absoluto del principio de igualdad, “nadie es, por su propia naturaleza, superior a nadie” y la radical vinculación de la idea de Poder a la voluntad general. La segunda posición, propuesta como elitista, hay que definirla, sin embargo, por su oposición a la anterior, de ahí el calificativo de reaccionaria, nace justamente en su confrontación a esa ideología de la libertad y la igualdad que se desarrolla con el progreso de la razón en el espacio construido por la Ilustración. Es una ideología construida a la contra y, en su gran mayoría, no por los representantes de esas clases altas que empezaban a ser desplazadas por el empuje democrático. Gran parte de estas clases altas o se habían ido disolviendo como tales o, en el caso de sus mejores miembros, terminaron incorporándose a las propuestas democratizadoras. Los autores a que van a nutrir esta ideología proceden fundamentalmente del campo democrático, tanto por sus orígenes sociales como por su formación cultural, pero se pasan a esa otra vertiente fruto de un profundo resentimiento. Una reacción resentida, a la contra de ese proceso histórico de conquista de libertades, una verdadera guerra a la democracia que, lejos de quedar circunscrita a los tiempos de esa misma Ilustración, parece renacer con una fuerza abrumadora en estas primeras décadas del siglo XXI.<br />
Así, frente a la senda que se abre con la Ilustración y que encontrará en los acontecimientos de 1789, 1830, 1845, 1870 y 1917 los estallidos revolucionarios donde se proclama la victoria del pueblo, se marca otra sutil línea, muchas veces contradictoria, que enlaza nombres como Herder, Vico, Burke, Taine, o en el caso de España, Donoso Cortés. Una línea que deambula entre el rechazo a la Razón (auténtica divinidad del siglo de las Luces) y la repulsa del romanticismo, expresión, en muchos casos, de ese sentimiento revolucionario que convulsionó el siglo XIX, y que, paso a paso, construyó, pese a posibles protestas, las bases ideológicas del fascismo y el nazismo del siglo XX. Es sobre este eje, reconvertido a la Modernidad, sobre el que se construirá el ideario racista con aportes como los de Gobineau y Chamberlain, hasta elevar la columna vertebral del pensamiento reaccionario de hoy día y que, de la mano de autores como Leo Strauss, François Furet o Emile Nolte, fundará los presupuestos de las actuales ideologías “neocon”, pese a su intento, en algunos casos, de ocultarse bajo el paraguas de un nuevo liberalismo.<br />
Una línea donde se combinan, decimos, propuestas del más puro estilo antidemocrático, es decir, anti popular (Demos=Pueblo), con otras autodenominadas liberales (Constant, Tocqueville), pero que no dejan de filtrar su carácter reaccionario. ¿No es eso lo que se destila de esa diferencia entre la “Libertad de los Antiguos frente a la de los Modernos”?. Y no por nada ese Tocqueville que tanto aprecia esa democracia en América, no duda en posicionarse junto al bando Confederado en la Guerra de Secesión Norteamericana. La idea de que blancos y negros pudieran compartir una misma tierra le resultaba insoportable.<br />
Por eso cuando decimos que la nueva estructuración de clases no es social sino ideológica queremos marcar que no se construye sobre una realidad de base sociológica, sino en el imaginario de estas propuestas e ideas. En el siglo XVIII el campesino, el tendero de la ciudad o el esbirro, podía apoyar a su señor y combatir en sus mesnadas contra una revuelta popular, pero todos ellos, desde el señor hasta el lacayo, sabían que pertenecían a clases distintas. Hoy día, en cambio, la confusión de clases es total, el profesor universitario, pese a su vinculación con el poder, puede sentirse clase trabajadora, frente a ese oficinista explotado en su empresa con diez o doce horas de trabajo diario, que se siente, en cambio, miembro de la clase alta y vota a los partidos de la derecha frente al riesgo democratizador que aprecia en la izquierda, incluso existe una ultraderecha que dirige prácticamente todo su discurso a las clases más desfavorecidas.<br />
Un totum revolutum que desliga definitivamente el orden social de la estructura de clases. El carácter ideológico del proceso se ve ya desde sus orígenes, basta recordar el origen mismo de prácticamente todos los autores de este campo reaccionario, ninguno de ellos perteneciente a las viejas clases aristocráticas. En unos casos vástagos de la pequeña nobleza desclasada, como Gobineau, que además reinventaba su origen, consciente del poco arraigo de su título nobiliario procedente de la Restauración, o de las clases medias siempre al borde del precipicio como el mismo Burke, donde su plaza en el Parlamento fue siempre concesión de los auténticos nobles a los que servía; lo mismo en muchos otros autores, unos emigrados proletarizados resentidos ante el éxito de terceros, o directamente expresión de un lumpen como en los casos de Hitler y Musolini o, incluso, renegados de corrientes izquierdistas como esos antiguos comunistas y troskistas que hoy saturan los gabinetes de opinión de la derecha, y que constituyen hoy la fuente del pensamiento reaccionario. En algunos casos hasta antiguos terroristas reconvertidos en “matarifes” ideológicos de la extrema derecha. Es esta nebulosa de la reacción la que, derrotada durante los dos siglos que van desde la Revolución Francesa hasta la consagración del Estado del Bienestar, renace hoy con voluntad de restaurar un nuevo orden de clases. Es a esto a lo que llamamos Golpe de Estado en Europa.<br />
Hoy por hoy, por lo tanto, no existe una clase alta con consistencia sociológica como para hacerse protagonista de un golpe, pero sí hay una proceso de construcción ideológica, a la vez causa y efecto de este Golpe de estado.<br />
Ahora bien, los sujetos agrupados por esta reacción no son todavía una clase, por ello, y con ello avanzamos sobre las otras dos preguntas, ni forman aún cuerpo ni desarrollan todavía la eficacia suficiente para garantizar el éxito. Esto es lo que hace posible una respuesta democrática, lo que reabre los espacios de lucha, tanto en lo ideológico como en la materialidad de esta guerra que comienza.<br />
No estamos ante un cuerpo social, ante una autentica clase alta. Esto se aprecia en la estructura social de los partidos políticos que apoyan el golpe, verdaderos agregados de todas las estirpes sociales, vinculados, en la mayoría de los casos, por el mero resentimiento frente al desarrollo de las clases populares. Ya no son las viejas clases medias bajas que antes nutrieron los fascismos, a ellas se añaden ahora agregados procedentes de todos los cuerpos, incluidos los trabajadores, clases medias y clases adineradas, de esta manera aparecen mezclados desde obreros de bajísima cualificación junto a los nacientes poderes económicos. Sin embargo, pese a la amalgama, ya vamos viendo procesos de consolidación social. Justamente son estos poderes económicos, ya con sus nombres  y apellidos, los que van imponiendo sus intereses. Esta es la gran transformación que se anuncia en el cambio de siglo. La gran batalla en al construcción del nuevo orden social. Per quede claro, ninguna de las dos posiciones, la  democrática y la reaccionaria, tiene la victoria decidida. Tampoco existe un sistema político adecuado a cada uno de estos modelos. (Y el viejo sistema parlamentario cada vez aparece más obsoleto para ambas posiciones) Todo esto es lo que se construirá en este siglo que comienza. Dos opciones aparecen, por un lado están esas propuestas que buscan  garantizar la más alta calidad de vida para todos. Son propuestas universalistas, que creen en la igualdad de las personas y encuentran en la palabra “pueblo” la base inequívoca del origen e todo poder, un poder que entienden siempre al servicio de la persona, es decir, del ser humano entendido como depositario de todos los valores por los que merece la pena vivir en sociedad. Por otro lado esas otros propuestas elitistas, que rechazan esa igualdad pues consideran que hay gentes con más dignidad que otros (curiosamente, ellos siempre se colocan en el saco de los primeros) y que, por lo tanto, el objetivo de esa sociedad no puede ser la plenitud de cada uno sino la plenitud de esos definidos como los mejores. Que justamente por eso los inferiores deben subordinarse a los otros quedando despojados de todo poder. Es decir, de nuevo, la “Guerra de clases”.</p>
