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	<title>MedidasTransversales</title>
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	<description>Otra visión de la actualidad política, social de nuestra sociedad</description>
	<pubDate>Mon, 02 Jan 2012 18:41:56 +0000</pubDate>
	
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		<title>Golpe de estado en Europa (III).</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Jan 2012 18:37:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Olivan</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[actualidad]]></category>

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		<description><![CDATA[Las causas.

Hemos teorizado sobre el concepto de Golpe de Estado. Con ello hemos podido marcar su fenomenología en la razón política. Ahora nos toca comprender su razón de ser, esa etiología sobre la que se sustenta. Tres cuestiones se nos plantean: ¿Quiénes? ¿Cómo? Y ¿Por qué? Empecemos por el por qué.
Es cierto que el modelo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><strong><img class="alignleft size-medium wp-image-580" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2012/01/tierra-indignada-300x300.jpg" alt="tierra-indignada" width="247" height="252" />Las causas.</strong></p>
<p style="text-align: justify;"><strong></strong><br />
Hemos teorizado sobre el concepto de Golpe de Estado. Con ello hemos podido marcar su fenomenología en la razón política. Ahora nos toca comprender su razón de ser, esa etiología sobre la que se sustenta. Tres cuestiones se nos plantean: ¿Quiénes? ¿Cómo? Y ¿Por qué? Empecemos por el por qué.<br />
Es cierto que el modelo europeo, esa socialdemocracia que se había generalizado a lo largo de todos los países del continente, no alcanzaba la justicia universal, pero nadie le puede negar ciertas y poderosas dosis de democracia igualitaria. Sus parlamentos y gobiernos elegidos por un sufragio más o menos perfecto, sus estructuras de separación de poderes –pese a la inconsecuencia misma del modelo-, sus libertades públicas garantizadas, sus conquistas en materia de salud, educación, seguridad y desarrollo personal, todo ello construía un sistema que pudiéramos llamar popular. La misma seguridad jurídica había terminado convirtiéndose en una mecánica de igualdad. Esa estructura de bienes públicos construía un espacio donde el dinamismo del pueblo resultaba incontestable. Europa había alcanzado un modelo social de base abrumadoramente popular y antielitista, no era la Democracia, pero sí podríamos definirlo como un sistema bastante democrático.<span id="more-577"></span><br />
No fue sólo el triunfo económico de las clases medias –unas clases media, no lo olvidemos, surgidas de las capas populares en un período de tiempo difícil de borrar de la memoria, a duras penas una mera generación en el mejor de los casos- es que, además, esas clases populares habían llegado a controlar y dominar el espacio mismo de la vida social. No fueron solo las clases bajas –lo poco que quedaba de ellas- las que se vieron arrastradas hacia los modelos de vida desplegados por esas clases medias populares, lo que parece lógico, fue mucho más, hasta las mismas clases altas, herederas de las viejas aristocracias del dinero o sobrevivas del antiguo régimen, resultaron también absorbidas por los modelos sociales desarrollados por esas clases medias de la pequeña burguesía urbana. Basta poner un ejemplo, hasta las mismas monarquías se terminaron sintiendo atraídas por esos usos pequeñoburgueses que se han impuesto como verdaderos modelos sociales. Así hemos podido ver como hasta príncipes y princesas pese al origen arcaizante de su institución, se vuelcan en parecer “profesionales” urbanos de clase media, con un “apartamento” en el centro de la ciudad o un chalet en alguna urbanización de las afueras tal y como comparten el resto de profesionales a lo que anhelan parecerse. Todos ellos acudirán a un Mc Donnall para celebrar el cumpleaños de sus niños y no dudarán en ser contratados por alguna empresa que les proporciones el nuevo lustre de un trabajo remunerado. Un proceso de igualitarización, en el fondo, mucho más poderoso que el que en su día consiguió la misma Unión Soviética.<br />
Este proceso de homogeneización que se desarrolló a lo largo de la segunda mitad del siglo XX fue acompañado, además, por un proceso real de acercamiento de rentas. Proceso en cierto grado consolidado en los últimos años del siglo, pese a las crisis reiteradas, a través de las mecánicas de acceso al crédito y el crecimiento feroz de la economía que permitió un acceso generalizado al disfrute del consumo.<br />
Con todo ello se fue creando un modelo social donde dominaba una idea de democracia política, es decir, el principio igualitario del voto y de igualdad ante la ley, junto a una cierta democracia económica que había terminado por equiparar a prácticamente la inmensa mayoría de la población. Visto desde la distancia, un extraterrestre hubiera llegado a la conclusión de que los seres humanos, en este continente, vivían bajo un igualitarismo general: todos disfrutan de un piso (o un “chalecito”) con su piscina y su cancha de paddell en una zona ajardinada, incluso todos terminaban teniendo una segunda casita de recreo en la playa o la montaña, todos decoraban sus viviendas con muebles de Ikea, a lo sumo con algún toque de originalidad más o menos popular, todos se visten en Zara o en las cinco otras tiendas del estilo, todos se permiten algún que otro veraneo en algún lugar exótico, parangonando a los antiguos señores, y todos se permiten el lujo de alguna escapada de fin de semana a Londres, Amsterdam o Praga gracias a los vuelos de bajo coste. Los niños de todos ellos practican los viejos deportes reservados a los ricos (tenis, esquí, hípica…), van a los mismos colegios y envían a esos mismos niños a Irlanda o América para que aprendan inglés. En definitiva, a primera vista, prácticamente habían desaparecido las clases sociales, como uno de esos agujeros negros de la teoría astronómica, la fuerza de atracción del modelo terminaba engullendo no sólo a los recién llegados al consumo de “lujo”, sino a la misma vieja aristocracia que, abandonando toda pretensión de elitismo, se dejaba arrastrar por ese “avasallador encanto de la pequeña burguesía”.<br />
Este proceso de popularización ha terminado por erradicar todo espacio y posibilidad de élite. Los marcos celebrados por la exigencia de lo exquisito han terminado abriéndose al gran público. En las comidas de empresa, desde un gusto más cercano a la patata que a otra cosa, se presumirá de la carta que ofrece el somelier; templos antaño reservados a la ópera o al refinamiento de una música minoritaria se abren a cantantes surgidos de Operación Triunfo y los mismos antiguos divos de esa música absolutamente excluyente, no dudarán en ofrecer su batuta a la última canción del verano. La democratización de la vida política y económica, también ha alcanzado, como era lógico, a los espacios elitistas del saber. Lo cual, de entrada, no es malo en absoluto pues refleja el anhelo de igualdad de la sociedad moderna.<br />
Pues parece que esto no lo han soportado todos.<br />
Mi tesis es que nos encontramos ante un golpe de estado con el propósito de romper esa dinámica igualitaria construida a lo largo de estos últimos cincuenta años. Ciertos poderes, o ciertas personas con poder, han dicho “¡Basta!” y quieren volver a los viejos sistemas de clases, castas, honores y desigualdades con los que las élites disfrutaban a lo largo de los siglos. Y lo están consiguiendo. Es decir, frente a esa igualdad en el consumo, lo que pretenden es el retorno a los viejos modelos de organización social: el obrero a los bordes de la hambruna y las clases medias nuevamente a vivir alejadas de toda veleidad de liderazgo. Es decir, un retorno al menos a ese siglo XVIII anterior a la Revolución donde las cosas eran justamente al revés que son ahora: un pueblo, aunque tratado con esa conmiseración con la que el rico sabe tratar a sus lacayos, condenado a la marginación radical y junto al mismo una burguesía –esas clases medias- devota de las clases altas a las que debe imitar pero sin alcanzar jamás. El Golpe de estado viene justamente a reimponer este orden de cosas reinstaurando la cesura entre los verdaderamente grandes y el resto.<br />
Por eso lo que nos viene a quitar este Golpe no es tanto el poder político, ese ceremonial del voto que se ejerce a lo sumo diez o veinte veces en la vida, disuelto en una mecánica de dominio tecnocrático. No, eso era innecesario suplantarlo. Pese a las altas cuotas de democracia alcanzada, como hemos dicho, el poder se había tecnificado de tal manera que ya no lo ejercía nadie en concreto y mucho menos el pueblo (por eso está siendo tan fácil consolidar el golpe de estado pronunciado) Lo que se pretende con el golpe aspira a mucho más y entra en el espacio de lo simbólico. Lo que se pretende arrebatar no es sólo la eficacia del acto político, como decimos bien reducida en la sociedad moderna, sino la misma expresión de la democracia. El pueblo no tiene ni debe tener ninguna competencia política. Este es el objetivo. En Italia y en Grecia se ha dicho sumamente claro: los nuevos líderes no se eligen, los imponen desde esa oscura trinchera que denominan “los mercados”. No es que esos tecnócratas no pudieran ser impuestos desde las elecciones, se ha querido imponer un mensaje mucho más radical: ¡YA NO MANDA EL PUEBLO!. La soberanía, que se aprenda definitivamente, ya está en otro sitio.<br />
En España no ha sido necesario el Golpe en lo político, Rajoy se ha colado ante la impotencia del partido socialista, a la espera de ser “recalificado” por esos mismos mercados. Pero el golpe también se ha dado y el mensaje ha sido igual de claro: la Justicia ya no es la misma para todos. Un banquero no puede ser tratado igual que esas clases medias que se habían apoderado del cotarro. Alfredo Sainz ha sido amnistiado/indultado no porque la exigua pena a la que había sido condenado tuviera la más mínima gravedad para su vida, diez otros banqueros han tenido penas semejantes y se han reído de las mismas sin tanto alboroto. De nuevo aquí, como en Grecia e Italia, lo importante era el mensaje. Lo veremos también en el caso Urdangarín, cuando la mecánica de la Justicia le ponga, a él y a su familia, ante los pies de lo caballos. De nuevo la mano negra borrará los renglones del proceso. En definitiva, buscábamos una razón para ese golpe y las razones están en el mensaje: NI TODOS IGUALES, NI MUCHO MENOS MANDA EL PUEBLO. Es bueno que vayamos sabiéndolo.</p>
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		<title>Golpe de estado en Europa (II) Por una teoría del golpe de estado</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Dec 2011 18:52:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Olivan</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[actualidad]]></category>

