Dos visiones:
…El juego misterioso que va del amor a un cuerpo al amor a una persona me ha parecido lo bastante bello como para consagrarle parte de mi vida. Las palabras engañan, pues la palabra placer abarca realidades contradictorias, comporta a la vez nociones de tibieza, dulzura, intimidad de los cuerpos y las de violencia, agonía y grito. La obscena frasecita de Posidonio sobre el frote de dos parcelas de carne no define el fenómeno del amor, así como la cuerda rozada por el dedo no explica el milagro infinito de los sonidos. Esa frase no insulta a la voluptuosidad sino a la carne misma, ese instrumento de músculos, sangre y epidermis, esa nube roja cuyo relámpago es el alma.
Reconozco que la razón se confunde frente al prodigio del amor, frente a esa extraña obsesión por la cual la carne que tan poco nos preocupa cuando compone nuestro propio cuerpo, y que sólo nos mueve a lavarla, a alimentarla y, llegado el caso, a evitar que sufra, puede llegar a inspirarnos un deseo tan apasionado de caricias, simplemente porque está animada por una individualidad diferente a la nuestra y porque presenta ciertos lineamientos de belleza sobre los cuales, por lo demás, los mejores jueces no se han puesto de acuerdo.
Marguerite Yourcenat, en “Memorias de Adriano”.
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Creo recordar que en “El nombre de la rosa”, Umberto Eco propone como origen de la intriga la existencia de un libro perdido de Aristóteles sobre la Comedia, que es reencontrado en la biblioteca del monasterio. La trama criminal se desencadenará cuando un monje hace desaparecer este libro –y a todos cuantos lo leen- ante el temor que, bajo la alta autoridad del filósofo, el humor terminara llenándose de dignidad. La risa que provoca la Comedia devendría, así, expresión de una cultura tan exquisita como el llanto en la tragedia. Aquel monje, ciego y reaccionario -¡y español!- entendía esta risa como incompatible con la seriedad que reclama la ética cristiana y la cultura en general.
Las sociedades avanzadas han superado el umbral de todo posible equilibrio entre el hombre y el medio, por eso la moderna teoría jurídica proyecta la definición de los derechos fundamentales como una mecánica de obligaciones, expresión de que solo cabe ya el autocontrol como organización básica de la convivencia.
El Mediterráneo vuelve a estar en la centralidad del mundo moderno. El renovado Proceso de Barcelona, articulado hoy bajo las propuestas de la Unión para el Mediterráneo, nos sirve de aviso de algo cada vez más evidente, no solo que ese mar ha estado siempre ahí, en medio de uno de lo focos principales del desarrollo de la humanidad, sino de algo mucho más radical, en definitiva, de que no hay manera de mirar al futuro, desde todas las sociedades que contornean sus costas, sin hacer un ejercicio de reflexión sobre la intimísima relación entre todos los pueblos que habitan sus orillas.
Partamos de un hecho: el derecho moderno, frente a las construcciones medievales dominadas por la religión y sus mitos, deja libre del análisis jurídico todo lo que concierne a la conciencia. La conciencia no delinque, podríamos apostrofar. El más terrible crimen, imaginado; la aberración antijurídica más despiadada, pensada; la violencia más destructiva siempre que sólo se conciba en el ánimo, quedan al margen del derecho y no merecen reproche alguno desde el aparato de la justicia. Al derecho solo le resta la exterioridad, lo que realmente produce daño al otro.