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		<title>De la Corona II</title>
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		<pubDate>Sun, 06 May 2012 10:19:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Olivan</dc:creator>
		
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-597" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2012/05/monarquia_prohibida.jpg" alt="monarquia_prohibida" width="250" height="250" />Una nueva era. Como en Túnez y Egipto. Como en tantos otros sitios. No es que las revoluciones hayan triunfado. Por el momento es justamente lo contrario, pero el empuje sigue. Un ¡Basta ya! Resuena en los twitter. Los jóvenes –y los no tan jóvenes- miran a su alrededor y vomitan a la velocidad que teclean en su B.B. Y ese vómito se extiende en la red, ese internet convertido en plaza pública universal. Ahí comienza lo  nuevo. Una nueva militancia en el activismo de los chips. Masas cibernéticas que convierten los algoritmos en panfletos. Hace cuarenta años, en esa naciente sociología que nos proporcionaba el informe FOESA (Cáritas española), descubrimos que no estábamos solos.<span id="more-593"></span> Que, pese al NO-DO, a la prensa del régimen, a una televisión “panen et circensis”, una generación de españoles había madurado los deseos de cambio. En el rincón de nuestra casa nos creíamos “rara avis” sin conexión con el resto de conciudadanos y, de pronto, ese vecino tan endomingado, o ese otro con el que a duras penas entrecruzábamos el saludo mañanero, resulta que pensaba igual que nosotros. Estabamos de Franco hasta los cojones. Jesús Ibañez nos los contaba magistralmente: de pronto, decía, leyendo, buceando en las mil páginas de aquel mamotreto, descubríamos que la sociedad había cambiado. Toda una generación ansiosa de romper con el pasado.</p>
<p>El cambio que se abre el 76 (la muerte de Franco), se gesta justamente en esas lecturas anodinas donde nos vimos reflejados. Un bloque compacto nacía, la clase del cambio. Luego, es cierto, vino el desengaño. “La política”, decían. ¡No. Los políticos!. Los de siempre, incapaces de comprender la madurez de aquella sociedad que hubiera estado dispuesta a llegar hasta el cielo. Portugal nos había enseñado el camino. La cobardía de aquellos políticos impidió la república.<br />
Pero el ciclo se reabre a los cuarenta años. ¡Como los que padecimos bajo el tirano! Ya no queda nadie de aquellos pactos. Nadie ni nada. La Historia vuelve a reclamar un nuevo giro.<br />
Recordémoslo, la “Transición” incorporó discursos contradictorios. Por un  lado las propuestas de futuro. Ese construir la democracia, abrir la sociedad a todos. Propuestas de igualdad y solidaridad con las que se pudo construir lo más granado de la Constitución del 78. Ahí están esas proclamas que nos hablan de “asegurar a todos una digna calidad”, “democracia avanzada”, “cooperación entre todos los pueblos de la tierra”; la exigencia a los poderes públicos de “remover los obstáculos” que dificultan la plenitud de los derechos. Principios que hacen de todos, o directamente de “los interesados” (magnífico el artículo 129) el núcleo central de la participación. La igualdad, el progreso, la plenitud de la persona. Pero por otro lado también asoma la sombra del miedo. Esos puntos negros que abochornan el texto y que hoy debiéramos expulsar al basurero de la Historia. Ese miedo que atenazó a muchos ciudadanos y algunos de su líderes, que nos contrajo el corazón en días aciagos (23 F) De ahí se derivan esos puntos negros que decimos, que emborronan el texto olvidando la radical exigencia de que la soberanía, es decir, el Poder, es decir, la política, los honores, las dignidades, residen y pertenecen solo al pueblo. Artículos como ese octavo que sobredimensiona un específico cuerpo de funcionarios (el ejército), convirtiéndolo en garante de la soberanía y el orden constitucional, ¿De qué?, la soberanía y ese orden son competencia de ese mismo pueblo, no se necesitan tutores ni garantes; o la total estructura del Titulo II (De la Corona) absolutamente contradictorio con el resto del texto constitucional. Porque, cuando decimos que la soberanía reside en le pueblo, cuando proclamamos el principio de igualdad como fundamento mismo de nuestros sistema, decimos  justamente eso, que no puede haber institución pública que no derive de la voluntad popular a la que debe quedar sometida de forma radical. Pero además, y ahí de nuevo el principio de igualdad, que nadie puede reservarse el dominio (la titularidad) de una institución por ninguna causa. Que discriminar por razón de “sexo”, preferencia del varón sobre la mujer; “filiación legítima”, vinculación a los descendientes legítimos de una determinada familia; “nacimiento” en la preferencia del mayor sobre los menores, o la misma idea de vincular una institución pública al entramado privado de una familia, resultan discriminaciones aborrecibles, suceda esto en España o en Corea del Norte.<br />
Todo esto resonó en esos twitter que miles, millones de jóvenes y no tan jóvenes entrecruzaron en un escándalo que iba más allá de las fechorías de yernos, cuñadas, nietos o de las aficiones al gatillo y a la masacre de especies protegidas. Algunos se lamentan de que la prensa está de capa caída. Son ellos mismos los que la han tirado por los suelos ¿Cómo es posible que ni un solo periódico o televisión fuese capaz de estar en la vanguardia de ese grito?<br />
En los últimos días, es cierto, hemos oído hablar de un viejo pacto. De nuevo ha salido esa extraña historia que viene a justificar lo injustificable. Desde ese: “no es este el momento” que “hay cosas más importantes”, ese “lo bien que se portó en aquel día aciago”, o eso que se dice entre bromas: “peor sería tener a Aznar o a Bono de presidentes”. Una izquierda a la que no comprendo, habla incluso de una supuesta lealtad contraída desde la Transición. Un “Donjuancarlismo” que vendría a justificar la dejación de su credo republicano, dando la razón al viejo caudillo cuando dijo aquello que dejaba el cambio “atado y bien atado”. No dudo de la existencia de esos extraños compromisos. Los comprendo, el miedo nos atenazaba a todos como ya hemos dicho. Sin embargo aquella época ya pasó definitivamente y, en períodos tan largos, prescribe hasta el asesinato.<br />
Y hoy el miedo ya ha prescito. Hoy día ya contamos con un ejército democrático al que le ofendería el que le tuviéramos miedo. Por eso nos sobran ese bochornoso artículo octavo y el estúpido y humillante folklore de todo el Título II. Piezas sin sentido que rompen la unidad de un texto que queremos sea de todos. Además, suprimir estas lacras a duras penas afecta al sistema institucional general, ni una coma quedaría perjudicada del resto del articulado. ¡Y nos ahorraríamos un buen pellizco!.</p>
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		<title>De la corona</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Apr 2012 21:14:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Olivan</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[DEJEMOSLO CLARO: no hay riesgo de cambiar la monarquía por una república y habría al menos dos medios para hacerlo.