		<category><![CDATA[golpe de estado]]></category>

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		<description><![CDATA[En la teoría general del cambio social se entiende por Golpe de Estado una forma de alteración de la vida política desarrollada desde los mismos centros de poder con el propósito de cambiar una élite de gobierno (todo poder es ya una élite) por otra. Si en la abstracción de la ciencia propusiéramos una taxonomía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-561" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2011/11/bansky.jpg" alt="bansky" width="250" height="297" />En la teoría general del cambio social se entiende por Golpe de Estado una forma de alteración de la vida política desarrollada desde los mismos centros de poder con el propósito de cambiar una élite de gobierno (todo poder es ya una élite) por otra. Si en la abstracción de la ciencia propusiéramos una taxonomía de los cambios políticos nos encontraríamos al menos con tres formas básicas: el cambio democrático pacífico, el cambio democrático revolucionario y el golpe de estado. Las dos primeras mantienen la idea de una democracia al surgir de la expresión popular la instalación de una nueva mayoría en un sistema democrático-electoral o por la propia fuerza de ese pueblo a través de un levantamiento en armas. Aunque luego acercaremos el “objetivo” de nuestro visor a este modelo para analizar más detenidamente  sus formas, de entrada lo que sí constatamos es que, en ambos, el cambio electoral y el proceso revolucionario, su carácter democrático surge de ser expresión de la voluntad general. El tercer modelo, el golpe de estado, se predica específicamente como antidemocrático pues el cambio surge de las mismas estructuras de poder manteniendo, por lo tanto, un carácter elitista. Este es el cambio que hoy se ha producido en Europa (Grecia e Italia) y el que define la nueva dimensión política que está alcanzado esa misma Europa: definitivamente un modelo extraño a la voluntad popular.<br />
Si nos acercamos al tema a través de las propuestas metodológicas de W. Benjamin apreciamos, no obstante, algunas notas nuevas. El profesor de Frankfort nos enfrenta a la distinción entre “violencia conservadora” y “violencia instauradora”. En la primera, el poder ejerce su potencia para conservar el modelo social alcanzado, es decir, actúa como “Estado” en el ejercicio del monopolio de la fuerza. En la segunda expresión, la violencia actúa al margen de toda norma. En este caso, frente a la ley, que necesariamente se  decanta siempre por la violencia conservadora, esa otra violencia se desarrolla en el marco exterior a toda expresión normativa y lo hace con la voluntad de imponer su nueva legalidad. Es lo que denominamos modelo revolucionario. En este modelo revolucionario la violencia  desarrollada no solo se justifica a posteriori sino que también se condena como antijurídica toda la violencia ejercida por el sistema anterior con la finalidad de mantenerse. En las recientes revoluciones árabes hemos podido apreciar este proceso donde, al menos desde la óptica del estado soberano, hemos visto como la represión de Ben Alí, Gadafi o el Rais, en su búsqueda del mantenimiento del orden, se ha visto convertida en expresión de delito, por lo que, una vez cambiado el poder, se les ha juzgado como criminales. <span id="more-560"></span><br />
Hemos dicho desde la óptica de una soberanía nacional, sin embargo el ejemplo propuesto de las revoluciones árabes incorpora una serie de complejidades de enorme interés. De entrada hemos podido apreciar la presencia de otros poderes con competencia normativa: la OTAN, la Comunidad internacional representada por la ONU, así como otras fuerzas más o menos ocultas, desde el sistema ideológico de la comunidad musulmana hasta los lazos políticos, económicos, sociales y militares de algunos organismos de poder y que, dada su difícil definición, nos basta por ahora con apuntar a las sedes centro de sus decisiones: Turquía, Arabia Saudita, Irán, etc. Todo ello sin olvidar otros poderes interesados localizados en el mundo empresarial y económico: petróleo y gas, deuda pública, fondos soberanos con capital libio, etc. La presencia de estos actores, nos preguntamos, ¿Convierte en violencia conservadora la ejercida por los denominados “rebeldes” en el conflicto libio? Desde el punto de vista de la Corte Penal Internacional parce que sí, prueba de ello es la reclamación de competencia formulada por el fiscal de la Corte Sr. Ocampo. La reclamación de la apertura de juicio contra los miembros del clan Gadafi recrea los datos del conflicto y los invierte. De esta manera la violencia ejercida por Gadafi y su gobierno pasa a considerarse ilegítima y antijurídica reconvirtiendo la opuesta por los rebeldes en legítima y reconocida. La violencia revolucionaria se convierte así en violencia conservadora. En definitiva, los rebeldes son puestos en el marco de la legalidad, al desplazarse el espacio de análisis desde el recinto de la soberanía nacional al campo de lo internacional. Así, desde esa “soberanía internacional” desde la que actúa la Corte lo que realmente alteraba el orden eran las locuras del coronel Gadafi y es a esta violencia a las que la insurrección rebelde han puesto fin. En este caso la acción de los rebeldes se colocaría no ya en el espacio de las revoluciones sino en el más concreto del golpe de estado.<br />
Y con ello volvemos a nuestra primera consideración. El carácter del golpe de estado como ejercicio de la violencia.<br />
Si nos acercamos a una tipología de los golpes de estado apreciamos una serie de rasgos comunes que afectan tanto a su legalidad como a su eficacia. Desde el punto de vista de la eficacia el factor fundamental estriba en la potencia ejercida para alcanzar el objetivo deseado de derrocar al poder en ejercicio. La fuerza empleada (al menos en algún momento del proceso) ha de ser superior a la potencia disponible por el poder establecido. En caso contrario el golpe fracasa. (En esto también se diferencia de la revolución que puede mantenerse en un estadio como guerras de baja intensidad).<br />
Antes de avanzar sobre el factor de la legitimidad, al analizar el elemento fuerza nos vemos en la necesidad de una nueva confrontación entre los conceptos de  Golpe de Estado y Revolución. La revolución no es solo el ejercicio de fuerza desde la masa del pueblo, exige su exclusividad, ha de ser una violencia ejercida “por la sola acción del pueblo”. Por eso, con independencia de su legitimidad, cuando junto a esa expresión del pueblo aparecen otros factores (una potencia extranjera u otro tipo de poder de las características que sea) tendríamos dificultades de reconocer el ejercicio del poder revolucionario. Las razones no se nos escapan, ¿Podríamos considerar gratis ese apoyo de entrada tan costoso? Más de dos mil millones de euros ha costado la intervención de la OTAN en libia, y solo se cuenta el gasto militar puro, sin hacer cuentas del político. ¿Reclamarán los países del Tratado algo a cambio?<br />
Pero entrando ya en el capítulo de la legitimidad, esta es la gran diferencia entre el Golpe y el modelo revolucionario. En la Revolución la legitimidad surge de la misma estructura popular. Siendo el pueblo el origen de todo poder –la soberanía- el mismo concepto de legitimidad queda asentado en sede popular. Toda violencia que surja del pueblo es, por lo tanto, legítima por la propia definición de las palabras. En definitiva, toda revolución es legítima desde su mismo origen. Otra cosa es si, además, alcanza la legalidad, algo que solo consigue en el caso de triunfar. El Golpe  Estado, en cambio, tiene las cosas muy distintas. En lo que afecta a su legalidad el proceso sería semejante: una vez alcanzado el triunfo –es decir, apoderado del gobierno- tiene garantizado su reconocimiento normativo, es decir, esa legalidad sobre la que se asienta el reconocimiento. Pero ¿Puede ser también legítimo? De entrada podríamos distinguir dos casos distintos y considerar que será legítimo todo golpe de estado que se opone a un régimen ya de por sí contrario a la democracia. De esta manera sería legítimo el golpe de estado que tumba  un régimen tiránico. En cambio si se pronuncia contra un sistema democrático, el golpe sería plenamente ilegítimo.<br />
Un acercamiento a la teoría de la revolución parecería confirmar este modelo. En el fondo el modelo revolucionario entraña una serie de fases y, si en las primeras supone el mero ejercicio de la acción popular, en sus últimos estadios la cosa cambia y se hace más compleja. Si miramos, por ejemplo, las fases de la Revolución rusa apreciamos lo siguiente. De entrada, es cierto, es un estallido de violencia popular fruto de de la misma Guerra del 14. Pero en la última etapa los bolcheviques tienen ya amplias parcelas de poder y cuentan, a demás, con un cierto apoyo exterior (y no siempre bien intencionado y sin costes), lo que termina convirtiendo el último acto de la revolución en una mecánica más cercana al modelo del Golpe de estado.<br />
¿Podríamos considerar ya este tipo de golpe como específicamente legítimo? Sin necesidad de entrar en la casuística de la Historia, si podríamos apuntar a dos extremos: de entrada la exigencia de una mirada más general y que se acople a la calificación de legítimo o no a todo el proceso en su historicidad completa y no solo a cada uno de sus actos y, por otra parte, la propia debilidad del concepto de legitimidad   cuya carga valorativa se diluye en el posterior concepto de legal. Al final todo lo que es legal termina siendo racional, como nos proponía Hegel.</p>
<p><strong>***</strong><br />
Es en esta dialéctica donde tenemos que apreciar el proceso que vive Europa y su espacio mediterráneo. Las revoluciones de la “Primavera árabe” –ya algunas en su segunda fase “jacobina”- distan todavía de encontrar su verdadero sentido histórico. Pero aquí, al otro lado del Mediterráneo las cosas no son muy distintas. Si hay una deslegitimación del poder al sur, en el norte estamos inmersos en el más amplio proceso de deslegitimación de las estructuras de poder residentes en la zona desde mediados del siglo XIX. No es sólo la social-democracia lo que está en juego, es el mismo sistema liberal que consolidó el modelo democrático de acción política. Por eso hablamos de que estamos ante un verdadero golpe de estado. En definitiva, un proceso de caída de un sistema y de imposición de otro. Un proceso realizado de espaldas a las distintas expresiones populares y, por ello, profundamente anti- antidemocrático, un proceso realizado con la suficiente violencia –de momento solo violencia económica- como para paralizar los resortes de reacción desde las bases sociales del régimen agredido. Y lo que es peor, estamos ante la conciencia de que, si no hay una reacción a tiempo, los poderes actuantes tienen todas las de ganar y consolidarse como futuras instancias monopolizadoras de la violencia. Es decir, el golpe tiene todas las posibilidades de salir triunfante y convirtiendo a su ejecutores en los amos del estado.<br />
La reacción sólo puede producirse si analizamos algunos extremos previos y somos capaces de identificar bien las tres preguntas que se nos abren: ¿Quiénes son los que capitanean el golpe?, ¿Qué buscan?  Es decir, por qué lo han dado Y ¿Cómo lo están dando?, en definitiva, cuales son las fases, en la historia de hoy mismo, que desarrollan su pronunciamiento.</p>
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		<title>Golpe de estado en Europa (I).</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Nov 2011 19:07:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Olivan</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[actualidad]]></category>

		<category><![CDATA[fuerzas extrañas]]></category>

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		<description><![CDATA[Estas notas vienen inspiradas por eso que, en Europa, hemos sentido como un verdadero golpe de estado: la imposición de unas fuerzas, extrañas a la definición constitucional como las únicas con competencia para organizar la vida política de los países, sobre la voluntad general reflejada en sus respectivos Parlamentos. Italia, y sobre todo Grecia, han [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-568" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2011/11/golpe-de-estado-1.jpg" alt="golpe-de-estado-1" width="250" height="250" />Estas notas vienen inspiradas por eso que, en Europa, hemos sentido como un verdadero golpe de estado: la imposición de unas fuerzas, extrañas a la definición constitucional como las únicas con competencia para organizar la vida política de los países, sobre la voluntad general reflejada en sus respectivos Parlamentos. Italia, y sobre todo Grecia, han sufrido sendos golpes de estado que han tumbado sus formas de gobierno elegidas democráticamente y las han cambiado por un régimen autodefinido de “expertos”. Si el caso griego es flagrante, en Italia ha quedado camuflado por el rechazo general de la sociedad italiana a la figura de Berlusconi. Sin embargo tampoco aquí se esconde la realidad de un golpe pues, frente a la lógica de un modelo de cambio político, perfectamente establecido en la Constitución italiana, se ha preferido una expresa imposición de una salida “técnica”. Es decir, se ha evitado conscientemente el recurso a la expresión de la voluntad general.</p>
<p>El Grecia las características de este golpe se han acentuado también por el momento elegido. Frente a un gobierno que, en un momento determinado busca promover la legitimación de las medidas de austeridad impuestas, la reacción de esos otros poderes ha sido la más violenta, es decir, se ha impedido expresamente toda posible legitimación de las medidas que afectan a la sociedad, como si ese esfuerzo de legitimación redujera la eficacia de las mismas medidas. <span id="more-567"></span><br />
En verdad no anda desencaminado el mundo de las finanzas que las impone, el problema, nos vienes a decir, no es económico, lo que se busca no es crear las condiciones para el pago de la deuda, esto es ya lo de menos, lo que se busca es cambiar el modelo de organización política. En definitiva, no está en juego un modelo económico, lo que se discute ya no son las medidas de más o menos austeridad para salir de la crisis, lo que se busca es la destrucción de la democracia. Por eso no basta el mero cambio político resuelto por las urnas, pronto lo veremos en España, lo que buscan esos poderes que estúpidamente hemos llamado “los mercados” es el cambio de modelo político. La Democracia ha  muerto. Como le sucedió a Roma tras la crisis del siglo Iº a.c., toca ya la hora del Impero. Hablar de Democracia, pronto, se convertirá en una palabra de riesgo. Las proscripciones y, al final, el asesinato, barrerán de Europa a los pocos que aún se empeñen en defenderla.</p>
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		<title>MedidasTransversales (II etapa)</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Nov 2011 18:47:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Olivan</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[actualidad]]></category>

		<category><![CDATA[capitan]]></category>

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		<description><![CDATA[Después de unos meses de reflexión, donde he querido ordenar mis notas y trabajos, retorno al Blog.
La crisis no solo se mantiene sino que se agudiza. Lo que veíamos venir no solo viene sino que desborda todas las esperanzas. Lo que de lejos anunciábamos como una pequeña ola, ese: “la crisis ya está pasando”, ya [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-556" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2011/11/barco-pirata.jpg" alt="barco-pirata" width="250" height="250" />Después de unos meses de reflexión, donde he querido ordenar mis notas y trabajos, retorno al Blog.<br />
La crisis no solo se mantiene sino que se agudiza. Lo que veíamos venir no solo viene sino que desborda todas las esperanzas. Lo que de lejos anunciábamos como una pequeña ola, ese: “la crisis ya está pasando”, ya es el momento de invertir”, que nos decían, se aprecia ya en toda su dimensión: un tsunami )<br />
Y, sin embargo, nadie lo quería ver. Como en el viejo cuento del traje del emperador, solo la inocencia era capaz de comprender esa realidad que saturaba nuestros ojos: El emperador estaba desnudo. Inocencia e ingenuidad. Es decir, retornando a la etimología de ambos términos, “ignorancia y libertad”. Libertad de poder decir, sin el miedo no solo al qué dirán sino también a los mil compromisos adquiridos por los clérigos que tanto saben. Pero también ignorancia, el “no sé” que encierra esa posición opuesta a la culpabilidad. Ese no saber, o mejor dicho, no querer verlo todo únicamente por los ojos enfebrecidos de unas doctrinas cuyo único fundamento es, como siempre, la fe. <span id="more-555"></span><br />
En medio de la tormenta, no es que la nave del estado –de los estados, o de la sociedad en su totalidad- esté gobernada por meros capitanes de de botes de remos (aquí en Francia se acusa a los políticos de “capitains de pédalo”, es decir, de botes a pedales), es aún peor, a su ignorancia, y esta sí, completamente culpable, se añade su total dependencia de otros señores y poderes. No es solo que nos gobiernan desde la “imbecilitas”, sino que, como en cierta película de los años cincuenta, con la brújula que esconden tratan de llevarnos hacia la misma isla de los piratas. Capitanes de mierda (¡afortunadamente!) porque hacia donde quisieran llevarnos es hacia una muerte aún más terrible y miserable que la que alcanzaríamos con el naufragio. Mejor las olas que el nuevo cautiverio que nos proponen.<br />
Por eso entiendo que, hoy más que nunca, es necesaria una crónica de la vida y un juicio sobre el presente. La crisis en la que estamos inmersos, la distancia de la que me valgo desde mi nueva residencia en Francia, el clamor que se levanta de un lado al otro del planeta, reclama de todos nosotros un esfuerzo de síntesis y comprensión al que, de nuevo, invito a todos los que atendieron mi anterior llamada.<br />
Esto no es un mero ejercicio intelectual. Esa fase ya pasó. Los acontecimientos, esa vida que todavía nos queda, reclama un esfuerzo más.<br />
¡¡¡¡¡¡CUIDADO!!!!!!,<br />
NO SOLO BUSCAN ROBARNOS LA BOLSA A CAMBIO DE LA VIDA. BUSCAN MUCHO MÁS: BUSCAN ROBARNOS TAMBIÉN LA LIBERTAD.</p>
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		<title>Indignados II (Los burgueses de Calais)</title>
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		<pubDate>Wed, 29 Jun 2011 19:14:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>F.O</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[actualidad]]></category>

