
Es necesario romper con las metáforas engañosas que, enjaulándonos en una interpretación visual de los hechos, nos impiden comprender y conocer la verdadera naturaleza de las cosas.
Un país no es una “casa” y mucho menos una “familia”, tampoco es un “club” que disponga de derecho de admisión. Todas estas imágenes no son más que metáforas que, contrastadas con los nuevos fenómenos que nos toca vivir, se han vuelto ineficaces, contradictorias y sumamente peligrosas.
Esta ha sido la suerte de símiles y figuras como los mencionados de “casa”, “familia”, “club”, epíforas del concepto nación y estado, pero también de otras en las que sumergimos nuestra imaginación conceptual tales como “hermandad”, “filiación” o esa reiterada imagen botánica del árbol y sus raíces sobre la que interpretamos las más rancias ideas de nuestro universo político. Un culto agrario y patrimonial parece dominar nuestra capacidad imaginativa en lo que se refiere a ese concepto de nación y del que nos resulta tan difícil salir para comprender la política y la convivencia ciudadana.
De entrada un hecho. La sociedad política, en cuanto agrupamiento de personas sometidas a la condición de vida, desaparecería en menos de setenta años de existencia. A parte de los abandonos voluntarios, un período así de largo lleva a la extinción biológica por fallecimiento de sus miembros, de ahí que todo grupo humano con voluntad de continuidad deba articular mecánicas de inclusión e incorporación de nuevos miembros. Los dos únicos procedimientos para este proceso han sido a lo largo de la historia, la filiación y la inmigración, sea esta voluntaria o forzosa. Sistemas básicos por los que las sociedades nacionales se perpetúan en largos períodos históricos. De ahí la imperiosa necesidad para estos grupos de desarrollar políticas natalicias e inmigratorias, y algunas veces una confusa mezcla de ambas para cuya ejemplificación no hace falta acudir a la antropología más lejana.
Las políticas natalicias e inmigratorias tienen sus puntos en común y sus diferencias. Infanticidio y aborto junto a los incentivos a la natalidad reflejan la densidad, y la tragedia, de esa política sobre la procreación que ya usaron Roma y muchos otros pueblos desde la antigüedad hasta nuestros días; como la esclavitud y el drama de las migraciones modernas son testigos de la violencia de los procesos migratorios a lo largo de los siglos. Sin embargo, ni en un caso ni en el otro, el grupo permanece como el mismo. Ni en lo biológico, ni en lo cultural, y mucho menos en el tiempo, la sociedad que se extingue por imperativo de la vida es la misma que la que perdura a través de los nuevos miembros. Sólo la reconstrucción ideológica de una unidad por encima de la existencia de cada uno mantiene la conciencia de esa continuidad. Los tratadistas tardomedievales lo expresaron ya con una metáfora biológica: “natio non moritur”, reconstruyendo, a imitación del cuerpo místico de la Iglesia, el sagrado cuerpo de la nación. La metáfora corporal resolvía también otras necesidades, una segmentación entre “cabeza”, “tronco” y “extremidades” se introducía sutilmente y con ello la plena justificación de un dominio desde las elites políticas.
Pero para ello era necesario recrear el simbolismo de esa unión corporal. Si bien es cierto que económicamente la inmigración resulta más ventajosa –llegan ya en edad laboral y procreativa- los nacidos (o adoptados, en este caso el resultado es el mismo, lo cual refleja que el tema es ideológico y no genético) resultan mucho más dúctiles para la recreación simbólica: carecen de toda memoria sobre recuerdos nacionales anteriores y con ello de lealtades no dependientes de la nueva nación. Sin embargo esto no es más que una ventaja cuantitativa, no una diferencia estructural. El concepto “nación” ha sabido construirse tanto sobre un sistema como sobre el otro, Estados Unidos representa el éxito de una “nación de inmigrantes” que, sobre un reclutamiento exterior, ha sabido diseñar uno de los nacionalismos más potentes y vigorosos de la historia moderna.
Las metáforas aparecen a partir de aquí. Como apuntara Ernest Renan “la nación se basa en el olvido” o, mejor aún, sobre esos recuerdos inventados de una tradición que, siempre, se reclama como “in illo tempore”.
Y así se construye el mito. Un mito que nos habla de un momento primigenio, una “asamblea” casi onírica, declaración, más allá del tiempo, de la voluntad de construir el estado: “La nación, deseando establecer la justicia y la libertad, y en uso de su soberanía, proclama la siguiente Constitución…”. la misma construcción de la frase nos predestina a ese conjunto de metáforas sobre las que se instaura el discurso, la cárcel del lenguaje se cierra impidiéndonos toda posibilidad de comprensión. Pero la realidad es que nada de esto ha sucedido. Nunca hubo ese momento en la Historia donde la nación, más allá de toda construcción jurídica, pronunciase semejante sueño de deseo. De entrada porque la subjetividad de esa nación sólo existe a posteriori, justo cuando se produce el reconocimiento estatal de esa realidad de convivencia. Segundo, porque esa convivencia es plural, confederativa, articulada en una cadena de eslabones sobre la que es imposible reconstruir una unidad absoluta. No hay una fraternidad nacional, a lo sumo una vinculación más o menos fuerte que me une a distintas personas a lo largo de una geografía y un tiempo.
Pero ¿Qué me une con alguien a quien no conozco, que vive a cientos de kilómetros de mi casa, con intereses profesionales, culturales, sociales y afectivos absolutamente distintos de los míos? La cadena que le vincula a mi afecto y a compartir intereses conmigo puede ser tan larga o más como la que me une a cualquier otro al que, sin embargo, denomino extranjero. Pese a la ficción de la hermandad (“La Fraternité”), y la común filiación (“Les enfants de la patríe”) la realidad es que los lazos realmente identificables a duras penas soportan un espacio mayor que la vieja “polys” sobre la que se construyó el genio político griego.
Y es que el Estado no es una familia, y mucho menos es una casa. Esta segunda metáfora nos remite necesariamente al dominio inmobiliario, a esa propiedad “foncier” cuya cancela constituye el espacio sagrado de un domicilio inviolable. Aquí el símil propone también una reducción semántica de profundísimas consecuencias. Dos son las causas posibles para esta propiedad primigenia: la vinculación natural con ese suelo, es decir, esas raíces que hacen a sus habitantes nacer, como los árboles, de las semillas plantadas en su suelo –Pericles saluda a los atenienses con el apelativo radical de “autóctonos”, es decir, nacidos de la misma tierra- Y el otro sistema es el de la ocupación primitiva, un “res nullius” imposible y falso que ensueña el mito de una tierra virgen que no conoció anterior pisada del hombre. Pero es que, nuevamente, el dominio político nada tiene que ver con la propiedad privada. Los miembros de la nación no son los propietarios de ese suelo, la soberanía no es sinónimo de dominio y propiedad.
Y, sin embargo, es sobre estas metáforas sobre las que construimos nuestra imagen de la vida social en nuestras relaciones con los extranjeros. “Son unos invitados”, como si de nuestra casa se tratase. “Entran los que nosotros queremos”, sin especificar quién es ese “nosotros” ni cual es el título de semejante voluntad. “Si no saben vivir como nosotros que se vayan”, con nueva reiteración de una subjetividad abstracta a la que se acomoda una forma específica de saber vivir cuyo imperativo no comprendo.
¿Sabremos escapar de tanta metáfora? Dinamarca hoy no lo ha hecho. Es más, ha sucumbido a sus peores fantasmas. Como también lo hace Finlandia y amenaza con hacerlo Alemania, Francia y, ¡Ay!, España. Europa se muere.
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