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-medium wp-image-583" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2012/04/elefante_rep-300x223.jpg" alt="elefante_rep" width="300" height="223" />DEJEMOSLO CLARO: no hay riesgo de cambiar la monarquía por una república y habría al menos dos medios para hacerlo.<br />
De entrada repasemos algunos hechos. Uno. La monarquía en España fue instaurada por el General Franco. No es por lo tanto una institución que surja de la democracia, por el contrario, es una institución derivada del anterior régimen. Dos. Es posible que el establecimiento de la democracia surgiera de algún pacto que obligara a los poderes constituyentes de aquel momento a aceptar muchas cosas, entre ellas esta institución, si esto es así ya es hora de cambiar esa servidumbre. <span id="more-582"></span>Ni las nuevas generaciones, como tampoco aquellos que nos vimos sometidos a aquellos miedos, queremos ni podemos estar condenados para todos los siglos. Pasado el “purgatorio” de la Transición, es hora de ir pensando en una definitiva consolidación democrática. Tres. El concepto monarquía es contradictorio con el de democracia. Basta repasar el artículo 14 de la Constitución para ver que la idea de una familia reinante choca frontalmente con el principio de igualdad: Discriminación por razones de sexo, nacimiento, etc. Resulta imposible adecuar la institución monárquica a ese principio de igualdad, porque, incluso si suprimimos la discriminación por razón de sexo, se mantendría todo el otro cúmulo de discriminaciones: la idea de “legitimidad” en el nacimiento, frente a la igualdad civil de los hijos habidos dentro y fuera del matrimonio, la idea de primogenitura, contraria a la igualdad por nacimiento, en definitiva, el hecho de mantener una institución vinculada a una familia, bochornoso para toda idea de igualdad.<br />
Pero ¿Qué hacer? Decimos que su supresión no afecta en absoluto al funcionamiento democrático de las instituciones del estado. Todo el sistema institucional funcionaría igual con o sin la figura del Rey ya que, al no tener, como ya hemos dicho, ninguna legitimidad popular, la monarquía resulta perfectamente extirpable del sistema sin que ninguna otra instancia quede afectada: La supresión del Título II del texto constitucional no tendría consecuencia alguna en el funcionamiento del resto de instituciones.<br />
Sin embargo ni siquiera sería necesario promover esta reforma quirúrgica, bastaría con una lectura radical del texto de la Constitución. Esta solución podría ser el primer paso para la definitiva supresión de la institución. Me explico, bastaría el reconocer y subrayar el carácter absolutamente simbólico de la figura del Rey: “El Rey es símbolo”, nos dice el artículo 56 de la C.E., todas las otras funciones que describe el título se pueden reconducir a este principio simbólico. El Rey pasaría a ser la mera figura (simbólica) de la soberanía. Bastaría con reorientar sus actividades  a estar sentado, sin nada más que hacer, a lo largo de todas las sesiones del Parlamento y actos oficiales. Para esto, es cierto, sobra toda la Casa del Rey y prácticamente el 99.9% de su presupuesto. Basta pagarle a él un sueldo por esa actividad y a un par de sustitutos, quizá de su propia familia, para los casos de bajas. Si no le convenciera este nuevo papel, tampoco habría problema, podría ser sustituido por una especie de “ujier” al que, en un pleno de las Cámaras, se le reconocería como “heredero de la dinastía histórica”. Hablamos de una sucesión política por eso esta decisión no afectaría a los derechos de los miembros de la familia Borbón y a su sucesión civil. Sin problema alguno las Cortes podrían reconocer esa “herencia”, abriendo la sucesión  en ese nuevo “cuerpo” administrativo, que se crearía para este fin. Un cuerpo prácticamente sin coste, y que sería la verdadera expresión simbólica de la unidad y permanencia del estado.</p>
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		<title>Golpe de estado en Europa (III).</title>
		<link>http://www.elcandelero.es/medidastransversales/2012/01/02/golpe-de-estado-en-europa-iii/</link>
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		<pubDate>Mon, 02 Jan 2012 18:37:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Olivan</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[actualidad]]></category>

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		<description><![CDATA[Las causas.

Hemos teorizado sobre el concepto de Golpe de Estado. Con ello hemos podido marcar su fenomenología en la razón política. Ahora nos toca comprender su razón de ser, esa etiología sobre la que se sustenta. Tres cuestiones se nos plantean: ¿Quiénes? ¿Cómo? Y ¿Por qué? Empecemos por el por qué.
Es cierto que el modelo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><strong><img class="alignleft size-medium wp-image-580" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2012/01/tierra-indignada-300x300.jpg" alt="tierra-indignada" width="247" height="252" />Las causas.</strong></p>
<p style="text-align: justify;"><strong></strong><br />
Hemos teorizado sobre el concepto de Golpe de Estado. Con ello hemos podido marcar su fenomenología en la razón política. Ahora nos toca comprender su razón de ser, esa etiología sobre la que se sustenta. Tres cuestiones se nos plantean: ¿Quiénes? ¿Cómo? Y ¿Por qué? Empecemos por el por qué.<br />
Es cierto que el modelo europeo, esa socialdemocracia que se había generalizado a lo largo de todos los países del continente, no alcanzaba la justicia universal, pero nadie le puede negar ciertas y poderosas dosis de democracia igualitaria. Sus parlamentos y gobiernos elegidos por un sufragio más o menos perfecto, sus estructuras de separación de poderes –pese a la inconsecuencia misma del modelo-, sus libertades públicas garantizadas, sus conquistas en materia de salud, educación, seguridad y desarrollo personal, todo ello construía un sistema que pudiéramos llamar popular. La misma seguridad jurídica había terminado convirtiéndose en una mecánica de igualdad. Esa estructura de bienes públicos construía un espacio donde el dinamismo del pueblo resultaba incontestable. Europa había alcanzado un modelo social de base abrumadoramente popular y antielitista, no era la Democracia, pero sí podríamos definirlo como un sistema bastante democrático.<span id="more-577"></span><br />
No fue sólo el triunfo económico de las clases medias –unas clases media, no lo olvidemos, surgidas de las capas populares en un período de tiempo difícil de borrar de la memoria, a duras penas una mera generación en el mejor de los casos- es que, además, esas clases populares habían llegado a controlar y dominar el espacio mismo de la vida social. No fueron solo las clases bajas –lo poco que quedaba de ellas- las que se vieron arrastradas hacia los modelos de vida desplegados por esas clases medias populares, lo que parece lógico, fue mucho más, hasta las mismas clases altas, herederas de las viejas aristocracias del dinero o sobrevivas del antiguo régimen, resultaron también absorbidas por los modelos sociales desarrollados por esas clases medias de la pequeña burguesía urbana. Basta poner un ejemplo, hasta las mismas monarquías se terminaron sintiendo atraídas por esos usos pequeñoburgueses que se han impuesto como verdaderos modelos sociales. Así hemos podido ver como hasta príncipes y princesas pese al origen arcaizante de su institución, se vuelcan en parecer “profesionales” urbanos de clase media, con un “apartamento” en el centro de la ciudad o un chalet en alguna urbanización de las afueras tal y como comparten el resto de profesionales a lo que anhelan parecerse. Todos ellos acudirán a un Mc Donnall para celebrar el cumpleaños de sus niños y no dudarán en ser contratados por alguna empresa que les proporciones el nuevo lustre de un trabajo remunerado. Un proceso de igualitarización, en el fondo, mucho más poderoso que el que en su día consiguió la misma Unión Soviética.<br />
Este proceso de homogeneización que se desarrolló a lo largo de la segunda mitad del siglo XX fue acompañado, además, por un proceso real de acercamiento de rentas. Proceso en cierto grado consolidado en los últimos años del siglo, pese a las crisis reiteradas, a través de las mecánicas de acceso al crédito y el crecimiento feroz de la economía que permitió un acceso generalizado al disfrute del consumo.<br />
Con todo ello se fue creando un modelo social donde dominaba una idea de democracia política, es decir, el principio igualitario del voto y de igualdad ante la ley, junto a una cierta democracia económica que había terminado por equiparar a prácticamente la inmensa mayoría de la población. Visto desde la distancia, un extraterrestre hubiera llegado a la conclusión de que los seres humanos, en este continente, vivían bajo un igualitarismo general: todos disfrutan de un piso (o un “chalecito”) con su piscina y su cancha de paddell en una zona ajardinada, incluso todos terminaban teniendo una segunda casita de recreo en la playa o la montaña, todos decoraban sus viviendas con muebles de Ikea, a lo sumo con algún toque de originalidad más o menos popular, todos se visten en Zara o en las cinco otras tiendas del estilo, todos se permiten algún que otro veraneo en algún lugar exótico, parangonando a los antiguos señores, y todos se permiten el lujo de alguna escapada de fin de semana a Londres, Amsterdam o Praga gracias a los vuelos de bajo coste. Los niños de todos ellos practican los viejos deportes reservados a los ricos (tenis, esquí, hípica…), van a los mismos colegios y envían a esos mismos niños a Irlanda o América para que aprendan inglés. En definitiva, a primera vista, prácticamente habían desaparecido las clases sociales, como uno de esos agujeros negros de la teoría astronómica, la fuerza de atracción del modelo terminaba engullendo no sólo a los recién llegados al consumo de “lujo”, sino a la misma vieja aristocracia que, abandonando toda pretensión de elitismo, se dejaba arrastrar por ese “avasallador encanto de la pequeña burguesía”.<br />