		<category><![CDATA[Rodín]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace algunos años, el entonces Secretario General de la  OTAN nos hacía reflexionar sobre los límites del derecho. Estábamos ante las guerras balcánicas y desde la organización atlántica se decidió bombardear Serbia para detener la guerra. Cuestionada esta decisión, en cuanto no había ningún mandato de N.U. que autorizase el uso de la fuerza militar, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-552" title="rodin" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2011/06/rodin.jpg" alt="rodin" width="250" height="250" />Hace algunos años, el entonces Secretario General de la  OTAN nos hacía reflexionar sobre los límites del derecho. Estábamos ante las guerras balcánicas y desde la organización atlántica se decidió bombardear Serbia para detener la guerra. Cuestionada esta decisión, en cuanto no había ningún mandato de N.U. que autorizase el uso de la fuerza militar, única vía para alcanzar la legalidad de ese bombardeo, Solana respondió que, aunque posiblemente con escasa base legal, aquella operación tenía una altísima “legitimidad” al estar en juego derecho muy superiores. Nos enfrentaba, así, no sólo a un dilema que oponía los conceptos de Legalidad y Legitimidad, sino también a la prioridad –al menos en lo moral- de esta segunda instancia.<span id="more-551"></span><br />
La oposición, si no expresamente, también tuvo que estar en el ánimo del Presidente Aznar cuando, nuevamente sin la necesaria cobertura legal de una Resolución de N.U., incorporó a España a las acciones militares que desembocaron a la denominada “Guerra de Irak”.<br />
Esta oposición –Legalidad vs. Legitimidad- entraña serios riesgos, pero no está carente de racionalidad. Desde el nacimiento del derecho, y bajo distintos nombres, siempre ha habido un cierto desfase entre la expresión de las normas –lo que llamamos Derecho positivo- y ese otro mundo del “deber ser” donde se funden las exigencias más internas del derecho, la moral y la ética y todo un conjunto de valores que son también parte de nuestra responsabilidad social por lo que, desde siempre, la doctrina jurídica no ha dudado en calificarlo con el concepto de “Derecho”. Ese Derecho de la Sangre del que nos habla Esquilo en Antígona, o ese Derecho natural o histórico y tradicional de las Escuelas estoicas y escolásticas, un derecho que abocará, ya en nuestra época, a la Doctrina de los Derechos Humanos. Un derecho que, pese a la fuerte presión del positivismo, máxime en la primera mitad del siglo XX, ha sabido mantener ese “halo” de sacralidad alrededor de la persona convirtiéndose en el último muro frente a la maquinización de la vida y las normas. Hasta el propio marxismo, pese a su radical positivismo, terminará reconociendo su eficacia, como reconoce E. Bloch en su obra. En definitiva, ni todo, ni solo  lo que está escrito en los Diarios Oficiales, es decir, las leyes y normas positivas, es el auténtico derecho.<br />
Esto viene a cuento respecto a los comentarios y reflexiones que hemos oído en boca de políticos, periodistas y “expertos” respecto al denominado Movimiento del 15-M y, sobre todo respecto a su comportamiento violento frente a algunos Parlamentos territoriales, en concreto el de Cataluña. Más de una vez, en estos días, hemos escuchado expresiones de este tipo: “los del movimiento 15-M han atravesado la línea roja de lo tolerable al atacar a la institución de máxima legitimidad. El Parlamento constituye la máxima legitimidad del estado ya que es la sede de su soberanía y está constituido por los representantes del pueblo”. Lo que no solamente es erróneo en lo técnico-jurídico, sino que entraña también un error en la comprensión de los conceptos.<br />
De entrada una pequeña relectura de la Constitución. La sede de la Soberanía no está en el Parlamento sino en el pueblo, del que emanan todos los poderes del estado. Al Parlamento, en el texto constitucional –y aquí las Cortes Generales nos sirven de muestra para todo el resto de Asambleas parlamentarias territoriales- les corresponde “representar” a ese pueblo. En la misma dirección se pronuncia el artículo 6 cuando nos define a los Partidos políticos como un instrumento para promover la participación. En definitiva, y sería bueno que tanto nuestros políticos como la totalidad de las administraciones que configuran los distintos aparatos del estado, recordaran que a todos ellos no les toca otra función que la de servicio: el servicio a ese único soberano que es el Pueblo. Las instituciones que nos aparecen como “Poderes” (Cortes, Jueces y Gobierno) no lo son en realidad si lo leemos con más atención. Así a los miembros de las Cortes, la Constitución los denomina directamente “representantes”, como a los jueces, el mismo texto los llama “administradores”, es decir, ambos mantienen una función subalterna. Como recuerda la misma palabra “ministro”, que históricamente significaba “criado”. Es decir, todos ellos son meros servidores. Esa función quedaba muy clara cuando la soberanía residía en la persona de un Rey, lo que hacía de esos ministros, parlamentos y magistrados meros “lacayos” (“coperos” y “palafraneros” reales, etc. como se les denominaba en épocas históricas), función que en realidad no cambia con la democracia, solo que ahora el nuevo soberano es colectivo: ese pueblo al que deben servir (en el rigor de la ley, parlamentarios, jueces, funcionarios, no son parte de esa soberanía mientras ejercen su función, en tanto en cuanto su función es de servicio. Lo son sin embargo, en cuanto personas particulares)<br />
Por lo tanto la posición respecto al derecho de todos ellos, así como de las mismas instituciones, en este caso el Parlamento, es la de “Legalidad”. Su existencia no es más que el resultado de su expresión normativa. Nuestros diputados son parlamentarios en cuanto han sido elegidos a través de un procedimiento regulado en las normas electorales y se han constituido según los Estatutos de la Cámara. Y para ello es lo mismo que a esas elecciones haya concurrido el 90% del censo como si sólo acudió un 40 o un 20 por ciento o, puestos a decir, bastaría con un escuálido uno por ciento. Bastará, en el  extremo, con que se vote a sí mismo si ningún otro acude a votar para que sea elegido diputado con todas las de la ley. Eso ya lo conoció Inglaterra con los denominados “Burgos podridos”, circunscripciones controladas por ciertos señores y que llegaban a la Cámara de los Comunes sin oposición posible, dado que eran ellos los únicos con derecho a votar en el condado. Inglaterra tuvo que reformar profundamente este sistema porque, aunque cubiertos con toda la legalidad del ordenamiento jurídico, la realidad es que aquellos diputados estaban absolutamente “deslegitimados”.<br />
Y es ahí donde quería llegar. Aquellos diputados británicos, parafraseando la expresión de Solana, aunque sobradamente “legalizados” carecían de toda “legitimidad”. Y esto es lo que está empezando a suceder con muchos de los miembros de los parlamentos actuales. Imputados por crímenes de lesa sociedad, o con sobrados historiales de “chanchullos” y corruptelas o con sueldos deducidos de la acumulación de cargos públicos que sobrepasan el escándalo. Resulta difícil reconocer a muchas de estas señorías una legitimidad que requiere algo más que la mera suma de votos.<br />
El problema es que así como el concepto de “legalidad” está más o menos establecido y para eso hay jueces que, en último caso, resuelven si algo es legal o no, en lo que se refiere a la “legitimidad” los contornos son mucho más difusos y movibles. Sin embargo no estamos carentes de indicios para determinar su existencia. Hay una “ley sagrada” que debiéramos haber aprendido: cuando, en medio de una crisis, se voltean las campanas exigiendo a todos un esfuerzo, los primeros que deben dar ejemplo de esa capacidad de entrega y heroísmo, deben ser esos mismos que reclaman la legitimidad de sus puestos.<br />
Dicen que Anibal no exigía a ninguno de sus soldados un sacrificio que no fuera capaz de soportar el mismo. Cruzó los Alpes a pie como el más humilde de sus soldados. Sabía que si quería seguir siendo reconocido como líder por una tropa alejada de su patria durante más de treinta años, debía ganarse esa legitimidad día a día. De nada le serviría llamarse Barca, la legitimidad no la otorga ni la elección ni el nacimiento en la familia de los reyes. La legitimidad solo se alcanza cuando la inmensa mayoría se siente representada en el convencimiento de ese derecho superior. Hoy, sin embargo, vivimos en las sociedades donde sucede todo lo contrario: mientras el paro hace estragos en los trabajadores, los funcionarios ven reducidos sus salarios, los comerciantes se ven abocados a reducir sus márgenes hasta la extenuación y los jóvenes se despiertan sin futuro, el mundo de la política parece no enterarse. Y una comunidad, una “nación” –y la expresión no es de ningún revolucionario, sino de alguien tan conservador como Ernest Renan- es “un plebiscito de todos los días”. Día a día esa nación debe “convencernos” de que merece la pena seguir adelante. No hay norma jurídica que se pueda imponer a la voluntad de un pueblo.<br />
Hay una bellísima historia que el escultor Rodin inmortalizó en una de sus obras. Es el grupo denominado “Los burgueses de Calais”. Representa un grupo de hombres, los representantes electos de la ciudad de Calais, que ante las exigencias del enemigo para liberar la ciudad y no someterla a saqueo y pasar a cuchillo a todos sus habitantes, optaron por dejarse ejecutar en representación de toda su comunidad. Es así como se alcanza la “Legitimidad”, cómo, como ciudadano, te sientes copartícipe de un proyecto que realmente merece la pena. Ante aquella crisis radical, los ciudadanos de Calais encontraron unos héroes que entregaron su propia vida. Eran circunstancias extraordinarias y terribles. No sé si tan terribles como las que vivimos hoy, donde también nos vemos sitiados por esos “mercados” (así lo dicen) que amenazan robarnos el futuro. Lo que sí es diferente es el comportamiento de nuestros políticos i lideres que ni siquiera ofrecen renunciar a viajar en primera. Y eso que el cargo es voluntario.<br />
No me cabe ninguna duda. Hoy día esa legitimidad que tan insistentemente reclaman para sí algunos políticos, está mucho más cerca del movimiento de los indignados.</p>
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		<title>Panfleto contra la Aneca (de cómo la Aneca constituye hoy la nueva inquisición)</title>
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		<pubDate>Sat, 21 May 2011 16:09:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Olivan</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[actualidad]]></category>

		<category><![CDATA[Aneca]]></category>

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		<description><![CDATA[Parece cómico. Parece ridículo lanzar una proclama contra una agencia administrativa. Un puro acrónimo de algo que se pretende objetivo y, como toda administración, repleta de buenas intenciones. Sin embargo es ahí donde estás el peligro. Hoy día la ANECA, en medio de unos siglas tan anodinas, esconde el peor cáncer de la Universidad Española [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-547" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2011/05/aneca.jpg" alt="aneca" width="250" height="250" />Parece cómico. Parece ridículo lanzar una proclama contra una agencia administrativa. Un puro acrónimo de algo que se pretende objetivo y, como toda administración, repleta de buenas intenciones. Sin embargo es ahí donde estás el peligro. Hoy día la ANECA, en medio de unos siglas tan anodinas, esconde el peor cáncer de la Universidad Española y, por ello, también el germen del cáncer que recorre nuestra sociedad.<br />
Su lema: toda investigación libre debe ser expulsada. La Ciencia es, para estos nuevos inquisidores, “Una, Santa, Católica y Apostólica”. O entras en esos parámetros de las revistas indexadas o incurres en la peor herejía. Solo es “verdadera investigación” –el resto debe ser “poesía”- lo que decide su Santo tribunal. Nos enteramos así que hay una Investigación “verdadera”, una ciencia “verdadera”. Como hubo –a sangre y fuego- una fe “verdadera” a la que todo debía someterse. No sé si alguna vez la GESTAPO persiguió con tanta saña todo lo que olía a libertad, ingenio o novedad.<br />
Salta la pregunta. ¿Por qué esa extraña ley del embudo por el que se cierran los ojos ante tanta “gestión” que nadie se cree, otorgando desde su reconocimiento acreditaciones y sexenios y, en cambio, son tan “estrictos” al valorar la investigación reconocible? -De creerse el proceso de acreditaciones que hemos sufrido, en la Universidad española hay más cargos que en toda la UE y sus países miembros. ¡Qué Campus de excelencia vamos a tener! ¡Con miles de vicerrectores, directores generales, vicedecanos y comisarios!-. Sin embargo la respuesta es simple y nos la da la propia función de la ANECA: el control. <span id="more-546"></span><br />
Hay que partir de una realidad. En la Modernidad es imposible controlar el inmenso espacio de la reflexión. Ni las tiranías más poderosas lo han conseguido. Por eso los nuevos sátrapas  abandonan todas aquellas áreas donde el librepensamiento sólo alcanza el espacio de la relación personal. Para el nuevo fascismo, ese fascismo light, business, el “fascismo democrático” que tanto gusta en “bolsa”, lo que digas, si sólo alcanza al grupo de tus amigos, pierde todo interés persecutorio. Lo que interesa, lo que hay que controlar es la capacidad de que ese pensamiento pueda llegar a la sociedad en su conjunto. Es decir, lo que les interesa es el negocio. Por eso lo que importa no es tanto la calidad del profesorado. Es más, en ese aspecto, cuanto peor sea su calidad mejor, menos tendrá que decir, meros burócratas con menos peso social que el viejo zapatero remendón. No es conveniente que abunde la calidad en el profesorado y menos en el que aún acude a las aulas. Un exceso de prestigio en las aulas puede llevar a sus alumnos a reflexionar, a convertirse en auténticos ciudadanos. Pura herejía. Cuanto menos piensen los estudiantes mejor para el sistema.<br />
Lo importante es controlar es nueva “parcela” que se abre junto al Campus universitario. Esa “parcela” ya privada, por eso insisto en el símil urbanístico, y que conecta a las cátedras con la industria, la prensa, los grandes bufetes, es decir, con el dinero. Lo otro, insistimos, ya no importa. La universidad ya no importa. Sus alumnos son mera carne de cañón, futuros becarios que mirarán envidiosos a los “mileuristas” del destajo. ¿Y el Campus? Mejor dejarlo secar, evitar que crezcan las “malas hierbas”, esas hierbas libres que no sirven a la industria.  La misma palabra “Campus” termina sonándoles mal, puro latinajo que remite demasiado al concepto  de lo “publico”, algo odioso para estos nuevos mandarines. Lo importante ahora son los “master”, los “grupos de investigación”,  las “revistas”, eso sí, vinculados siempre a esa sociedad ….(¿Civil?), ¡No!, directamente  mercantil. La que los financia. El aprender y enseñar ya no es el objetivo de los estudios superiores.<br />
¿El resto? Poco a poco pasará a ser mera ganga. Un “mundo feliz” se instala. Un pensamiento único. Toda una terrible burocracia para definir lo justo, lo correcto, …¡La  Ciencia! ¿De veras se cree alguien que se puede medir el esfuerzo investigador? ¿O la belleza?, ¿O la originalidad?, en definitiva, ¿Se puede medir el pensamiento? Podríamos estar tentados a pensar que los funcionarios de la ANECA confunden la cultura con la longaniza aplicándole medidas que se avienen mejor al comercio del chorizo. Pero no estamos ante una broma. Han creado un verdadero Guantánamo, un laberinto de “revistas indexadas”, “parámetros de investigación”, “tramos de no-sé-qué”, “índices de referencia” Si te leen cien mil académicos tu artículo vale tanto. Pero ¿Alguna vez hubo cien mil vírgenes? ¿O es que el problema está más vinculado a esa otra historieta con sus cien mil moscas? Verdaderamente, si cien mil moscas pican en tu texto (-¡las referencias, estúpido!, ¡Las referencias!-), bien puedes adivinar de qué sustancia está hecho.<br />
En el futuro puede que todas estas prácticas adquieran un nuevo nombre propio, mientras, por mi parte, sigo usando el concepto de “Fascismo” (¿O no lo es “Guantánamo” por más que sus artífices se proclamen discípulos de Jefferson? También Torquemada se llamaba cristiano y, creo que, ni Benedicto, XVI se dejaría fotografiar junto a él)<br />
¿Y la Universidad? Como hemos dicho, ya no importa. Seguirán quedando tres o cuatro profesores  a los que todavía les guste la docencia. No importa, ya se irán jubilando, o pedirán la baja por depresión o se suicidarán de una manera u otra. La universidad alemana ya lo consiguió en 1940 con W. Benjamin. La española –y sus agencias- ya habrán aprendido la técnica.  Pero ¿Y los estudiantes? ¡Ah!, de esos ya no quiero ni hablar. Quizá a la puerta de los Campus convendría –como en Auschwitz - incorporar una inscripción esclarecedora. Menos técnica para que se entienda menos, con otras referencias para despistar mejor. Yo sugiero una bella expresión dantesca, al menos, así, nos recordará lo que un día fue el mundo universitario:<br />
“¡Ay los que entréis en mí!  ¡Perded toda esperanza!”</p>
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		<title>Sin miedo!</title>
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		<pubDate>Sun, 15 May 2011 10:52:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Olivan</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[actualidad]]></category>

