Planteaba Kelsen que “la única soberanía auténtica (…) es el Orden jurídico internacional”. Esta realidad, querámoslo o no –por mi parte, absolutamente aceptada, aunque con sus matices- se impone de forma abrumadora hoy día. Es cierto que el concepto soberanía reclama la existencia de una fuente propia del derecho y que, hoy por hoy, todavía solo tiene esta competencia el Estado. Es más, desde el punto de vista de los valores democráticos, todavía es el Estado la única entidad capaz de traducir la voluntad popular y su conversión en ley; el marco internacional padece aún ese déficit democrático como instrumento canalizador de la soberanía del pueblo. Sin embargo, pese a ese protagonismo indiscutible, poco a poco, como en una lluvia fina, se ha ido colando el reconocimiento de unos valores jurídicos, es cierto, de compleja positivación, pero cada vez más concretos y consistentes y sobre los que se construye el sistema actual de los derechos fundamentales. Una doctrina que unas veces sobre el soporte del denominado corpus de los Derechos Humanos, otra sobre el más antiguo del Derecho Internacional Humanitario o, incluso, derivado de la cada vez más densa exigencia de la sociedad civil a través de su entramado orgánico, ha ido construyendo todo un sistema que desborda definitivamente la competencia de ese monopolio que tenía el estado nacional a la hora de elaborar tanto el Derecho como los propios derechos de las personas. Es bajo esta luz específica como tendremos que construir la conciencia jurídica de nuestra época. …haz clic aquí para leer más
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Resulta relativamente fácil vincular la fiesta al mundo divino, tan íntimamente unidos en el calendario. Toda ceremonia religiosa se desarrolla en un marco festivo (luego, con el nacionalismo, el testigo lo retomarán las ceremonias patrióticas). Pero nuestro proyecto va más allá. La fiesta no es sólo el espacio donde se desarrolla el acto religioso, es su misma esencia: la religión nace de ese fluir de entusiasmos. Aún más. Esa fiesta en sí el origen mismo del hombre, la hipóstasis de su rito erótico, la especial configuración donde articula sus instintos sexuales. espacio de la cópula. Otros animales hipostasiaron otros atributos. Los ciervos desarrollaron hasta la locura una armazón de astas que pierde todo sentido. El pavo real potenció la sinrazón cromática y de formas de una cola deslumbrante o el ruiseñor elevó su canto “hasta la sinfonía inmensa de sueños”. Todo se reduce a la cromaticidad, melodía y formas alcanzadas por el pellejo, el plumaje, la cornamenta, o la competencia bucal y cinética. Todos ellos atributos surgidos de su propia naturaleza. No hay nada nuevo en esos cuernos de capricho, ni siquiera en su crecimiento enloquecido, cuernos los tienen numerosas otras especies de animales.
Hasta ahora hemos hablado de fiesta. Sin embargo no nos hemos concentrado en esa fiesta y su potencial dinámico. Es ya el momento de hacerlo.
Hoy la crisis se nos aparece en toda su dimensión. Sin embargo sus raíces son mucho más profundas que la mera apariencia de un descalabro económico. Por eso Ferrajoli no duda en definir tres niveles en esa crisis y desde donde podemos apreciar la totalidad de su dimensión: crisis en la legalidad, crisis en el estado social y crisis en el estado nacional que, en parte, conducen a una profunda crisis de la democracia. Y es que la situación denunciada por el juez italiano no solo afecta a esa fenomenología de la ilegalidad que nace de la vida política, rotos los controles clásicos en el mundo económico y su capacidad de contaminar a los partidos, o a ese proceso de descodificación y fragmentación legislativa que nos aboca a una selva normativa donde termina imperando la ley del más fuerte, o incluso a la misma sede de la soberanía, la crisis afecta ya directamente a la democracia, al propiciar la reproducción de formas neoabsolutistas que expulsan no sólo las garantías básicas del derecho, sino a la misma razón jurídica en su función normativa, ese derecho sobre el derecho regulador de la propia estructura de la legalidad, desbordado hoy día por exigencias, nos dicen, de la lucha contra el terrorismo y esa amalgama de tráficos donde las drogas, inmigración y prostitución, terminan colocados en un mismo saco.
Las sociedades no tienen un modelo, se encuentran en continua transformación en procesos de equilibrio inestable que les lleva a una continua redefinición de sus sistemas de fuerza y sus valores. Sin embargo la conciencia humana percibe una imagen mucho más estable, grandes olas donde nos instalamos y que permiten clasificar las épocas subrayando el acento específico que les da el tono. Desde esta perspectiva, La segunda mitad del siglo XX quedó definida como la época del “Estado del Bienestar”. Apócope de una estructura más compleja y que definimos bajo los siguientes parámetros: Estado-Nacional-Industrial-Social.