Este proceso de popularización ha terminado por erradicar todo espacio y posibilidad de élite. Los marcos celebrados por la exigencia de lo exquisito han terminado abriéndose al gran público. En las comidas de empresa, desde un gusto más cercano a la patata que a otra cosa, se presumirá de la carta que ofrece el somelier; templos antaño reservados a la ópera o al refinamiento de una música minoritaria se abren a cantantes surgidos de Operación Triunfo y los mismos antiguos divos de esa música absolutamente excluyente, no dudarán en ofrecer su batuta a la última canción del verano. La democratización de la vida política y económica, también ha alcanzado, como era lógico, a los espacios elitistas del saber. Lo cual, de entrada, no es malo en absoluto pues refleja el anhelo de igualdad de la sociedad moderna.<br />
Pues parece que esto no lo han soportado todos.<br />
Mi tesis es que nos encontramos ante un golpe de estado con el propósito de romper esa dinámica igualitaria construida a lo largo de estos últimos cincuenta años. Ciertos poderes, o ciertas personas con poder, han dicho “¡Basta!” y quieren volver a los viejos sistemas de clases, castas, honores y desigualdades con los que las élites disfrutaban a lo largo de los siglos. Y lo están consiguiendo. Es decir, frente a esa igualdad en el consumo, lo que pretenden es el retorno a los viejos modelos de organización social: el obrero a los bordes de la hambruna y las clases medias nuevamente a vivir alejadas de toda veleidad de liderazgo. Es decir, un retorno al menos a ese siglo XVIII anterior a la Revolución donde las cosas eran justamente al revés que son ahora: un pueblo, aunque tratado con esa conmiseración con la que el rico sabe tratar a sus lacayos, condenado a la marginación radical y junto al mismo una burguesía –esas clases medias- devota de las clases altas a las que debe imitar pero sin alcanzar jamás. El Golpe de estado viene justamente a reimponer este orden de cosas reinstaurando la cesura entre los verdaderamente grandes y el resto.<br />
Por eso lo que nos viene a quitar este Golpe no es tanto el poder político, ese ceremonial del voto que se ejerce a lo sumo diez o veinte veces en la vida, disuelto en una mecánica de dominio tecnocrático. No, eso era innecesario suplantarlo. Pese a las altas cuotas de democracia alcanzada, como hemos dicho, el poder se había tecnificado de tal manera que ya no lo ejercía nadie en concreto y mucho menos el pueblo (por eso está siendo tan fácil consolidar el golpe de estado pronunciado) Lo que se pretende con el golpe aspira a mucho más y entra en el espacio de lo simbólico. Lo que se pretende arrebatar no es sólo la eficacia del acto político, como decimos bien reducida en la sociedad moderna, sino la misma expresión de la democracia. El pueblo no tiene ni debe tener ninguna competencia política. Este es el objetivo. En Italia y en Grecia se ha dicho sumamente claro: los nuevos líderes no se eligen, los imponen desde esa oscura trinchera que denominan “los mercados”. No es que esos tecnócratas no pudieran ser impuestos desde las elecciones, se ha querido imponer un mensaje mucho más radical: ¡YA NO MANDA EL PUEBLO!. La soberanía, que se aprenda definitivamente, ya está en otro sitio.<br />
En España no ha sido necesario el Golpe en lo político, Rajoy se ha colado ante la impotencia del partido socialista, a la espera de ser “recalificado” por esos mismos mercados. Pero el golpe también se ha dado y el mensaje ha sido igual de claro: la Justicia ya no es la misma para todos. Un banquero no puede ser tratado igual que esas clases medias que se habían apoderado del cotarro. Alfredo Sainz ha sido amnistiado/indultado no porque la exigua pena a la que había sido condenado tuviera la más mínima gravedad para su vida, diez otros banqueros han tenido penas semejantes y se han reído de las mismas sin tanto alboroto. De nuevo aquí, como en Grecia e Italia, lo importante era el mensaje. Lo veremos también en el caso Urdangarín, cuando la mecánica de la Justicia le ponga, a él y a su familia, ante los pies de lo caballos. De nuevo la mano negra borrará los renglones del proceso. En definitiva, buscábamos una razón para ese golpe y las razones están en el mensaje: NI TODOS IGUALES, NI MUCHO MENOS MANDA EL PUEBLO. Es bueno que vayamos sabiéndolo.</p>
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		<title>Golpe de estado en Europa (II) Por una teoría del golpe de estado</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Dec 2011 18:52:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Olivan</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[actualidad]]></category>

		<category><![CDATA[golpe de estado]]></category>

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		<description><![CDATA[En la teoría general del cambio social se entiende por Golpe de Estado una forma de alteración de la vida política desarrollada desde los mismos centros de poder con el propósito de cambiar una élite de gobierno (todo poder es ya una élite) por otra. Si en la abstracción de la ciencia propusiéramos una taxonomía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-561" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2011/11/bansky.jpg" alt="bansky" width="250" height="297" />En la teoría general del cambio social se entiende por Golpe de Estado una forma de alteración de la vida política desarrollada desde los mismos centros de poder con el propósito de cambiar una élite de gobierno (todo poder es ya una élite) por otra. Si en la abstracción de la ciencia propusiéramos una taxonomía de los cambios políticos nos encontraríamos al menos con tres formas básicas: el cambio democrático pacífico, el cambio democrático revolucionario y el golpe de estado. Las dos primeras mantienen la idea de una democracia al surgir de la expresión popular la instalación de una nueva mayoría en un sistema democrático-electoral o por la propia fuerza de ese pueblo a través de un levantamiento en armas. Aunque luego acercaremos el “objetivo” de nuestro visor a este modelo para analizar más detenidamente  sus formas, de entrada lo que sí constatamos es que, en ambos, el cambio electoral y el proceso revolucionario, su carácter democrático surge de ser expresión de la voluntad general. El tercer modelo, el golpe de estado, se predica específicamente como antidemocrático pues el cambio surge de las mismas estructuras de poder manteniendo, por lo tanto, un carácter elitista. Este es el cambio que hoy se ha producido en Europa (Grecia e Italia) y el que define la nueva dimensión política que está alcanzado esa misma Europa: definitivamente un modelo extraño a la voluntad popular.<br />
Si nos acercamos al tema a través de las propuestas metodológicas de W. Benjamin apreciamos, no obstante, algunas notas nuevas. El profesor de Frankfort nos enfrenta a la distinción entre “violencia conservadora” y “violencia instauradora”. En la primera, el poder ejerce su potencia para conservar el modelo social alcanzado, es decir, actúa como “Estado” en el ejercicio del monopolio de la fuerza. En la segunda expresión, la violencia actúa al margen de toda norma. En este caso, frente a la ley, que necesariamente se  decanta siempre por la violencia conservadora, esa otra violencia se desarrolla en el marco exterior a toda expresión normativa y lo hace con la voluntad de imponer su nueva legalidad. Es lo que denominamos modelo revolucionario. En este modelo revolucionario la violencia  desarrollada no solo se justifica a posteriori sino que también se condena como antijurídica toda la violencia ejercida por el sistema anterior con la finalidad de mantenerse. En las recientes revoluciones árabes hemos podido apreciar este proceso donde, al menos desde la óptica del estado soberano, hemos visto como la represión de Ben Alí, Gadafi o el Rais, en su búsqueda del mantenimiento del orden, se ha visto convertida en expresión de delito, por lo que, una vez cambiado el poder, se les ha juzgado como criminales. <span id="more-560"></span><br />
Hemos dicho desde la óptica de una soberanía nacional, sin embargo el ejemplo propuesto de las revoluciones árabes incorpora una serie de complejidades de enorme interés. De entrada hemos podido apreciar la presencia de otros poderes con competencia normativa: la OTAN, la Comunidad internacional representada por la ONU, así como otras fuerzas más o menos ocultas, desde el sistema ideológico de la comunidad musulmana hasta los lazos políticos, económicos, sociales y militares de algunos organismos de poder y que, dada su difícil definición, nos basta por ahora con apuntar a las sedes centro de sus decisiones: Turquía, Arabia Saudita, Irán, etc. Todo ello sin olvidar otros poderes interesados localizados en el mundo empresarial y económico: petróleo y gas, deuda pública, fondos soberanos con capital libio, etc. La presencia de estos actores, nos preguntamos, ¿Convierte en violencia conservadora la ejercida por los denominados “rebeldes” en el conflicto libio? Desde el punto de vista de la Corte Penal Internacional parce que sí, prueba de ello es la reclamación de competencia formulada por el fiscal de la Corte Sr. Ocampo. La reclamación de la apertura de juicio contra los miembros del clan Gadafi recrea los datos del conflicto y los invierte. De esta manera la violencia ejercida por Gadafi y su gobierno pasa a considerarse ilegítima y antijurídica reconvirtiendo la opuesta por los rebeldes en legítima y reconocida. La violencia revolucionaria se convierte así en violencia conservadora. En definitiva, los rebeldes son puestos en el marco de la legalidad, al desplazarse el espacio de análisis desde el recinto de la soberanía nacional al campo de lo internacional. Así, desde esa “soberanía internacional” desde la que actúa la Corte lo que realmente alteraba el orden eran las locuras del coronel Gadafi y es a esta violencia a las que la insurrección rebelde han puesto fin. En este caso la acción de los rebeldes se colocaría no ya en el espacio de las revoluciones sino en el más concreto del golpe de estado.<br />