		<category><![CDATA[Sin miedo]]></category>

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		<description><![CDATA[“Sin trabajo,
Sin empleo,
Sin futuro,
¡SIN MIEDO!
Me parece magistral el lema con el que arranca esta nueva postura de la juventud. Por llamarla de alguna manera. “Juve”, quizá tenga  su etimología en “Jove”, enunciación del dios supremo, Júpiter. El amado por los dioses, vendría a decirnos el término. Viéndoles marchitar sus esperanzas parece un contrasentido, arrancados de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-542" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2011/05/sin_curro.jpg" alt="sin_curro" width="250" height="250" /><strong>“Sin trabajo,<br />
Sin empleo,<br />
Sin futuro,<br />
¡SIN MIEDO!</strong></p>
<p>Me parece magistral el lema con el que arranca esta nueva postura de la juventud. Por llamarla de alguna manera. “Juve”, quizá tenga  su etimología en “Jove”, enunciación del dios supremo, Júpiter. El amado por los dioses, vendría a decirnos el término. Viéndoles marchitar sus esperanzas parece un contrasentido, arrancados de una continuidad que les niega todas las metas, expulsados del paraíso sobre la tierra. Y quizá sea así, solo ellos tienen esa gracia divina de saber y poder transformar el mundo. Quizá, hoy de nuevo, son ellos los convocados a este cambio. O sea, LA REVOLUCIÓN.<br />
Creíamos que la palabra estaba en desuso. Palabra casi decimonónica, olvidada en medio de tanto oscurantismo economicista. La naturaleza de las cosas, la libertad natural, la mano invisible. La política dejaba de tener sentido arrebatada por los usos y exigencias de la técnica. Nos han dicho: La empresa en vez del Estado. Y sobre eso han construido su discurso: la competencia sobre toda solidaridad, la jerarquía sobre la auténtica libertad. Estos han sido los lemas con los que se ha clavado la conciencia en el tablero de la Modernidad. Así durante más de veinte años.</p>
<p><span id="more-541"></span><br />
Alguien dice: generación perdida. ¡Qué error!, de perdida nada. La auténtica generación perdida es esa generación de “meapilas” autoflagelantes, de “opusdeistas”, “legionarios de Cristo” y “kikos” que han llenado los comederos de la política. Su misa dominical en Santamaría-de-No-Sé-Qué, su novia de-toda-la-vida-que-llegará-virgen-al-matrimonio y su “TDI” a la salida de esa universidad para niños-bien a la espera del “deportivo” para cuando llegue el puesto que les prepara papá. Jóvenes viejos hasta la muerte. Ese Cristo al que invocan los expulsaría a latigazos del Templo por su peste a sepulcros blanqueados. Fariseos del cuento bíblico.<br />
Un fascismo de nuevo cuño parecía ahogar toda  palabra. Fascismo de “cuello blanco” como esas clases medias a las que tanto despreciaba Ford. Pero, sin embargo, a pesar de todo, primero como un mero rumor, luego con el estruendo de mil corazones palpitando, ha ido germinando el grano de mostaza, la semilla silvestre de una auténtica juventud. Túnez, Egipto, espero que pronto Yemen, Siria, Argelia… Y, sin embargo, es aquí en Europa donde el Tsunami resulta más necesario. ¡SIN MIEDO!</p>
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		<title>Rompiendo metáforas.</title>
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		<pubDate>Thu, 12 May 2011 21:16:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>F.O</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[actualidad]]></category>

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		<description><![CDATA[

Es necesario romper con las metáforas engañosas que, enjaulándonos en una interpretación visual de los hechos, nos impiden comprender y conocer la verdadera naturaleza de las cosas.
Un país no es una “casa” y mucho menos una “familia”, tampoco es un “club” que disponga de derecho de admisión. Todas estas imágenes no son más que metáforas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;">
<p><em><strong><img class="alignleft size-full wp-image-197" title="derecho_al_futuro" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2009/04/derecho_al_futuro.jpg" alt="derecho_al_futuro" width="250" height="250" /></strong></em></p>
<p><em><strong>Es necesario romper con las metáforas engañosas que, enjaulándonos en una interpretación visual de los hechos, nos impiden comprender y conocer la verdadera naturaleza de las cosas.</strong></em></p>
<p>Un país no es una “casa” y mucho menos una “familia”, tampoco es un “club” que disponga de derecho de admisión. Todas estas imágenes no son más que metáforas que, contrastadas con los nuevos fenómenos que nos toca vivir, se han vuelto ineficaces, contradictorias y sumamente peligrosas.</p>
<p>Esta ha sido la suerte de símiles y figuras como los mencionados de “casa”, “familia”, “club”, epíforas del concepto nación y estado, pero también de otras en las que sumergimos nuestra imaginación conceptual tales como “hermandad”, “filiación” o esa reiterada imagen botánica del árbol y sus raíces sobre la que interpretamos las más rancias ideas de nuestro universo político. Un culto agrario y patrimonial parece dominar nuestra capacidad imaginativa en lo que se refiere a ese concepto de nación y del que nos resulta tan difícil salir para comprender la política y la convivencia ciudadana.</p>
<p>De entrada un hecho. La sociedad política, en cuanto agrupamiento de personas sometidas a la condición de vida, desaparecería en menos de setenta años de existencia. A parte de los abandonos voluntarios, un período así de largo lleva a la extinción biológica por fallecimiento de sus miembros, de ahí que todo grupo humano con voluntad de continuidad deba articular mecánicas de inclusión e incorporación de nuevos miembros. Los dos únicos procedimientos para este proceso han sido a lo largo de la historia, la filiación y la inmigración, sea esta voluntaria o forzosa. Sistemas básicos por los que las sociedades nacionales se perpetúan en largos períodos históricos. De ahí la imperiosa necesidad para estos grupos  de desarrollar políticas natalicias e inmigratorias, y algunas veces una confusa mezcla de ambas para cuya ejemplificación no hace falta acudir a la antropología más lejana.</p>
<p>Las políticas natalicias e inmigratorias tienen sus puntos en común y sus diferencias. Infanticidio y aborto junto a los incentivos a la natalidad reflejan la densidad, y la tragedia, de esa política sobre la procreación que ya usaron Roma y muchos otros pueblos desde la antigüedad hasta nuestros días; como la esclavitud y el drama de las migraciones modernas son testigos de la violencia de los procesos migratorios a lo largo de los siglos. Sin embargo, ni en un caso ni en el otro, el grupo permanece como el mismo. Ni en lo biológico, ni en lo cultural, y mucho menos en el tiempo, la sociedad que se extingue por imperativo de la vida es la misma que la que perdura a través de los nuevos miembros. Sólo la reconstrucción ideológica de una unidad por encima de la existencia de cada uno mantiene la conciencia de esa continuidad. Los tratadistas tardomedievales lo expresaron ya con una metáfora biológica: “natio non moritur”, reconstruyendo, a imitación del cuerpo místico de la Iglesia, el sagrado cuerpo de la nación. La metáfora corporal resolvía también otras necesidades, una segmentación entre “cabeza”, “tronco” y “extremidades” se introducía sutilmente y con ello la plena justificación de un dominio desde las elites políticas.</p>
<p>Pero para ello era necesario recrear el simbolismo de esa unión corporal. Si bien es cierto que económicamente la inmigración resulta más ventajosa –llegan ya en edad laboral y procreativa- los nacidos (o adoptados, en este caso el resultado es el mismo, lo cual refleja que el tema es ideológico y no genético) resultan mucho más dúctiles para la recreación simbólica: carecen de toda memoria sobre recuerdos nacionales anteriores y con ello de lealtades no dependientes de la nueva nación. Sin embargo esto no es más que una ventaja cuantitativa, no una diferencia estructural. El concepto “nación” ha sabido construirse tanto sobre un sistema como sobre el otro, Estados Unidos representa el éxito de una “nación de inmigrantes” que, sobre un reclutamiento exterior, ha sabido diseñar uno de los nacionalismos más potentes y vigorosos de la historia moderna.</p>
<p>Las metáforas aparecen a partir de aquí. Como apuntara Ernest Renan “la nación se basa en el olvido” o, mejor aún, sobre esos recuerdos inventados de una tradición que, siempre, se reclama como “in illo tempore”.</p>
<p>Y así se construye el mito. Un mito que nos habla de un momento primigenio, una “asamblea” casi onírica, declaración, más allá del tiempo, de la voluntad de construir el estado: “La nación, deseando establecer la justicia y la libertad, y en uso de su soberanía, proclama la siguiente Constitución&#8230;”. la misma construcción de la frase nos predestina a ese conjunto de metáforas sobre las que se instaura el discurso, la cárcel del lenguaje se cierra impidiéndonos toda posibilidad de comprensión. Pero la realidad es que nada de esto ha sucedido. Nunca hubo ese momento en la Historia donde la nación, más allá de toda construcción jurídica, pronunciase semejante sueño de deseo. De entrada porque la subjetividad de esa nación sólo existe a posteriori, justo cuando se produce el reconocimiento estatal de esa realidad de convivencia. Segundo, porque esa convivencia es plural, confederativa, articulada en una cadena de eslabones sobre la que es imposible reconstruir una unidad absoluta. No hay una fraternidad nacional, a lo sumo una vinculación más o menos fuerte que me une a distintas personas a lo largo de una geografía y un tiempo.</p>
<p>Pero ¿Qué me une con alguien a quien no conozco, que vive a cientos de kilómetros de mi casa, con intereses profesionales, culturales, sociales y afectivos absolutamente distintos de los míos? La cadena que le vincula a mi afecto y a compartir intereses conmigo puede ser tan larga o más como la que me une a cualquier otro al que, sin embargo, denomino extranjero. Pese a la ficción de la hermandad (“La Fraternité”), y la común filiación (“Les enfants de la patríe”) la realidad es que los lazos realmente identificables a duras penas soportan un espacio mayor que la vieja “polys” sobre la que se construyó el genio político griego.</p>
<p>Y es que el Estado no es una familia, y mucho menos es una casa. Esta segunda metáfora nos remite necesariamente al dominio inmobiliario, a esa propiedad “foncier” cuya cancela constituye el espacio sagrado de un domicilio inviolable. Aquí el símil propone también una reducción semántica de profundísimas consecuencias. Dos son las causas posibles para esta propiedad primigenia: la vinculación natural con ese suelo, es decir, esas raíces  que hacen a sus habitantes nacer, como los árboles, de las semillas plantadas en su suelo –Pericles saluda a los atenienses con el apelativo radical de “autóctonos”, es decir, nacidos de la misma tierra- Y el otro sistema es el de la ocupación primitiva, un “res nullius” imposible y falso que ensueña el mito de una tierra virgen que no conoció anterior pisada del hombre. Pero es que, nuevamente, el dominio político nada tiene que ver con la propiedad privada. Los miembros de la nación no son los propietarios de ese suelo, la soberanía no es sinónimo de dominio y propiedad.</p>
<p>Y, sin embargo, es sobre estas metáforas sobre las que construimos nuestra imagen de la vida social en nuestras relaciones con los extranjeros. “Son unos invitados”, como si de nuestra casa se tratase. “Entran los que nosotros queremos”, sin especificar quién es ese “nosotros” ni cual es el título de semejante voluntad. “Si no saben vivir como nosotros que se vayan”, con nueva reiteración de una subjetividad abstracta a la que se acomoda una forma específica de saber vivir cuyo imperativo no comprendo.</p>
<p>¿Sabremos escapar de tanta metáfora? Dinamarca hoy no lo ha hecho. Es más, ha sucumbido a sus peores fantasmas. Como también lo hace Finlandia y amenaza con hacerlo Alemania, Francia y, ¡Ay!, España.  Europa se muere.</p>
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		<title>Por una conceptualización de los derechos humanos en el Mediterráneo (I parte)</title>
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		<pubDate>Wed, 11 May 2011 21:14:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>F.O</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[actualidad]]></category>

