La globalización ha puesto en crisis gran parte de las premisas sobre las que funcionaba el modelo de estado surgido con la Modernidad. Y esta crisis también afecta al clásico Derecho Internacional.
El Estado moderno ha sido una de las más perfectas creaciones en la organización política. Desde su nacimiento a fines de la Edad Media ha sabido acumular toda una serie de factores de identidad que le han permitido llegar a ser la mecánica de subjetividad jurídica colectiva más plena que ha conocido la Historia. La idea de imperio –en su conceptualización jurídica- remitido al espacio de cada reino (el “rex imperator in regno suo est”, de los tratadistas tardomedievales); la identidad religiosa, ergo cultural, promovida para cada estado (el “cuius regio, ejus religio” de la Paz de Westfalia) como conciencia ideológica y, ya con el nacionalismo promovido desde la Revolución Francesa, la identidad de Nación y Estado que hace de la construcción política estatal algo natural (“natio”), cuasi biológico (pater-patria), inscrito en los mismos genes de los ciudadanos, todo ello ha construido la entidad política sobre la que se asienta el edifico político de la Modernidad.
Sobre esta construcción se creó un derecho internacional de subjetividades perfectamente definidas. Un mapa político que, como las piezas de un puzzle, dibuja las fronteras con colores nítidos, cerrando la escena a cualquier otro tipo de sujetos. Unidades definidas en su territorio, su población y su conciencia ideológica. Este es el Derecho internacional que entra en crisis hoy día, y lo hace al quebrar la triple autonomía de ese modelo unitario del estado-nación. …haz clic aquí para leer más
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Pese a la amenaza del derrumbe financiero del bienio 2008-09, la sociedad iberoamericana sale de un largo letargo. Las largas crisis político-económicas de décadas anteriores abocan a un escenario nuevo que apunta decididamente hacia la esperanza. Regímenes democráticos actúan en prácticamente todo el mapa del continente, sin embargo el horizonte no está exento de nubes ni el proceso de democratización resulta de una linealidad inquebrantable y unidireccional, nada, salvo la propia acción de las personas, puede impedir el retorno de las situaciones de crisis que asolaron la vida del Subcontinente.
Histeria, Melancolía, Furor, Depresión –según los cánones de la medicina al uso-, o por el contrario Alegría –“¡los Felices años 20!”, Optimismo o Pasión, cada siglo, época, cada país en un momento dado, han traducido sus angustias, deseos y miedos sociales con recursos que el uso del tropo nos permite trasladar de las patologías –“el pathos”- de los hombres a las sociedades y pueblos.
Crisis de identidades. Si algo denota la Modernidad es esta carencia de límites. Ya Alezandre Koyré apercibió, glosando las figuras de Galileo y Kepler, el paso de un Cosmos cerrado a un Universo abierto. Ciencia, geografía, cultura, ética, quizá también derecho, se adentran así, en el albor de nuestra época, navegando hacia un océano sin límites. Metáfora de un Odiseo en viaje más allá de los Pilares de Hércules, todo ello en renuncia a su mujer, padre e hijo por un ansia de conocer que prefigura la ciencia moderna. “Imago Christi” –también él mismo viajero entre los muertos- o contrafigura revolucionaria, atado –crucificado- al mástil de su nave. 