Y con ello volvemos a nuestra primera consideración. El carácter del golpe de estado como ejercicio de la violencia.<br />
Si nos acercamos a una tipología de los golpes de estado apreciamos una serie de rasgos comunes que afectan tanto a su legalidad como a su eficacia. Desde el punto de vista de la eficacia el factor fundamental estriba en la potencia ejercida para alcanzar el objetivo deseado de derrocar al poder en ejercicio. La fuerza empleada (al menos en algún momento del proceso) ha de ser superior a la potencia disponible por el poder establecido. En caso contrario el golpe fracasa. (En esto también se diferencia de la revolución que puede mantenerse en un estadio como guerras de baja intensidad).<br />
Antes de avanzar sobre el factor de la legitimidad, al analizar el elemento fuerza nos vemos en la necesidad de una nueva confrontación entre los conceptos de  Golpe de Estado y Revolución. La revolución no es solo el ejercicio de fuerza desde la masa del pueblo, exige su exclusividad, ha de ser una violencia ejercida “por la sola acción del pueblo”. Por eso, con independencia de su legitimidad, cuando junto a esa expresión del pueblo aparecen otros factores (una potencia extranjera u otro tipo de poder de las características que sea) tendríamos dificultades de reconocer el ejercicio del poder revolucionario. Las razones no se nos escapan, ¿Podríamos considerar gratis ese apoyo de entrada tan costoso? Más de dos mil millones de euros ha costado la intervención de la OTAN en libia, y solo se cuenta el gasto militar puro, sin hacer cuentas del político. ¿Reclamarán los países del Tratado algo a cambio?<br />
Pero entrando ya en el capítulo de la legitimidad, esta es la gran diferencia entre el Golpe y el modelo revolucionario. En la Revolución la legitimidad surge de la misma estructura popular. Siendo el pueblo el origen de todo poder –la soberanía- el mismo concepto de legitimidad queda asentado en sede popular. Toda violencia que surja del pueblo es, por lo tanto, legítima por la propia definición de las palabras. En definitiva, toda revolución es legítima desde su mismo origen. Otra cosa es si, además, alcanza la legalidad, algo que solo consigue en el caso de triunfar. El Golpe  Estado, en cambio, tiene las cosas muy distintas. En lo que afecta a su legalidad el proceso sería semejante: una vez alcanzado el triunfo –es decir, apoderado del gobierno- tiene garantizado su reconocimiento normativo, es decir, esa legalidad sobre la que se asienta el reconocimiento. Pero ¿Puede ser también legítimo? De entrada podríamos distinguir dos casos distintos y considerar que será legítimo todo golpe de estado que se opone a un régimen ya de por sí contrario a la democracia. De esta manera sería legítimo el golpe de estado que tumba  un régimen tiránico. En cambio si se pronuncia contra un sistema democrático, el golpe sería plenamente ilegítimo.<br />
Un acercamiento a la teoría de la revolución parecería confirmar este modelo. En el fondo el modelo revolucionario entraña una serie de fases y, si en las primeras supone el mero ejercicio de la acción popular, en sus últimos estadios la cosa cambia y se hace más compleja. Si miramos, por ejemplo, las fases de la Revolución rusa apreciamos lo siguiente. De entrada, es cierto, es un estallido de violencia popular fruto de de la misma Guerra del 14. Pero en la última etapa los bolcheviques tienen ya amplias parcelas de poder y cuentan, a demás, con un cierto apoyo exterior (y no siempre bien intencionado y sin costes), lo que termina convirtiendo el último acto de la revolución en una mecánica más cercana al modelo del Golpe de estado.<br />
¿Podríamos considerar ya este tipo de golpe como específicamente legítimo? Sin necesidad de entrar en la casuística de la Historia, si podríamos apuntar a dos extremos: de entrada la exigencia de una mirada más general y que se acople a la calificación de legítimo o no a todo el proceso en su historicidad completa y no solo a cada uno de sus actos y, por otra parte, la propia debilidad del concepto de legitimidad   cuya carga valorativa se diluye en el posterior concepto de legal. Al final todo lo que es legal termina siendo racional, como nos proponía Hegel.</p>
<p><strong>***</strong><br />
Es en esta dialéctica donde tenemos que apreciar el proceso que vive Europa y su espacio mediterráneo. Las revoluciones de la “Primavera árabe” –ya algunas en su segunda fase “jacobina”- distan todavía de encontrar su verdadero sentido histórico. Pero aquí, al otro lado del Mediterráneo las cosas no son muy distintas. Si hay una deslegitimación del poder al sur, en el norte estamos inmersos en el más amplio proceso de deslegitimación de las estructuras de poder residentes en la zona desde mediados del siglo XIX. No es sólo la social-democracia lo que está en juego, es el mismo sistema liberal que consolidó el modelo democrático de acción política. Por eso hablamos de que estamos ante un verdadero golpe de estado. En definitiva, un proceso de caída de un sistema y de imposición de otro. Un proceso realizado de espaldas a las distintas expresiones populares y, por ello, profundamente anti- antidemocrático, un proceso realizado con la suficiente violencia –de momento solo violencia económica- como para paralizar los resortes de reacción desde las bases sociales del régimen agredido. Y lo que es peor, estamos ante la conciencia de que, si no hay una reacción a tiempo, los poderes actuantes tienen todas las de ganar y consolidarse como futuras instancias monopolizadoras de la violencia. Es decir, el golpe tiene todas las posibilidades de salir triunfante y convirtiendo a su ejecutores en los amos del estado.<br />
La reacción sólo puede producirse si analizamos algunos extremos previos y somos capaces de identificar bien las tres preguntas que se nos abren: ¿Quiénes son los que capitanean el golpe?, ¿Qué buscan?  Es decir, por qué lo han dado Y ¿Cómo lo están dando?, en definitiva, cuales son las fases, en la historia de hoy mismo, que desarrollan su pronunciamiento.</p>
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		<title>Golpe de estado en Europa (I).</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Nov 2011 19:07:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Olivan</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[actualidad]]></category>

		<category><![CDATA[fuerzas extrañas]]></category>

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		<description><![CDATA[Estas notas vienen inspiradas por eso que, en Europa, hemos sentido como un verdadero golpe de estado: la imposición de unas fuerzas, extrañas a la definición constitucional como las únicas con competencia para organizar la vida política de los países, sobre la voluntad general reflejada en sus respectivos Parlamentos. Italia, y sobre todo Grecia, han [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-568" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2011/11/golpe-de-estado-1.jpg" alt="golpe-de-estado-1" width="250" height="250" />Estas notas vienen inspiradas por eso que, en Europa, hemos sentido como un verdadero golpe de estado: la imposición de unas fuerzas, extrañas a la definición constitucional como las únicas con competencia para organizar la vida política de los países, sobre la voluntad general reflejada en sus respectivos Parlamentos. Italia, y sobre todo Grecia, han sufrido sendos golpes de estado que han tumbado sus formas de gobierno elegidas democráticamente y las han cambiado por un régimen autodefinido de “expertos”. Si el caso griego es flagrante, en Italia ha quedado camuflado por el rechazo general de la sociedad italiana a la figura de Berlusconi. Sin embargo tampoco aquí se esconde la realidad de un golpe pues, frente a la lógica de un modelo de cambio político, perfectamente establecido en la Constitución italiana, se ha preferido una expresa imposición de una salida “técnica”. Es decir, se ha evitado conscientemente el recurso a la expresión de la voluntad general.</p>
<p>El Grecia las características de este golpe se han acentuado también por el momento elegido. Frente a un gobierno que, en un momento determinado busca promover la legitimación de las medidas de austeridad impuestas, la reacción de esos otros poderes ha sido la más violenta, es decir, se ha impedido expresamente toda posible legitimación de las medidas que afectan a la sociedad, como si ese esfuerzo de legitimación redujera la eficacia de las mismas medidas. <span id="more-567"></span><br />
En verdad no anda desencaminado el mundo de las finanzas que las impone, el problema, nos vienes a decir, no es económico, lo que se busca no es crear las condiciones para el pago de la deuda, esto es ya lo de menos, lo que se busca es cambiar el modelo de organización política. En definitiva, no está en juego un modelo económico, lo que se discute ya no son las medidas de más o menos austeridad para salir de la crisis, lo que se busca es la destrucción de la democracia. Por eso no basta el mero cambio político resuelto por las urnas, pronto lo veremos en España, lo que buscan esos poderes que estúpidamente hemos llamado “los mercados” es el cambio de modelo político. La Democracia ha  muerto. Como le sucedió a Roma tras la crisis del siglo Iº a.c., toca ya la hora del Impero. Hablar de Democracia, pronto, se convertirá en una palabra de riesgo. Las proscripciones y, al final, el asesinato, barrerán de Europa a los pocos que aún se empeñen en defenderla.</p>
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		<title>MedidasTransversales (II etapa)</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Nov 2011 18:47:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Olivan</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[actualidad]]></category>

		<category><![CDATA[capitan]]></category>

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		<description><![CDATA[Después de unos meses de reflexión, donde he querido ordenar mis notas y trabajos, retorno al Blog.