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		<description><![CDATA[Recientemente pidieron mi participación en unas conferencias bajo el título de “Los Derechos Humanos en el Mediterráneo”. El presente artículo surge de la reflexión alrededor de esa propuesta conceptual, propuesta que, si en un primer momento atendí lleno de reparos, al final desplegó ante mí un inmenso contenido semántico.
Mis reparos partían de una doble premisa. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-488" title="mediterraneo" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2011/01/mediterraneo.jpg" alt="mediterraneo" width="250" height="250" />Recientemente pidieron mi participación en unas conferencias bajo el título de “Los Derechos Humanos en el Mediterráneo”. El presente artículo surge de la reflexión alrededor de esa propuesta conceptual, propuesta que, si en un primer momento atendí lleno de reparos, al final desplegó ante mí un inmenso contenido semántico.</p>
<p>Mis reparos partían de una doble premisa. Por un lado la construcción etiológica, el origen conceptual, de lo que llamamos Derechos Humanos. De otra parte la confrontación histórica que subyace bajo la idea de Mediterráneo. Me explico, ambos conceptos, Derechos Humanos y Mediterráneo se encuentran secuestrados por un debate que amenaza llevarlos a un reduccionismo estéril.<span id="more-536"></span>De entrada los Derechos Humanos. Al incorporar una adjetivación territorial al concepto de Derechos Humanos inmediatamente se introduce el debate entre la universalidad y la configuración cultural de los mismos, entre los que proclaman su carácter de principios universales e irrenunciables y los que les incorporan una raíz cultural y hablan de su dimensión occidental y latino-cristiana, confrontándolos así a una posible configuración desde la óptica de terceras culturas.</p>
<p>El concepto Mediterráneo sufre un debate igualmente estéril. ¿Una unidad geográfica?, ¿Una  frontera entre dos mundos?, ¿Un choque de culturas?, ¿Un diálogo de civilizaciones?</p>
<p>Volviendo al encuentro mencionado, la realidad es que, pese a la riqueza de las propuestas, al final la discusión terminó cerrándose en el círculo vicioso de ese debate estéril. Ahora bien, como he apuntado también pudimos apreciar el inmenso caudal de conceptos que anidan en un discurso bajo ese rótulo, por eso, ante la propuesta de escribir en este número de la revista, he querido recuperar la compleja reflexión que pudimos hacer en aquellas Jornadas.</p>
<p>Para reclamar un sentido a la propuesta conceptual de “Los Derechos Humanos en el Mediterráneo”, debemos partir de una previa ruptura de los modelos interpretativos clásicos, contaminados por años, mejor aún, por siglos, de prejuicios.</p>
<p>Partamos del marco geográfico. El Mediterráneo, ¿Unidad o frontera?. Quizá podamos atribuir a la densa obra del gran historiador francés Henri Pirenne la construcción de la idea del Mediterráneo como frontera. Sus trabajos sobre la Alta Edad Media concluyen en la quiebra que introdujo la irrupción del Islam sobre unas aguas que, durante siglos, habían sido la mayor “autopista” del mundo conocido. Sin embargo el análisis de Pirenne tiene también una dilatada historia que nos recuerda la profunda carga ideológica que gravita sobre este modelo interpretativo.</p>
<p>Pese a cierta visión del Mediterráneo como espacio común, presentada siempre como época dorada, y pasada, frente a la realidad de un “presente” lleno de conflictos y guerras, la realidad es que el discurso histórico, el relato de los acontecimientos a lo largo de los 2.500 años de historia mediterránea, se ha basado en la visión de la confrontación continua de dos mundos presentados siempre como antagónicos, y dicho esto en su sentido etimológico más inmediato: dos “agonías”, dos formas de sentir y vivir contrapuestas. Es ahí donde podemos ubicar la aparición, con sentido geográfico, de los nombres de Europa y Asia, referidos originariamente a divinidades no necesariamente ubicadas en topología alguna.</p>
<p>Tendremos que esperar a las Guerras Médicas para que la geografía adquiera una nueva dimensión y se vuelva profundamente ideológica. El carácter propagandístico de esta deriva conceptual queda claro al constatar que la oposición entre ambos mundos se producirá, incluso, de forma posterior a la guerra. De forma que la oposición conceptual entre “griegos” y “persas” surgirá más de las confrontaciones partidistas intrahelenas que de una verdadera confrontación con el imperio aqueménida. Se puede apreciar esto sobre todo por el continuo reclamo a la mediación del rey Persa (el Gran Rey) en las continuas disputas entre griegos. La denominada “Paz del Rey”, que puso bajo la garantía del poder imperial una de tantos frágiles armisticios  entre las ciudades griegas, o la financiación de los partidos griegos, reflejan una “continuidad” de la presencia persa en la vida griega que nada tiene que ver con la expresión de dos mundos antagonicos. La confrontación, que encuentra su configuración ideológica en obras como “Los Persas” o, de forma más sutil, en “Las Suplicantes”, alcanza su plenitud en medio de las Guerras del Peloponeso. Un conflicto, no podemos olvidarlo, más civil que internacional y más social que meramente territorial.</p>
<p>La lectura humanista de “Los Persas”, la gran tragedia de Esquilo, y su reclamo, en boca de la Reina, de la identidad última entre griegos y persas, refleja, a la contra, hasta dónde había llegado ya la confrontación ideológica. La larguísima tradición cultural de persas y egipcios (en este caso la contrafigura a los griegos en “Las Suplicantes”), proclamada continuamente por la inteligentzia griega, no impide proclamar su barbarie en oposición a la idea de una Hélade dónde, a partir de ahora, se consagran los valores de la razón, la libertad y la ciudadanía. Una oposición absolutamente extraña para filósofos como Pitágoras, Tales o Anaximandro, adquiere, de pronto, una densidad reconocible por el pueblo en la expresión festiva del teatro. Incluso, a partir de ese momento, la Iliada tendrá una lectura propia, ubicada la ciudad de Troya en el espacio reservado, desde ese momento, para bárbaros y extranjeros.</p>
<p>A partir de ahí este modelo conflictual se mantiene bajo su estructura binómica. Es esto, justamente, lo que delata el carácter ideológico del modelo y su absoluta artificialidad. Siempre serán dos mundos irreconciliables y no más, solo dos. La aventura global de Alejandro, pese incluso al lenguaje connubial entre ambas culturas (de ahí su matrimonio con Roxana), subraya el lenguaje de los dos mundos separados, remarcado también por la propia simbología del matrimonio, oposición de la masculinidad y la feminidad, de un sentir pero también de donde ha de radicar la fuerza y el poder.</p>
<p>El discurso adquirirá luego diversas formas y tensiones, desde la proclamación de la “cruzada” violenta, hasta las propuestas conciliadoras y amistosas, pero todas terminan resumiéndose en esos dos mundos distintos y de naturaleza antitética, abocados por eso mismo al conflicto y a la guerra.</p>
<p>De nuevo el carácter ideológico de la frontera se acredita por la facilidad con la que se traslada de un espacio a otro: vertical, horizontal, es lo mismo, siempre que regule la estructura binomial del espacio mediterráneo: Tras Grecia-Persia, aparecerá la dialéctica entre Roma y Cartago, donde la propaganda asimilará la colonia de Tiro a las “costumbres crueles y lujuriosas de Oriente”. En “Salambó” de Flaubert se puede apreciar todavía la potencia de ese orientalismo que, desde la visión del siglo XIX, configurará el modelo de “comprender” lo que sucede en la “otra orilla”.</p>
<p>Como decimos, la barrera se desplaza continuamente en su topología: Oriente y Occidente, Norte Sur. Pasará por los Dardanelos o por Mesina, en definitiva es lo mismo, no responde a una antropología científica, ni a una realidad construida sobre el espacio, sino a un modelo ideológico que, como en el caso de los griegos, responde más a conflictos internos que a la realidad de una confrontación. En la propaganda de Octavio frente a Marco Antonio, tras la crisis del Segundo Triunvirato, se presente a un Marco Antonio vendido a las pasiones de un oriente egipciaco y femenino. Una Cleopatra griega hasta la médula, nos es presentada como una voluptuosa mujer oriental. También adquiere esta lectura la oposición de un oriente griego y un occidente latino que impone la división del Imperio con Teodosio desde la división puramente administrativa de Diocleciano. El Cisma de Oriente con Foccio, la irrupción árabe, la constitución del Imperio Otomano o la presencia de la piratería berberisca en las costas de Argel, llevarán a definir la otra orilla siempre como extraña y enemiga, y, sobre todo, con valores radicalmente diferentes a los construidos en ese espacio fluctuante al que se reservas el calificativo de europeo. Sin percatarnos que ese Argel era, en ese siglo XVI, un auténtico emporio multicultural, con gobernadores procedentes de todo el arco mediterráneo.</p>
<p>Frente  a esta dialéctica bicultural, la realidad que presenta el Mediterráneo a lo largo de su historia y en su presente, es más bien la de un mosaico de realidades, repletas de contrastes y semejanzas. Una aproximación madura a la realidad actual nos presenta, más que dos orillas, un mínimo de seis, como nos propone Paul Balta. Por cultura, estructura política, historia antigua y reciente, sistemas lingüísticos, etc., la realidad proyectada abunda en esa complejidad que hace del espacio mediterráneo un verdadero mosaico, como decimos, y no un friso de dos bandas confrontadas.</p>
<p>Complejidad, además, por partida doble. De entrada en una geografía poliédrica aún más que poligonal, donde las mismas orillas, están, a su vez, repletas de diversidad. Una diversidad no sólo respecto a sus espacios contiguos, sino en la densidad de cada punto. Apreciados de cerca, cada uno de esos estados mencionados supone ya de por sí, una complejo sistema donde los cruces de pertenencias y referentes simbólicos acumulan una pluralidad difícilmente reducible a la idea de un estado, menos aún, como se puede suponer, a la de una “orilla” construida como discurso de un gran espacio civilizatorio.</p>
<p>Pero también en la continua variedad que encierra la misma confrontación bipolar: Este-Oeste, Norte-Sur, Oriente-Occidente derivada de siglos de propaganda: Griegos contra Persas, Helenos contra Latinos, Romanos contra Cartagineses, Roma contra Constantinopla, Catolicidad contra Ortodoxia, Cristianos contra Musulmanes, Europeos contra Turcos. Lo importante es apreciar como ese modelo se perpetúa sin dificultades hasta el ayer mismo de la Guerra Fría, donde el “Telón de Acero” volvió a reproducir la siniestra simetría de los unos contra los otros –no resulta casual que los “otros” constituyeran la “Europa Oriental”. O hasta el hoy mismo en el “Choque de Culturas” sobre el que se quiso construir toda la estrategia para el nuevo siglo. No será casual que, confrontados ala nueva política del Presidente Obama, algunos círculos de la extrema derecha tanto americana con de otros países, remarcan su color de piel y, sobre todo, uno de sus nombres, “Ibrahim”, aludiendo a una “orientalidad” innata a su persona.</p>
<p>Ahora bien, a la complejidad del concepto Mediterráneo se añade la propia indeterminación del concepto de Derechos Humanos. En una rápida visión sobre la etiología y su proceso de maduración, también podemos apreciar la densidad de su historia y, obre todo, de su contenido semántico. Es normal, hoy día, quizá ya con una inevitable carga ideológica, distinguir dos etapas en la vida de este concepto. Primero como instancia legitimadora de los procesos revolucionarios. Es la etapa que corre desde la Revolución Francesa hasta los movimientos descolonizadores de los años centrales del siglo XX. Una primera etapa de profunda dinámica política –y ciudadana-, donde estos Derechos Humanos nos aparecen más atentos al marco social de su desarrollo que al radicalmente individualista. El reclamo de los Derechos Humanos es, durante todo este período, expresión de posiciones políticas progresistas y revolucionarias.</p>
<p>Sin embargo una segunda etapa, en la que todavía nos encontramos, ha ido remarcando un contenido más cercano a la idea de “calidad de vida” y desarrollo de la persona, con un fuerte contenido individualista al margen de los sistemas  políticos donde desarrolla esa vida el sujeto en cuestión, marcando, con ello, un desinterés respecto al mundo y a la propia humanidad como unidad conceptual. Proceso, por otra parte, paralelo a la misma densidad de la vida social y política a lo largo del siglo XX, donde se puede apreciar, en su último tercio, una cierta abdicación de los movimientos sociales de corte político y su sustitución por otros movimientos más sociales pero menos interesados en las dinámicas de poder. Es decir, el proceso de sustitución, en la vida social moderna, de los partidos políticos por los movimientos asociativos denominados ONGs, volcados no en el “gran relato” de la transformación social, sino en el minimalismo de la acción inmediata sobre la persona tomada aisladamente, es decir, no como sujeto de la historia, sino como objeto de la misma.</p>
