Dame tu mano, paloma
Que quiero subir al nido.
Me han dicho que duermes sola
Y quiero dormir contigo.
Canción popular.
“Dormir, contigo” es, en nuestra cultura, sinónimo del acto sexual. Para todos nosotros el sexo, la práctica del sexo, se realiza de forma paralela al descanso.
Una identidad cuasi natural que recrea nuestra conciencia erótica y que hace que el lecho haya devenido metonimia del amor. Los templos de la vieja Mesopotamia incorporaban ese mobiliario –lecho divino- como representación del matrimonio entre la diosa madre y su hijo amante. El lecho, la alcoba, y por extensión, la casa, recrean el espacio del sexo. En las culturas patriarcales constituirá el reino de las mujeres, en oposición a la masculinidad de la ciudad y la ida política. Su institución será el Matrimonio, de “mater”, frente al Patrimonio donde el padre ejerce su poder basado en las reglas de la amistad y la guerra.
La vinculación entre sexo y descanso es así un lugar común que pronto incorpora todo un universo de instituciones y términos vinculados. Descanso, placer, pero también holgazanería, ocio, vicio, etc. alcanzan, en esa relación privilegiada, su razón interpretativa. Lo sorprendente, y aquí radica la labor antropológica, es que ningún otro animal de reproducción sexual reclama esa postura para el acto reproductivo. Prácticamente todos los mamíferos practican el sexo de pie, en un acto más o menos largo pero en absoluto vinculado a la idea de sueño y descanso. El sexo animal es dinámico, violento, a la carrera, nada que ver con esa propensión nihilista que lleva al sexo a los palacios del sueño. …haz clic aquí para leer más
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