La crisis no solo se mantiene sino que se agudiza. Lo que veíamos venir no solo viene sino que desborda todas las esperanzas. Lo que de lejos anunciábamos como una pequeña ola, ese: “la crisis ya está pasando”, ya [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-556" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2011/11/barco-pirata.jpg" alt="barco-pirata" width="250" height="250" />Después de unos meses de reflexión, donde he querido ordenar mis notas y trabajos, retorno al Blog.<br />
La crisis no solo se mantiene sino que se agudiza. Lo que veíamos venir no solo viene sino que desborda todas las esperanzas. Lo que de lejos anunciábamos como una pequeña ola, ese: “la crisis ya está pasando”, ya es el momento de invertir”, que nos decían, se aprecia ya en toda su dimensión: un tsunami )<br />
Y, sin embargo, nadie lo quería ver. Como en el viejo cuento del traje del emperador, solo la inocencia era capaz de comprender esa realidad que saturaba nuestros ojos: El emperador estaba desnudo. Inocencia e ingenuidad. Es decir, retornando a la etimología de ambos términos, “ignorancia y libertad”. Libertad de poder decir, sin el miedo no solo al qué dirán sino también a los mil compromisos adquiridos por los clérigos que tanto saben. Pero también ignorancia, el “no sé” que encierra esa posición opuesta a la culpabilidad. Ese no saber, o mejor dicho, no querer verlo todo únicamente por los ojos enfebrecidos de unas doctrinas cuyo único fundamento es, como siempre, la fe. <span id="more-555"></span><br />
En medio de la tormenta, no es que la nave del estado –de los estados, o de la sociedad en su totalidad- esté gobernada por meros capitanes de de botes de remos (aquí en Francia se acusa a los políticos de “capitains de pédalo”, es decir, de botes a pedales), es aún peor, a su ignorancia, y esta sí, completamente culpable, se añade su total dependencia de otros señores y poderes. No es solo que nos gobiernan desde la “imbecilitas”, sino que, como en cierta película de los años cincuenta, con la brújula que esconden tratan de llevarnos hacia la misma isla de los piratas. Capitanes de mierda (¡afortunadamente!) porque hacia donde quisieran llevarnos es hacia una muerte aún más terrible y miserable que la que alcanzaríamos con el naufragio. Mejor las olas que el nuevo cautiverio que nos proponen.<br />
Por eso entiendo que, hoy más que nunca, es necesaria una crónica de la vida y un juicio sobre el presente. La crisis en la que estamos inmersos, la distancia de la que me valgo desde mi nueva residencia en Francia, el clamor que se levanta de un lado al otro del planeta, reclama de todos nosotros un esfuerzo de síntesis y comprensión al que, de nuevo, invito a todos los que atendieron mi anterior llamada.<br />
Esto no es un mero ejercicio intelectual. Esa fase ya pasó. Los acontecimientos, esa vida que todavía nos queda, reclama un esfuerzo más.<br />
¡¡¡¡¡¡CUIDADO!!!!!!,<br />
NO SOLO BUSCAN ROBARNOS LA BOLSA A CAMBIO DE LA VIDA. BUSCAN MUCHO MÁS: BUSCAN ROBARNOS TAMBIÉN LA LIBERTAD.</p>
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		<title>Indignados II (Los burgueses de Calais)</title>
		<link>http://www.elcandelero.es/medidastransversales/2011/06/29/indignados-ii-los-burgueses-de-calais/</link>
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		<pubDate>Wed, 29 Jun 2011 19:14:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>F.O</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[actualidad]]></category>

		<category><![CDATA[Rodín]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace algunos años, el entonces Secretario General de la  OTAN nos hacía reflexionar sobre los límites del derecho. Estábamos ante las guerras balcánicas y desde la organización atlántica se decidió bombardear Serbia para detener la guerra. Cuestionada esta decisión, en cuanto no había ningún mandato de N.U. que autorizase el uso de la fuerza militar, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-552" title="rodin" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2011/06/rodin.jpg" alt="rodin" width="250" height="250" />Hace algunos años, el entonces Secretario General de la  OTAN nos hacía reflexionar sobre los límites del derecho. Estábamos ante las guerras balcánicas y desde la organización atlántica se decidió bombardear Serbia para detener la guerra. Cuestionada esta decisión, en cuanto no había ningún mandato de N.U. que autorizase el uso de la fuerza militar, única vía para alcanzar la legalidad de ese bombardeo, Solana respondió que, aunque posiblemente con escasa base legal, aquella operación tenía una altísima “legitimidad” al estar en juego derecho muy superiores. Nos enfrentaba, así, no sólo a un dilema que oponía los conceptos de Legalidad y Legitimidad, sino también a la prioridad –al menos en lo moral- de esta segunda instancia.<span id="more-551"></span><br />
La oposición, si no expresamente, también tuvo que estar en el ánimo del Presidente Aznar cuando, nuevamente sin la necesaria cobertura legal de una Resolución de N.U., incorporó a España a las acciones militares que desembocaron a la denominada “Guerra de Irak”.<br />
Esta oposición –Legalidad vs. Legitimidad- entraña serios riesgos, pero no está carente de racionalidad. Desde el nacimiento del derecho, y bajo distintos nombres, siempre ha habido un cierto desfase entre la expresión de las normas –lo que llamamos Derecho positivo- y ese otro mundo del “deber ser” donde se funden las exigencias más internas del derecho, la moral y la ética y todo un conjunto de valores que son también parte de nuestra responsabilidad social por lo que, desde siempre, la doctrina jurídica no ha dudado en calificarlo con el concepto de “Derecho”. Ese Derecho de la Sangre del que nos habla Esquilo en Antígona, o ese Derecho natural o histórico y tradicional de las Escuelas estoicas y escolásticas, un derecho que abocará, ya en nuestra época, a la Doctrina de los Derechos Humanos. Un derecho que, pese a la fuerte presión del positivismo, máxime en la primera mitad del siglo XX, ha sabido mantener ese “halo” de sacralidad alrededor de la persona convirtiéndose en el último muro frente a la maquinización de la vida y las normas. Hasta el propio marxismo, pese a su radical positivismo, terminará reconociendo su eficacia, como reconoce E. Bloch en su obra. En definitiva, ni todo, ni solo  lo que está escrito en los Diarios Oficiales, es decir, las leyes y normas positivas, es el auténtico derecho.<br />
Esto viene a cuento respecto a los comentarios y reflexiones que hemos oído en boca de políticos, periodistas y “expertos” respecto al denominado Movimiento del 15-M y, sobre todo respecto a su comportamiento violento frente a algunos Parlamentos territoriales, en concreto el de Cataluña. Más de una vez, en estos días, hemos escuchado expresiones de este tipo: “los del movimiento 15-M han atravesado la línea roja de lo tolerable al atacar a la institución de máxima legitimidad. El Parlamento constituye la máxima legitimidad del estado ya que es la sede de su soberanía y está constituido por los representantes del pueblo”. Lo que no solamente es erróneo en lo técnico-jurídico, sino que entraña también un error en la comprensión de los conceptos.<br />