<p>De esta manera hemos visto como el discurso de los Derechos humanos se ha ido deslizando poco a poco de lo que históricamente se denominaban posiciones de izquierda a una amalgama de posiciones donde propuestas inequívocamente ultraconservadoras (los “neocons”, por ejemplo) pueden llegar a capitanearlos. El proceso ha sido parecido al sufrido por otros términos como “democracia”, “libertad”, “igualdad”, etc., cuyo uso actual ha dejado de definir las propuestas políticas de su enunciante, hasta tal punto que hoy día, los partidos políticos de la extrema derecha, a los que pudiéramos intuir como alérgicos a las ideas de libertad e igualdad social, no dudan en denominarse “liberales”, “democráticos” y humanitarios.</p>
<p>Este deslizamiento ha sido, por otra parte, sumamente complejo y repleto de “rizos” y “recodos”, lo que han permitido confundir su sentido y significado. Las mismas ideas de “calidad de vida”, “bienestar”, “desarrollo de la personalidad”, etc., han ido cambiando su carga política y reforzando posiciones conservadoras y progresistas indistintamente a lo largo de los últimos años. Pongamos un ejemplo. En el proceso de construcción del denominado “Estado del Bienestar” confluyen tanto el socialismo del Labor Party, como la urgencia de legitimar un capitalismo necesariamente nacionalizado en la urgencia, primero, de alcanzar una escala internacional y luego, tras la Segunda Guerra Mundial, para promover la necesaria reconstrucción tras la crisis de la post-guerra. No será extraño que las propuestas que configurarán las bases doctrinales de ese Estado del Bienestar surjan antes del partido liberal que del mismo laborismo. Hoy, en medio de la actual crisis económica, la “derecha política” ha sido menos reacia a la nacionalización de la gran banca que los partidos tradicionales de la izquierda y vemos, con extrañeza, como es esa misma derecha, la que recibe el encargo de las urnas, para gestionar la transformación hacia un capitalismo post-financiero.</p>
<p>Estamos, por lo tanto, ante conceptos fuertemente cambiantes, cuyo contenido semántico, es decir, su auténtico significado, está repleto de referencias cruzadas y que nos remiten a sistemas políticos y propuestas jurídicas complejas y extrañas. Si esto es así en su significado más inmediato, la suma de significaciones que acumulan a lo largo de la historia es aún más astronómica. Bastará pensar en los cruces de ideas que se pudieron acumular a lo largo de los siglos XVIII y principios del XIX donde nace la misma doctrina de los Derechos Humanos, sus vínculos religiosos, no extraños a los conceptos de tolerancia promovidos desde las confesiones protestantes, las propuestas humanistas derivadas del pensamiento erasmista, los prejuicios sobre la propia naturaleza del hombre sazonada por las ideas de decadencia o progreso.</p>
<p>Doctrinas pactistas, donde un hombre de la naturaleza –profundamente derivado de la imagen del “salvaje” que aparece en las primeras crónicas procedentes de América- se ve confrontado a la idea de sociedad. Naturaleza que llevará también a profundas derivas desde la sacralización de la cultura clásica, esa “Libertad de los Antiguos”, hasta el reencuentro –ya romántico- con la idea de la germanidad sobre la que se construye un nuevo ideal de libertad al margen de las exigencias sociales. Benjamín Cosntant opondrá así a la libertad de los antiguos, esa otra libertad, la de los Modernos, individualista y huidiza de los compromisos agobiantes de la ciudad sobre la que se construye hoy el pensamiento liberal.</p>
<p>Llegados a este punto, cabría preguntarse: ¿Estamos ante una imposibilidad de definir una doctrina autónoma de los Derechos Humanos? Y, acercándonos más a nuestra propuesta inicial, ¿Es posible construir un discurso sobre los derechos humanos en el Mediterráneo? Mi conclusión es que, pese a la gigantesca carga ideológica que tiene estos conceptos, pese a la selva de referencias que acumulan desde su construcción teórica, la respuesta puede y debe ser positiva: es posible establecer la sistemática de los derechos humanos bajo la rúbrica del Mediterráneo. Ahora bien, para hacerlo necesitamos construir previamente una serie de premisas y, sobre todo, definir el marco específico de lo que son hoy, ya en una tercera fase si asumimos la división histórica que hemos apuntado, los Derechos Humanos.</p>
<p>El recorrido que hemos hecho sobre la complejidad conceptual tanto del Mediterráneo como espacio como del concepto de Derechos Humanos como sistema de Racionalidad jurídica, nos lleva a la necesidad de proponer un modelo distinto a la hora reinterpretar la propuesta ideológica de su territorialización, máxime en un análisis que se predica sobre una circunscripción historico-geográfica como la cuenca de este Mare Nostrum.</p>
<p>De entrada una razón previa. Partimos de la idea, que ya hemos avanzado, de la utilidad conceptual de la unión de ambos términos. Pese a la pluralidad espacial que entraña la idea de Mediterráneo, la realidad es que aporta una racionalidad con una eficacia apreciable tanto en el análisis histórico, sociológico, cultural y, hoy día, en su consideración política. Respecto a la idea d Derechos Humanos, la urgencia de su contenido resulta incuestionable. No solo ha sido el instrumento más poderoso para la transformación de la conciencia social en los últimos cincuenta años, sino que todavía desarrolla una eficacia fundamental para la articulación de la conciencia internacional en el umbral de este nuevo siglo. Otra cosa es la profunda crisis en que se desenvuelve hoy día la conciencia simbólica de esos mismos derechos humanos y que les hace incorporar una función táctico manipulativa de una específica orientación política.</p>
<p>Ahora bien, ambos conceptos reclaman una nueva ubicación en el aparato conceptual de esta Modernidad tardía en la que nos adentramos. Una transformación capaz de dotarlos de una nueva razón compatible con las transformaciones que avanza esta época. Un proceso en el que estamos implicados por la propia dinámica de los acontecimientos, pero que también es nuestra obligación asistir –como en los partos- para su más feliz alumbramiento. Es decir, una realidad con su propia dinámica histórica, pero que reclama una posición militante para su plenitud jurídica.</p>
<p>Apunto algunas reflexiones en este sentido. Primero, la idea de Mediterráneo reclama ya un proceso transformador desde su mera posición historia y socio-cultural intensa y compleja hacia una definitiva dimensión jurídica. Hablar de Mediterráneo, como ya lo es hablar de Europa, debe dejar d ser una idea en el universo de las ciencias sociales y  geográficas para pasar definitivamente a serlo de las ciencias jurídicas. El Mediterráneo no será una unidad geográfica, ni cultural ni social, si no lo transformamos en una unidad político-jurídica. Unidad que no es ni debe ser incompatible con otras unidades jurídicas solapadas, expresión de la ubicuidad de los distintos órdenes normativos que se cruzan en su espacio.</p>
<p>Europa, Mundo árabe, Magreb, Latinidad, etc. son unidades con su propia dimensión jurídica pero esto no debe perjudicar el nacimiento de una realidad mediterránea reconocible como instancia jurídica. Con esto se consolidad un proceso que ya afecta a todo el Planeta y que nos presenta el mundo como un sistema estructurado, donde si por un lado cada vez es más pequeño –en la potencia de los nuevos procesos tecnológicos que han reducido a cero las distancias, y la realidad migratoria que impone al diversidad en cada punto- por otro es cada vez más complejo y denso. El viejo modelo de los siglos XIX y XX, donde los espacios de las naciones se yuxtaponían por la radicalidad vertical de las fronteras, da paso a la idea de lugares compartidos donde el espacio pasa de la sola dimensión del plano a la posición poliédrica de los organismos en red.</p>
<p>Ahora bien, esta complejidad reclama cada vez con mayor urgencia una composición jurídica. Espacios compartidos, pero no en el caos de unas supuestas relaciones construidas desde la naturaleza, o lo que es lo mismo, desde el mercado. Todo lo contrario, con el orden de una sociabilidad fruto de la voluntad política de la multitud de sus ciudadanos. El Mediterráneo debe alcanzar definitivamente esta complexión, solo desde ahí cabrá construir una idea compartida de Derechos Humanos.</p>
<p>Segundo. En la propia transformación del concepto de derechos humanos. El concepto de derechos humanos debe alcanzar también su plena dimensión jurídica, pasando del clásico discurso ético-político a la eficacia del derecho.</p>
<p>Este proceso hace años que se ha iniciado. La consolidación institucional de sistemas como la Corte Penal Internacional, el activismo de la denominada Justicia Universal, la competencia jurisdiccional de los tribunales de prácticamente todo el mundo en la persecución de los denominados crímenes contra la Humanidad, todo ello ha ido configurando un orden jurídico de naturaleza supra estatal capaz de resolver, en vía judicial, competencias del histórico concepto de derechos humanos. A ello no ha sido ajeno el propio activismo ciudadano que ha intuido este sistema como un verdadero foro con competencia vindicativa para estos derechos de corte superior. Esta tendencia ha sido reforzada con la aparición de instancias de acompañamiento de este tipo de derechos: Organizaciones internacionales, Defensorías del Pueblo, Consejos consultivos, Comisiones de la Verdad, etc. Con un trabajo que ha servido para instalar este concepto en la moderna conciencia jurídica de todos los pueblos. Con todo ello se ha ideo creando una red de intensidad creciente que se consolida como el principal garante del proyecto humanista de un derecho basado en la idea de la persona.</p>
<p>Por todo esto es hora ya de superar la vieja dicotomía, enquistada en discursos repletos de prejuicios e ideas preconcebidas. El discurso de los Derechos Humanos y su previa identificación ética debe trascender la dimensión ideológica. La discusión sobre su valoración, orígenes y dinámica debe dar paso a su confrontación real en los intereses  contrapuestos que se sustancian en el proceso. Dar cabida a este modelo procesal con la contraposición de las posiciones, intereses, ideas, propuestas e interpretaciones. Este será, en definitiva, el marco de los derechos humanos en el mundo en el que nos adentramos.</p>
<p>Durante el siglo XIX y la primera mitad del XX el concepto de Derechos Humanos se articuló en la oposición directa entre su reconocimiento y defensa o su negación, de ahí la profunda carga ideológica y política y su potencia liberadora. La lucha por los derechos humanos se identificaba directamente con las ideas de libertad, igualdad y autonomía de los pueblos. La segunda mitad del XX nos incorporó a una nueva complejidad repleta de pliegues sobre la función anterior. Conceptos  como libertad e igualdad entraron en una extraña colisión,  que hubiera sido incomprensible para los ideólogos que acuñaron el triple lema revolucionario. Las aporías contradictorias se multiplicaron con los procesos independentistas tras la Segunda Guerra Mundial. Los modelos desarrollados entorno al moderno concepto de terrorismo terminaron por arrinconar el viejo sabor revolucionario que desprendía el modelo. Los  conceptos de cultura y civilización se presentaron como oposición a la idea individualizada de la persona humana como “mónada” independiente y sede inalienable de la idea de Derechos Humanos.</p>
<p>Sin embargo esta oposición no deja de ser artificial. No podemos olvidar que lo que llamamos cultura no es más que la escuela de supervivencia sobre la que se ha construido la misma vida de las personas. La cultura es ese saber acumulado por los grupos humanos que nos ha permitido sobrevivir frente a la dura realidad de una Physis comprendida como selva y desierto. Un mundo de la naturaleza previo a la misma consideración del ser humano como persona.</p>
<p>La confrontación sincera –y procesal- de los legítimos intereses que entraña el moderno concepto de Derechos Humanos será la mejor garantía de una respuesta adecuada.</p>
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		<title>Materiales para una teoría de los derechos fundamentales en materia de extranjería (parte II).</title>
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		<pubDate>Mon, 02 May 2011 12:46:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Olivan</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[actualidad]]></category>

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		<description><![CDATA[La profunda transformación de los estados nacionales, la crisis poblacional y la nueva configuración de las relaciones internacionales, están sometiendo a una profunda redefinición  a todo el Derecho de extranjería y ello con incidencia respecto a las dos manifestaciones de este derecho, el Derecho de Asilo y la Extranjería en su sentido estricto.
El problema respecto [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-533" src="http://www.elcandelero.es/medidastransversales/wp-content/uploads/2011/05/inmigracion.jpg" alt="inmigracion" width="250" height="250" />La profunda transformación de los estados nacionales, la crisis poblacional y la nueva configuración de las relaciones internacionales, están sometiendo a una profunda redefinición  a todo el Derecho de extranjería y ello con incidencia respecto a las dos manifestaciones de este derecho, el Derecho de Asilo y la Extranjería en su sentido estricto.</p>
<p>El problema respecto a las Leyes de Asilo radica en la profunda alteración que han sufrido las reglas del juego en las relaciones internacionales, cambio propiciado fundamentalmente por la irrupción del individuo en la esfera de la política internacional. La soberanía hoy no se cuestiona desde el estado vecino sino desde los individuos, las Organizaciones No Gubernamentales, los propios ciudadanos que asumen compromisos extraños a las políticas definidas desde los gobiernos; todo ello ha cambiado radicalmente la escena y, donde antes la discusión y el posible conflicto solo se configuraba entre los Estados, hoy los elementos se han multiplicado, perdiendo los gobiernos el monopolio que disfrutaban en la definición de esa voluntad base del principio de la Soberanía. En breve, hoy ponen más en entredicho la soberanía de las naciones las acciones de organizaciones como Greenpeace o Médécins sans Frontiers que los imperativos de las grandes potencias.<span id="more-531"></span></p>
<p>Esta complejidad ha afectado gravemente a los procesos de racionalización legal del derecho de asilo, de ahí que el marco de la polémica, el núcleo político de las modernas leyes de Asilo, no radique en el ejercicio de esta facultad por el Estado. En el nuevo marco internacional el peligro para el ejercicio de la Soberanía no proviene del estado de enfrente, de la potencia vecina, tal y como se articulaba en el marco clásico de las relaciones internacionales, sino de estos nuevos sujetos que por su número se han vuelto ya incontrolables. Por eso el núcleo de las nuevas leyes y convenciones cae en el ámbito adjetivo de la responsabilidad del estado. ¿Quién es responsable?, o mejor dicho, cómo puedo conseguir no ser responsable, dónde puedo decir que no tengo soberanía.</p>
<p>Curioso, frente a la voracidad de competencias que siempre han manifestado los estados, la situación actual en esta materia es la inversa, hay un deseo de fuga, de huir de unas competencias que se ha vuelto sumamente complejas y donde el ejercicio de la soberanía no descubre conflictos entre Estados sino entre el Estado y su propia sociedad.</p>
<p>Por otro lado la crisis poblacional ha convertido a la inmigración en el salvavidas de las sociedades post-industriales, eso sí, al precio de la desnaturalización de las propias  sociedades nacionales. El extranjero, en estas sociedades superdesarrolladas, se ha convertido en inmigrante, penetrando profundamente en el marco defendido por las fronteras. Esta invasión, todo lo pacífica que se quiera, da al traste con los principios surgidos de la Revolución ya que ha creado en las sociedades modernas una nueva clase social, definida, no por su valor económico, sino por su status jurídico, es decir su propia capacidad de obrar, radicalmente alterada en el caso del inmigrante que ve sometida toda su actividad  a  previas autorizaciones administrativas, lo que le convierte en un ser minuscapacitado que, en lo jurídico, se asemeja a la esclavitud. En algunos países, como es el caso de Gran Bretaña, el Estado ha preferido incorporar estas comunidades como cuerpos orgánicos, acercando su solución más a la estructura social medieval que al principio igualitario del Liberalismo.</p>
<p>Residencia, trabajo, incluso matrimonio y multitud de sus actos jurídicos, requieren una previa autorización “paterna”. Como un menor, el extranjero aparece minuscapacitado, como también lo fue la mujer antes del  reconocimiento de su plena igualdad. Pero, en algunos casos, la pérdida de la personalidad es más radical: los ilegales. Expresión metonímica donde se traslada a la persona la condición ó la carencia- de su documento. Decía Bertolt Brecht en “Diálogo de refugiados”, “El pasaporte es más importante que la persona”:</p>
<p>“El pasaporte es la parte más noble del hombre. Y no es tan fácil de fabricar como un hombre. Un ser humano puede fabricarse en cualquier parte, de la manera más irresponsable y sin ninguna razón sensata; un pasaporte, jamás. De ahí que lo reconozcan cuando es bueno, mientras que un hombre puede ser todo lo bueno que quiera y, sin embargo, no ser reconocido”.</p>
<p>No resulta equivocado, en lo estrictamente jurídico, denominar a estos extranjeros los esclavos del siglo XX y, si no lo evitamos, también lo será del siglo XXI.</p>
<p>Ahora bien, esta doble crisis del Estado nacional, en sus relaciones internacionales y en las propias relaciones con las comunidades extranjeras, configuran el nuevo panorama del Derecho de extranjería, abocado a la contradicción irresoluble que encierra el doble sentido del principio de la Fraternité, por un lado como sustancia esencial de las relaciones entre los seres humanos, la humanitas como lugar de convivencia fraternal del género humano tal y como proclamó la Ilustración, y por otro  como factor excluyente de los no hermanados por la filiación a la patria, base ideológica del moderno estado nación.  Contradicción que ha venido arrastrando desde el mismo origen y que al principio de distinción entre nacionales y extranjeros ha opuesto la proclamación del internacionalismo de clase en las Internacionales socialistas, el pacifismo como ideología transnacional, las empresas multinacionales, específicamente en las relaciones de sus directivos, y hoy en día el propio espíritu de las O.N.G.s, incorporando la noción de intereses sectoriales, pero internacionalizados, a la preocupación de numerosos ciudadanos. Todo ello mantiene vivo ese viejo sistema de relación con el extranjero, la relación horizontal de extranjería que, lejos de haber sido superada por la dinámica del nacionalismo, reaparece constantemente como elemento configurador de una más humanizada convivencia.</p>
<p>VII</p>
<p>El problema radica en como construir, en medio de esta crisis, una auténtica teoría de los Derechos Fundamentales con eficacia plena en el tema de la extranjería y que sea capaz de “redimir” o “emancipar” –por usar una terminología que nos recuerda esa carencia de personalidad- a estos exhombres en la radical expresión de Nicolás Gogol.</p>
<p>Y es ahí donde la contradicción se nos cuela. Si analizamos los elementos positivos, comprobamos que las estructuras jurídicas no dejan lugar a dudas: tanto el derecho internacional, como la jurisprudencia y la dicción de las propias constituciones parten de reconocer, en su gran mayoría, la eficacia inmediata de esos Derechos Fundamentales, y con una radicalidad que acredita su esencia universal. Declaraciones, principios, convenios y tratados aportan esa solemnidad de lo eterno que parecería dejar zanjada la cuestión.</p>
<p>Pero, sin embargo, el discurso  subsiste como un elemento que cuestiona esa eficacia y su misma sustancia, un punto de crisis se instala poco a poco en nuestras conciencias que puede abrir la puerta a la crisis de todo el sistema. Y este discurso está en la calle, confrontando esos derechos fundamentales con la idea de nacionalidad, con la apreciación de una diferencia que nos hace sentirlos como otros en oposición a esa fácil frase que habla de un “nosotros”. Así, vemos sin demasiado escándalo de nuestras conciencias, a esos pobres diablos aterridos de frío mientras esperan esposados y en cuclillas al resguardo de un muro la repatriación hacia un mundo del que huyen. Nada tiembla en nuestra conciencia jurídica. No hay delito sin embargo en su comportamiento, ni son enemigos hechos prisioneros. Sólo su condición de extranjeros los vuelve extraños a un derecho que se construyó proclamando un mundo de libertades.</p>
<p>De momento solo propongo un mero ejercicio de  psicología moral a la espera de conocer el nivel de sensibilidad de nuestras almas. Parece como si todo fuera una mera cuestión de proporciones. Si tuviéramos que reconocer estos derechos a una presencia mínima de extranjeros no habría problema, ¡con cuanto afecto ejerceríamos de buenos samaritanos!, reconocerlos, sin embargo, a una población numéricamente sensible ya es otra cosa. Y todo ello, claro está, lejos de un núcleo duro que, como la participación política, se restringe sin consideración que valga a los ciudadanos solamente. Sin rubor exigimos a nuestros vecinos que controlen la emigración clandestina de sus ciudadanos, cuando fue ese mismo Occidente el que, para propios y ajenos, llamó a una barrera que pretendía lo mismo el “Muro de la Vergüenza”.</p>
<p>El tema se cruza, además, con el denominado factor de la “tolerancia”. La capacidad de asumir al otro como distinto, lo que entra en conflicto con los derechos del propio grupo. Un principio que se estrena en Westfalia y desde ahí mantiene su carga negativa: “unos” y “otros” reconocidos como diferentes por más que, en mor de la paz tras décadas de guerra, se termine “tolerando” su extrañeza. Por eso la pregunta sobre los derechos fundamentales en los extranjeros está cruzada por una previa, la consideración misma de esa extranjería y la posibilidad de articular, desde esta trasversal de la no-ciudadanía una estructura de derechos que, desde la Revolución Francesa, tiene como centro al ciudadano.</p>
<p>Ya desde aquí se incorporan nuevas variables. Estado, nación, y ahí dentro todo ese entramado de variables que denominamos “cultura”, ciudadanía, etc. se proyectan en el imaginario como conceptos solapables pese a remitir a realidades muy distintas. ¿Qué tiene que ver la Francia revolucionaria con la compleja herencia de los Capetos?. ¿Tenían algo en común un corso con un borgoñón, o con un judío de Rennes?. Nada, ni la lengua, ni la cultura, ni el paisaje físico e institucional, sólo la tenue conciencia de una lealtad dinástica. Sobre esa dispersión poblacional la Revolución construirá una nación, como dirá Renan, a base del olvido de todas las otras lealtades. Puro artificio que redimió las viejas dependencias y extranjerías y que, con todos ellos, creó la nueva identidad de los franceses.</p>
<p>Y en medio de todo esto, el derecho. Un derecho que nace siempre desde una voluntad de convivencia. Pues el derecho no existe en sí, de forma exterior al hombre. No es un hecho natural, por más que se proclame como derecho natural desde un principio, su naturaleza remite –en su radical dicción Ilustrada- al hombre y a su grupo, a su nación, ahí donde encuentra, “naturalmente”, a los suyos. Hay derecho porque hay personas, nos viene a decir Althasius en expresión rotunda digna de recordarse: “Persona es el hombre como coparticipe del Derecho” Hay derecho, por lo tanto, porque existe una comunidad que decide otorgarse un compromiso de trato, unas reglas de juego. La fantasía llevará luego a ensoñar un pacto primigenio –“Contrato Social”- desde un caos anterior, estado de la naturaleza lo llamará Rousseau, reconociendo el carácter convencional (y humano) de todo sistema jurídico.</p>
<p>No sabemos ni cómo ni cuándo nace, dilucidarlo compete a la filosofía del derecho o a lo sumo a una antropología que algo tendrá que decir al respecto. Pero si conocemos la realidad donde se muestra, y ésta es ya una sociedad plenamente constituida, sea simple o sofisticada, tiránica o democrática incluso, en todo caso se articula una convivencia, un estar del grupo, una densidad social que, sobre esa mentira de la esencia que nos une, construye los lazos que hacen “natural” la convivencia. A partir de ahí ese derecho cobra autonomía y surge ya la pregunta de la extranjería. El “otro” tarde o temprano, reaparece en el horizonte.</p>
<p>Entonces, esos otros, ¿comparten conmigo esas normas que hemos creado?. Normas que regulan relaciones, derechos, obligaciones, voluntad diferida en el tiempo. Un tiempo postagustiniano, lineal, que hace de las relaciones humanas algo denso, prolongado, parte de la vida y no mero accidente. La respuesta no es sencilla, demasiadas veces se ve ese derecho como un patrimonio que no gustamos compartir. El otro tiene su tiempo en otro sitio, resulta difícil otorgar algo al que, quizá, se vaya y no vuelva jamás, con el que la reciprocidad esperada termine frustrándose.</p>
<p>El derecho necesita así de una cierta densidad, un espesor en las relaciones extraño a la fluidez que constituye la esencia del extranjero. Peregrino, forastero, viajero, “ave que viene y se va” como recita el poema goliardesco describiendo a esos estudiantes medievales adscritos por naciones en la Universidad de París. Si no hay lazos –“ligatio”- ¿Puede haber derecho?.</p>
<p>Pero aún podemos ir más allá.</p>
<p>-¿Por qué me matas?. -¿Qué pregunta!, ¿No vives al otro lado del agua? Si vivieses en este lado, amigo mío, yo sería un asesino y sería injusto matarte de esta manera. Pero como vives del otro lado, soy un héroe, y ello es justo. ¡Una justicia extraña que está delimitada por un río!. Lo que es verdad en un lado de los Pirineos, es error en el otro”. (Pensées. B. Pascal)</p>
<p>La razón filosófica Ilustrada se enfrentó ya a este dilema y, como vemos, avanzó poco respecto al comportamiento de los más salvajes. La antropología nos cuenta como ciertos pueblos primitivos reservan para ellos solos la condición de humanos, reduciendo a animalidad –y a manduca- el cuerpo de los otros. El mito griego nos narra también esa bestialidad: Polifemo devora a sus huéspedes y Circe los convierte en cerdos. Animalidad en estado puro. Pero, hoy mismo, si confrontamos la extranjería al hecho de la guerra, el bochorno nos toca de cerca.</p>
<p>Hasta finales del siglo XIX no nació un derecho que se proyectara sobre la guerra, pero incluso hoy día, pese al desarrollo de ese mismo derecho humanitario, pese a la misma definición de un concepto como “crímenes de guerra”, la negación del otro dista mucho de estar superada. Matar, nos recuerda Pascal, deja de ser un delito para ser un acto heroico. De ese “otro” no sabemos nada, la tecnología militar lo aleja de mis sentimientos y mi conciencia. Su uniforme, su gorra, sustituyen su humanidad de forma absoluta. No es que la acción militar arrastre la consecuencia de su muerte –“daño colateral”-, se persigue solo matarle. Extranjería en estado puro.</p>