De entrada una pequeña relectura de la Constitución. La sede de la Soberanía no está en el Parlamento sino en el pueblo, del que emanan todos los poderes del estado. Al Parlamento, en el texto constitucional –y aquí las Cortes Generales nos sirven de muestra para todo el resto de Asambleas parlamentarias territoriales- les corresponde “representar” a ese pueblo. En la misma dirección se pronuncia el artículo 6 cuando nos define a los Partidos políticos como un instrumento para promover la participación. En definitiva, y sería bueno que tanto nuestros políticos como la totalidad de las administraciones que configuran los distintos aparatos del estado, recordaran que a todos ellos no les toca otra función que la de servicio: el servicio a ese único soberano que es el Pueblo. Las instituciones que nos aparecen como “Poderes” (Cortes, Jueces y Gobierno) no lo son en realidad si lo leemos con más atención. Así a los miembros de las Cortes, la Constitución los denomina directamente “representantes”, como a los jueces, el mismo texto los llama “administradores”, es decir, ambos mantienen una función subalterna. Como recuerda la misma palabra “ministro”, que históricamente significaba “criado”. Es decir, todos ellos son meros servidores. Esa función quedaba muy clara cuando la soberanía residía en la persona de un Rey, lo que hacía de esos ministros, parlamentos y magistrados meros “lacayos” (“coperos” y “palafraneros” reales, etc. como se les denominaba en épocas históricas), función que en realidad no cambia con la democracia, solo que ahora el nuevo soberano es colectivo: ese pueblo al que deben servir (en el rigor de la ley, parlamentarios, jueces, funcionarios, no son parte de esa soberanía mientras ejercen su función, en tanto en cuanto su función es de servicio. Lo son sin embargo, en cuanto personas particulares)<br />
Por lo tanto la posición respecto al derecho de todos ellos, así como de las mismas instituciones, en este caso el Parlamento, es la de “Legalidad”. Su existencia no es más que el resultado de su expresión normativa. Nuestros diputados son parlamentarios en cuanto han sido elegidos a través de un procedimiento regulado en las normas electorales y se han constituido según los Estatutos de la Cámara. Y para ello es lo mismo que a esas elecciones haya concurrido el 90% del censo como si sólo acudió un 40 o un 20 por ciento o, puestos a decir, bastaría con un escuálido uno por ciento. Bastará, en el  extremo, con que se vote a sí mismo si ningún otro acude a votar para que sea elegido diputado con todas las de la ley. Eso ya lo conoció Inglaterra con los denominados “Burgos podridos”, circunscripciones controladas por ciertos señores y que llegaban a la Cámara de los Comunes sin oposición posible, dado que eran ellos los únicos con derecho a votar en el condado. Inglaterra tuvo que reformar profundamente este sistema porque, aunque cubiertos con toda la legalidad del ordenamiento jurídico, la realidad es que aquellos diputados estaban absolutamente “deslegitimados”.<br />
Y es ahí donde quería llegar. Aquellos diputados británicos, parafraseando la expresión de Solana, aunque sobradamente “legalizados” carecían de toda “legitimidad”. Y esto es lo que está empezando a suceder con muchos de los miembros de los parlamentos actuales. Imputados por crímenes de lesa sociedad, o con sobrados historiales de “chanchullos” y corruptelas o con sueldos deducidos de la acumulación de cargos públicos que sobrepasan el escándalo. Resulta difícil reconocer a muchas de estas señorías una legitimidad que requiere algo más que la mera suma de votos.<br />
El problema es que así como el concepto de “legalidad” está más o menos establecido y para eso hay jueces que, en último caso, resuelven si algo es legal o no, en lo que se refiere a la “legitimidad” los contornos son mucho más difusos y movibles. Sin embargo no estamos carentes de indicios para determinar su existencia. Hay una “ley sagrada” que debiéramos haber aprendido: cuando, en medio de una crisis, se voltean las campanas exigiendo a todos un esfuerzo, los primeros que deben dar ejemplo de esa capacidad de entrega y heroísmo, deben ser esos mismos que reclaman la legitimidad de sus puestos.<br />
Dicen que Anibal no exigía a ninguno de sus soldados un sacrificio que no fuera capaz de soportar el mismo. Cruzó los Alpes a pie como el más humilde de sus soldados. Sabía que si quería seguir siendo reconocido como líder por una tropa alejada de su patria durante más de treinta años, debía ganarse esa legitimidad día a día. De nada le serviría llamarse Barca, la legitimidad no la otorga ni la elección ni el nacimiento en la familia de los reyes. La legitimidad solo se alcanza cuando la inmensa mayoría se siente representada en el convencimiento de ese derecho superior. Hoy, sin embargo, vivimos en las sociedades donde sucede todo lo contrario: mientras el paro hace estragos en los trabajadores, los funcionarios ven reducidos sus salarios, los comerciantes se ven abocados a reducir sus márgenes hasta la extenuación y los jóvenes se despiertan sin futuro, el mundo de la política parece no enterarse. Y una comunidad, una “nación” –y la expresión no es de ningún revolucionario, sino de alguien tan conservador como Ernest Renan- es “un plebiscito de todos los días”. Día a día esa nación debe “convencernos” de que merece la pena seguir adelante. No hay norma jurídica que se pueda imponer a la voluntad de un pueblo.<br />
Hay una bellísima historia que el escultor Rodin inmortalizó en una de sus obras. Es el grupo denominado “Los burgueses de Calais”. Representa un grupo de hombres, los representantes electos de la ciudad de Calais, que ante las exigencias del enemigo para liberar la ciudad y no someterla a saqueo y pasar a cuchillo a todos sus habitantes, optaron por dejarse ejecutar en representación de toda su comunidad. Es así como se alcanza la “Legitimidad”, cómo, como ciudadano, te sientes copartícipe de un proyecto que realmente merece la pena. Ante aquella crisis radical, los ciudadanos de Calais encontraron unos héroes que entregaron su propia vida. Eran circunstancias extraordinarias y terribles. No sé si tan terribles como las que vivimos hoy, donde también nos vemos sitiados por esos “mercados” (así lo dicen) que amenazan robarnos el futuro. Lo que sí es diferente es el comportamiento de nuestros políticos i lideres que ni siquiera ofrecen renunciar a viajar en primera. Y eso que el cargo es voluntario.<br />
No me cabe ninguna duda. Hoy día esa legitimidad que tan insistentemente reclaman para sí algunos políticos, está mucho más cerca del movimiento de los indignados.</p>
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		<title>Panfleto contra la Aneca (de cómo la Aneca constituye hoy la nueva inquisición)</title>
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		<pubDate>Sat, 21 May 2011 16:09:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Olivan</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[actualidad]]></category>

		<category><![CDATA[Aneca]]></category>

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		<description><![CDATA[Parece cómico. Parece ridículo lanzar una proclama contra una agencia administrativa. Un puro acrónimo de algo que se pretende objetivo y, como toda administración, repleta de buenas intenciones. Sin embargo es ahí donde estás el peligro. Hoy día la ANECA, en medio de unos siglas tan anodinas, esconde el peor cáncer de la Universidad Española [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-547" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2011/05/aneca.jpg" alt="aneca" width="250" height="250" />Parece cómico. Parece ridículo lanzar una proclama contra una agencia administrativa. Un puro acrónimo de algo que se pretende objetivo y, como toda administración, repleta de buenas intenciones. Sin embargo es ahí donde estás el peligro. Hoy día la ANECA, en medio de unos siglas tan anodinas, esconde el peor cáncer de la Universidad Española y, por ello, también el germen del cáncer que recorre nuestra sociedad.<br />
Su lema: toda investigación libre debe ser expulsada. La Ciencia es, para estos nuevos inquisidores, “Una, Santa, Católica y Apostólica”. O entras en esos parámetros de las revistas indexadas o incurres en la peor herejía. Solo es “verdadera investigación” –el resto debe ser “poesía”- lo que decide su Santo tribunal. Nos enteramos así que hay una Investigación “verdadera”, una ciencia “verdadera”. Como hubo –a sangre y fuego- una fe “verdadera” a la que todo debía someterse. No sé si alguna vez la GESTAPO persiguió con tanta saña todo lo que olía a libertad, ingenio o novedad.<br />
Salta la pregunta. ¿Por qué esa extraña ley del embudo por el que se cierran los ojos ante tanta “gestión” que nadie se cree, otorgando desde su reconocimiento acreditaciones y sexenios y, en cambio, son tan “estrictos” al valorar la investigación reconocible? -De creerse el proceso de acreditaciones que hemos sufrido, en la Universidad española hay más cargos que en toda la UE y sus países miembros. ¡Qué Campus de excelencia vamos a tener! ¡Con miles de vicerrectores, directores generales, vicedecanos y comisarios!-. Sin embargo la respuesta es simple y nos la da la propia función de la ANECA: el control. <span id="more-546"></span><br />