<p>Partiendo de aquí, ¿Puede el extranjero compartir mi derecho (¡y mis derechos!)?. De entrada la misma idea de extranjero lo dificulta. Con algunos ni siquiera entraremos en contacto alguna vez. Simmel nos dirá que por ello ni siquiera son extranjeros. Los habitantes de Siro, en alguna otra galaxia, escribe,  están más allá de toda relación, “no nos son extranjeros, &#8230; porque son como si no existiesen para nosotros, están más allá de la proximidad y la lejanía. En cambio el extranjero es un elemento del grupo mismo, como los pobres y las diversas clases de enemigos interiores&#8230;”. A nosotros, ¡al derecho!, nos interesan aquellos que sí entran en nuestro círculo, ese que Rómulo traza con su arado y por el que fue capaz de matar a su hermano. El personaje de Pascal descubre en la frontera el límite del derecho y en ese otro la ausencia radical de toda concordia. Pero también el punto de contacto. ¿Qué pasa si no lo mata, si penetra en el círculo, si, incluso, llega la paz y termina soportando su presencia?.</p>
<p>Roma pronto diseñó un sistema para esos otros –el ius gentium- como Grecia articuló toda una regulación para los metecos: la proxenia por la que se representaba al otro ante la comunidad y ante los mismos dioses. En Delfos, los sacerdotes encontraron la forma para que también pudieran acercarse al sacrificio -¡Y con ello contribuir a la riqueza del templo!- Proxenia, ius gentium, y las mil instituciones que, a lo largo de la Historia jalonan las relaciones de extranjería recrean, así, la posibilidad de convivencia. Sigue siendo extranjero, pero, por fin, le alcanza el derecho.</p>
<p>El antecedente, sin embargo, marca todos los pasos futuros. Un derecho distinto, menor, negación de su personalidad que le obligará a una continua representación antes de autorizar sus actos. Nace, así, un extranjero incapaz, a medio camino entre el esclavo y el menor, o la mujer, o el loco, sometido a una tutela-control que requiere doblar todos y cada uno de sus acciones y que, de una forma u otra, llega hasta nuestros días: como decimos, contratación, estudio, vida en familia, manifestación, asociación, la misma circulación y libertad, se verán requeridos de permiso de trabajo, de estudios, de reagrupación, de residencia, estancia o turismo incluso. Grecia los excluía de la propiedad inmueble, como todavía ven restringidos estos derechos sobre bienes “estratégicos”, condenados a una ligereza –como las aves, decía el poeta-  que marcará la misma idea de extranjería. Nómadas en su vida, pero sobre todo en la imaginación de los otros, que nunca terminan por verlos como a uno mismo. No será extraño que, durante siglos, el judío represente esa extranjería siempre errante.</p>
<p>Objetividad del extranjero que lo enfrentan siempre al resto de partes del grupo. No es, nos insiste Simmel, meramente un desvío o una falta de interés por nuestras cosas, sino una “mezcla sui generis de lejanía y proximidad, de indiferencia e interés”. Ave, sí, pero de rapiña frente a la que debemos incrementar nuestra desconfianza, origen de esos mil delitos que hacen inseguras nuestras ciudades o depredador, en todo caso, de nuestro trabajo, el último bien que nos queda.</p>
<p>El proceso se consolida cuando el derecho también deviene patrimonio. La Revolución Francesa convierte al súbdito en ciudadano, es decir, de objeto del derecho (súbdito) a detentador del mismo, soberano, creador de las normas y con ello de un proyecto de vida que, más explicito, el constituyente americano se atrevió a denominar “felicidad”. La Constitución, la obra cumbre del proceso revolucionario, se presenta así como el texto supremo del contrato: la nación devenida derecho. También ahí se deposita todo el patrimonio  jurídico acumulado: el ciudadano se convierte en heredero universal del monarca decapitado. Nuevo bien que también intenta rapiñar el extranjero.</p>
<p>El marco jurídico aún se hace más complejo cuando esos derechos se vuelven económicos. Hoy día las sociedades han perdido gran parte de su capacidad de cohesión, los viejo mitos de la patria, la cultura, la etnia –el pueblo- incluso, se hunden ante la realidad compleja de la vida y la cohesión se vuelve cuestión de números. La pertenencia, antes un factor sentimental e ideológico que vinculaba en la conciencia de una comunidad, deviene “inclusión”, es decir, incorporación a una patria “nutricia” que llena de calidez la existencia moderna. La ciudadanía más que social, se convierte en económica, puro valor de cambio que hace más rico ser danés que griego, por ejemplo, pero en todo caso, infinitamente más enriquecedor ambos casos que tener un pasaporte de Ecuador o de Costa del Marfil o de cualquiera de esos países miseria cuya condición de ciudadanía es aún peor que el exilio.</p>
<p>Pero la cuestión vuelve a complicarse en este nuevo milenio. Si la globalización difumina las fronteras, si los antiguos factores de producción circulan prácticamente sin descanso, la crisis, definitivamente, se instala en los sujetos humanos. Una extraña paradoja parece concebir una circulación del trabajo restringiendo, en cambio, la circulación de las personas. Disociación entre trabajo y trabajador que precipita en ese trabajo “ilegal”, que erróneamente llamamos sumergido. Ahí el único que resulta sumergido es ese emigrante, aplastado por el peso y el sudor de los plásticos y los talleres clandestinos. “turistas sumergidos” comentaba, ácidamente, “El Roto”, retratando los cuerpos medio hundidos de una “patera” volcada. Ignacio Ramonet, no hace mucho, nos recordaba lo difícil que resulta hacer compatible los altos niveles de renta social de la rica Europa y una globalización que habla de puertas abiertas. Si entraran millones de nuevos hambrientos, ¿seguiríamos teniendo renta social suficiente para pagar vacaciones para todos en unas Islas Afortunadas?</p>
<p>La propuesta no carece, sin embargo, de perfiles ideológicos. Disociación entre trabajo y persona  y que, si en sus propuestas más edulcoradas nos habla de una “liberación del trabajo”, retorno a un Paraíso perdido donde la actividad laboral se convierte en puro gozo, actividad de consumo que propone “trabajo donde realizarse”, llenando de glamour estético la vieja ética calvinista; a la contra, también supone la pura instrumentalidad que aboca a ese moderno régimen laboral desvinculado de la misma vida: a tiempo parcial, discontinuo, “trabajo basura” que no sirve para nada, ni siquiera para reproducirse como factor de producción. ¡Que lejos de la propuesta de la Revolución Francesa!, y que construyó esa trilogía de la civilidad: Trabajo, Asistencia social e Instrucción, sobre la que se basó el régimen republicano. Instrucción para ser un ciudadano cabal, dirán nuestros abuelos, es decir, un buen trabajador. Trabajo y ciudadanía llegaron a ser una misma cosa.</p>
<p>Es ahí donde aparece ahora la figura del inmigrante, no ya trabajador invitado –guestworker- sobre el que se reconstruyó la Europa desgarrada tras la guerra, sino mero trabajo, trabajo objetivo, desvinculado no sólo de la ciudadanía sino de la misma personalidad. Trabajo clandestino ejecutado por emigrantes ilegales. Sí, “ilegales”, pese al empeño de los bienpensantes a los que abochorna el término al calificar de ilegal no un acto sino a una persona. ¡Que equivocados están!, aquí no hablamos de personas, la mecánica de la Modernidad ha conseguido borrarlos en medio de la circulación de su pura fuerza de trabajo.</p>
<p>Circulación de bienes, capitales y trabajo, donde la metonimia (“la mano de obra”) deviene una realidad desvinculada del hombre que la porta. Pero, en medio de todo esto, ¿Cómo quedan los derechos fundamentales? Justamente ahí es donde radica la nueva competencia n ormativa de un orden internacional. y en esto considero pionera la Constitución de 1978.</p>
<p>Es cierto que la Constitución arranca con una proclamación específica de nacionalismo. Es la Nación española la que construye el estado. Así aparece enunciado en el texto. “La Nación española, desenado&#8230;”. El sujeto de todo el enunciado constitucional es la nación, a nación española, pese a que en ese momento constitucional –en pleno acto constituyente- no tuviéramos todavía la previa definición de lo que significaba ese sintagma. Desde ahí arranca ya todo el texto. Pero pasemos a analizarlo y encontraremos algunas respuestas. Desde una mirada ingenua, lo primero que apreciamos es que ese Estado que surge con la Constitución, no es más que el fruto de un deseo. Magistral ese comienzo donde, frente a la típica estructura normativa donde el primer verbo no es otro que es de un mandato (“ordeno”, “dispongo”, etc.), el verbo que aparece se construye en el campo del deseo. El estado se presenta, así, como una construcción desiderativa. Proyecto abierto e inacabado –como todo deseo fuerte y grandioso- que nos lanza generosamente hacia el futuro. Basta repasar el texto del Preámbulo para apreciar la acumulación de términos y expresiones cuyo contenido semántico remite a la idea de progreso. “progresista”, “avanzada”, todos ellos son términos que reclaman un modelo de interpretación específico. No estamos ante un “marco” como algunos proponen, la Constitución no es “el marco de la convivencia”, la idea de marco entraña un espacio cerrado por los cuatro costados, por el contrario, la idea que proyecta el texto es más la de un camino. Un camino con estrictos límites en los lados y con un mandato expreso: jamás retroceder, el dictado expreso que nos propone el constituyente es una marcha continua hacia adelante (la irreversibilidad de los derechos alcanzados), en la continua construcción de ese deseo de libertad, igualdad, seguridad y bienestar.</p>
<p>Ahora bien, si ese deseo nace en un sujeto específico, si es la Nación española el sujeto ensoñador que contempla lleno de entusiasmo democrático ese destino, el proyecto, sin embargo no se limitará a su propia objetividad. Sujeto y objeto se disocian y es la Nación española la que sueña, pero, como apreciamos, ese sueño se proyecta de forma generosa hacia el exterior. Un factor reclama la atención en ese preámbulo. ¡Qué fácil hubiera sido pronunciar una reflexiva con ese deseo grandioso!, “La Nación española, deseando SU (PROPIA) libertad, seguridad y bienestar” Sin embargo no es esto lo que proyecta el constituyente. Ahí incorpora un término que nos interesa resaltar: “..de cuantos la integran” Curioso que a lo largo de estos treinta años el término “integración” haya estado asociado biunívocamente con el de “extranjero”. Desde el Plan Nacional de Integración que propició la primera Regularización hasta la denominación actual de la Ley de extranjería, el legislador ha apartado, en una auténtica reserva terminológica, este vocablo para la materia de extranjería. Podemos nosotros también soñar que ya estaba –avant la lèttre- en la mens legislatoris del constituyente. Los beneficios de la Constitución se derraman así sobre la comunidad de todos, con independencia de su nacionalidad. Todos ellos constituyen el tejido humano de los que habitamos aquí.</p>
<p>El artículo 10 nos ayuda a comprenderlo. A través de este artículo, y a eso venía a cuento la reflexión sobre Kelsen con la que abríamos este artículo, se cuela, y con rango constitucional, todo el complejo derecho derivado de la Declaración de los Derechos Humanos. El texto constitucional alcanza así un volumen y densidad que escapan al primer vistazo. El Derecho Internacional de los Derechos Humanos no se incorpora a nuestro orden jurídico a través del artículo 96, como lo hace el resto del derecho internacional, sino que lo hace en el núcleo duro de nuestra constitución, en su puro cuerpo dogmático y a la cabecera de ese mismo título I que viene a definir el patrimonio jurídico que nos ofrece compartir nuestra Constitución.</p>
<p>Tengamos el coraje de decirlo, todo el resto de la Constitución es pura forma, mero adjetivo. Toda la estructura orgánica, ya sea institucional económica o territorial que va desde el título II hasta el final, no es más que pura mecánica para alcanzar y desarrollar los derechos constituidos –reconocidos-  en ese Título I. Y es ahí, como un nuevo “ius gentium” donde se entroniza el derecho de extranjería.</p>
<p>Decíamos al principio que el derecho de extranjería viene a detectar, como la piedra de toque, el estado de salud del sistema de los derechos fundamentales en el estado moderno. El derecho de la Modernidad, desde su surgimiento con la Revolución Francesa, se ha basado en el juego sistémico de los principios de Libertad e Igualdad y es justamente esto lo que entra en crisis con el derecho de extranjería. Cuando en un mismo espacio se comparten derechos distintos. Cuando colegas de pupitre quedan regidos por normas diferentes, o vecinos de rellano o compañeros de montaje en la fábrica ven reguladas sus vidas por leyes distintas que generan derechos dispares y, sobre todo, en una escala que termina categorizando a las personas, el principio de igualdad salta por los aires. Una plenitud de derechos reservada a los nacionales y asimilados, luego los residentes de larga duración, y una sucesión de escalones hacia abajo hasta esos ilegales que se ven privados hasta de la libertad. Todo esto, como decimos, rompe más de doscientos años de codificación. Aparece así un derecho estamental que nos devuelve a épocas pre-ilustradas.</p>
<p>Es cierto que esta erosión también se aprecia en otros órdenes: en el derecho penal, donde vemos romperse el magnífico edificio garantista que supo construir la razón jurídica desde Beccaria. Nuevas brujas (terrorismo, narcotráfico, pederastia) vienen a justificar el castillo de una nueva inquisición donde  la presunción de inocencia cede ante una sacralización de las  víctimas. Crisis del derecho que también se aprecia en el derecho internacional al renacer, frente al esfuerzo jurídico desarrollado desde La Haya modelos cuasi- medievales. Una nueva “Cristiandad” empeñada en extender sus “valores democráticos” aunque sea a sangre y fuego. Sin embargo es en el marco de la extranjería donde la radicalidad de la crisis se aprecia de forma más rotunda y también donde es más posible romper esta deriva anti-ilustrada.</p>
<p>El derecho de extranjería a lo largo de los últimos años ha sabido ir creando un verdadero muro frente a la barbarie. Un derechos pretoriano surgido de la acción conjunta de jueces, abogados, movimientos sociales, administraciones a la fuerza sensibilizadas por tantas contradicciones. Basta recordar que, hace apenas veinte años, había categorías de extranjeros excluidos del derecho a la educación, a la salud, incluso a la asistencia en urgencias. Frente a la idea de crear sistemas alternativos como propusieron algunas ONG, el derecho reaccionó en una serie de valientes sentencias donde se proclamó el carácter universal de estos derechos. Una “reconquista” de los valores ilustrados que continúa hoy día y que hace de los operadores jurídicos el centro mismo del debate jurídico.</p>
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