Hay que partir de una realidad. En la Modernidad es imposible controlar el inmenso espacio de la reflexión. Ni las tiranías más poderosas lo han conseguido. Por eso los nuevos sátrapas  abandonan todas aquellas áreas donde el librepensamiento sólo alcanza el espacio de la relación personal. Para el nuevo fascismo, ese fascismo light, business, el “fascismo democrático” que tanto gusta en “bolsa”, lo que digas, si sólo alcanza al grupo de tus amigos, pierde todo interés persecutorio. Lo que interesa, lo que hay que controlar es la capacidad de que ese pensamiento pueda llegar a la sociedad en su conjunto. Es decir, lo que les interesa es el negocio. Por eso lo que importa no es tanto la calidad del profesorado. Es más, en ese aspecto, cuanto peor sea su calidad mejor, menos tendrá que decir, meros burócratas con menos peso social que el viejo zapatero remendón. No es conveniente que abunde la calidad en el profesorado y menos en el que aún acude a las aulas. Un exceso de prestigio en las aulas puede llevar a sus alumnos a reflexionar, a convertirse en auténticos ciudadanos. Pura herejía. Cuanto menos piensen los estudiantes mejor para el sistema.<br />
Lo importante es controlar es nueva “parcela” que se abre junto al Campus universitario. Esa “parcela” ya privada, por eso insisto en el símil urbanístico, y que conecta a las cátedras con la industria, la prensa, los grandes bufetes, es decir, con el dinero. Lo otro, insistimos, ya no importa. La universidad ya no importa. Sus alumnos son mera carne de cañón, futuros becarios que mirarán envidiosos a los “mileuristas” del destajo. ¿Y el Campus? Mejor dejarlo secar, evitar que crezcan las “malas hierbas”, esas hierbas libres que no sirven a la industria.  La misma palabra “Campus” termina sonándoles mal, puro latinajo que remite demasiado al concepto  de lo “publico”, algo odioso para estos nuevos mandarines. Lo importante ahora son los “master”, los “grupos de investigación”,  las “revistas”, eso sí, vinculados siempre a esa sociedad ….(¿Civil?), ¡No!, directamente  mercantil. La que los financia. El aprender y enseñar ya no es el objetivo de los estudios superiores.<br />
¿El resto? Poco a poco pasará a ser mera ganga. Un “mundo feliz” se instala. Un pensamiento único. Toda una terrible burocracia para definir lo justo, lo correcto, …¡La  Ciencia! ¿De veras se cree alguien que se puede medir el esfuerzo investigador? ¿O la belleza?, ¿O la originalidad?, en definitiva, ¿Se puede medir el pensamiento? Podríamos estar tentados a pensar que los funcionarios de la ANECA confunden la cultura con la longaniza aplicándole medidas que se avienen mejor al comercio del chorizo. Pero no estamos ante una broma. Han creado un verdadero Guantánamo, un laberinto de “revistas indexadas”, “parámetros de investigación”, “tramos de no-sé-qué”, “índices de referencia” Si te leen cien mil académicos tu artículo vale tanto. Pero ¿Alguna vez hubo cien mil vírgenes? ¿O es que el problema está más vinculado a esa otra historieta con sus cien mil moscas? Verdaderamente, si cien mil moscas pican en tu texto (-¡las referencias, estúpido!, ¡Las referencias!-), bien puedes adivinar de qué sustancia está hecho.<br />
En el futuro puede que todas estas prácticas adquieran un nuevo nombre propio, mientras, por mi parte, sigo usando el concepto de “Fascismo” (¿O no lo es “Guantánamo” por más que sus artífices se proclamen discípulos de Jefferson? También Torquemada se llamaba cristiano y, creo que, ni Benedicto, XVI se dejaría fotografiar junto a él)<br />
¿Y la Universidad? Como hemos dicho, ya no importa. Seguirán quedando tres o cuatro profesores  a los que todavía les guste la docencia. No importa, ya se irán jubilando, o pedirán la baja por depresión o se suicidarán de una manera u otra. La universidad alemana ya lo consiguió en 1940 con W. Benjamin. La española –y sus agencias- ya habrán aprendido la técnica.  Pero ¿Y los estudiantes? ¡Ah!, de esos ya no quiero ni hablar. Quizá a la puerta de los Campus convendría –como en Auschwitz - incorporar una inscripción esclarecedora. Menos técnica para que se entienda menos, con otras referencias para despistar mejor. Yo sugiero una bella expresión dantesca, al menos, así, nos recordará lo que un día fue el mundo universitario:<br />
“¡Ay los que entréis en mí!  ¡Perded toda esperanza!”</p>
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		<title>Sin miedo!</title>
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		<pubDate>Sun, 15 May 2011 10:52:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Olivan</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[actualidad]]></category>

		<category><![CDATA[Sin miedo]]></category>

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		<description><![CDATA[“Sin trabajo,
Sin empleo,
Sin futuro,
¡SIN MIEDO!
Me parece magistral el lema con el que arranca esta nueva postura de la juventud. Por llamarla de alguna manera. “Juve”, quizá tenga  su etimología en “Jove”, enunciación del dios supremo, Júpiter. El amado por los dioses, vendría a decirnos el término. Viéndoles marchitar sus esperanzas parece un contrasentido, arrancados de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-542" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2011/05/sin_curro.jpg" alt="sin_curro" width="250" height="250" /><strong>“Sin trabajo,<br />
Sin empleo,<br />
Sin futuro,<br />
¡SIN MIEDO!</strong></p>
<p>Me parece magistral el lema con el que arranca esta nueva postura de la juventud. Por llamarla de alguna manera. “Juve”, quizá tenga  su etimología en “Jove”, enunciación del dios supremo, Júpiter. El amado por los dioses, vendría a decirnos el término. Viéndoles marchitar sus esperanzas parece un contrasentido, arrancados de una continuidad que les niega todas las metas, expulsados del paraíso sobre la tierra. Y quizá sea así, solo ellos tienen esa gracia divina de saber y poder transformar el mundo. Quizá, hoy de nuevo, son ellos los convocados a este cambio. O sea, LA REVOLUCIÓN.<br />
Creíamos que la palabra estaba en desuso. Palabra casi decimonónica, olvidada en medio de tanto oscurantismo economicista. La naturaleza de las cosas, la libertad natural, la mano invisible. La política dejaba de tener sentido arrebatada por los usos y exigencias de la técnica. Nos han dicho: La empresa en vez del Estado. Y sobre eso han construido su discurso: la competencia sobre toda solidaridad, la jerarquía sobre la auténtica libertad. Estos han sido los lemas con los que se ha clavado la conciencia en el tablero de la Modernidad. Así durante más de veinte años.</p>
<p><span id="more-541"></span><br />
Alguien dice: generación perdida. ¡Qué error!, de perdida nada. La auténtica generación perdida es esa generación de “meapilas” autoflagelantes, de “opusdeistas”, “legionarios de Cristo” y “kikos” que han llenado los comederos de la política. Su misa dominical en Santamaría-de-No-Sé-Qué, su novia de-toda-la-vida-que-llegará-virgen-al-matrimonio y su “TDI” a la salida de esa universidad para niños-bien a la espera del “deportivo” para cuando llegue el puesto que les prepara papá. Jóvenes viejos hasta la muerte. Ese Cristo al que invocan los expulsaría a latigazos del Templo por su peste a sepulcros blanqueados. Fariseos del cuento bíblico.<br />
Un fascismo de nuevo cuño parecía ahogar toda  palabra. Fascismo de “cuello blanco” como esas clases medias a las que tanto despreciaba Ford. Pero, sin embargo, a pesar de todo, primero como un mero rumor, luego con el estruendo de mil corazones palpitando, ha ido germinando el grano de mostaza, la semilla silvestre de una auténtica juventud. Túnez, Egipto, espero que pronto Yemen, Siria, Argelia… Y, sin embargo, es aquí en Europa donde el Tsunami resulta más necesario. ¡SIN MIEDO!</p>
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