Pero con todo sólo nos atrevemos a imaginar como fue el antes y como el después. El momento de tránsito sigue oscuro, extraño a toda comprensión. Saber como era antes tampoco es tan difícil, nos basta contemplar la realidad animal que nos entorna o al mismo hombre despojado de sus ropajes culturales. Y el después somos nosotros mismos. El proceso se asemeja a lo que en matemáticas denominamos “límites”, ese ir reduciendo las distancias hasta llegar al punto cero. Pero, ¿Que pasó en ese grado cero?, esa es la cuestión, y esta cuestión se nos sigue escapando. Vaciar esa conciencia humana, alcanzar ese grado cero todavía se nos resiste. Y sin embargo es ahí donde está la clave. La rama luego crece de forma natural construyendo su larga estructura, pero, el por qué crece por ahí, el por qué se lanza en ese preciso momento, eso sólo nos lo puede decir la yema en el momento en que brota, endeble y delicadísima, subre la superficie del tronco. El por qué se acumula ahí esa energía vital que hará surgir la rama, eso sólo lo alcanzamos a ver en el justo grado cero en el que se desarrolla ese vástago. Nuestra pregunta apunta a ese por qué. Cómo, en definitiva, se construyó ese complejo sistema de donde nacerán después las ramas conceptuales de la Belleza, la Justicia, la Bondad o la Gloria o la misma Poesía. Por qué se puso a pensar, por qué construyó esa extraña categoría de la identidad. …haz clic aquí para leer más
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El concepto tolerancia es uno de esos conceptos estrechamente ligados al derecho. Toda una serie de principios jurídicos se vincula al mismo, proponiendo, de una forma otra, una moderación en el exigencia y práctica de la ley. Phronesis, equiteia, en definitiva, prudencia y equidad, constituyen, como decimos, formas de acercar el derecho a la realidad de los hombres.
He querido ir como el cazador tras su pieza. No hay sistema. Como tantas veces ese hombre al que nos hemos referido debió perseguir a los inquietos ungulados. Dominado más por las reacciones de éstos que por cualquier estrategia. Debió seguirlos durante días. Debió convivir tanto con ellos que terminaron acostumbrándose unos a otros, sin saber quién imponía la marcha. Perseguir aquel hombre primitivo nos obliga también a este deambular, acortando, a cada estadio, algunos pasos. Un acercarse poco a poco hasta comprenderlo en su mirada.
Hace 75 años, el teólogo de origen protestante pero convertido al catolicismo ya en esa época, C. Pearson, publicó un interesante libro denominado “El monoteísmo como problema político”. Con este pequeño tratado pretendía mostrar la imposibilidad actual de una teología política en el campo específico de la teología dogmática. El libro recibió una apasionadísima réplica de Carl Schmitt, verdadera “contrarréplica” ya que con el título de Teología Política II venía a refutar esa negación que, en cierto grado, respondía a un anterior trabajo del jurista alemán de 1922, lo que venía a ser su “Teología Política I” Las certeras reflexiones de Schmitt, pese a su absoluta ideología reaccionaria, alcanzan en estas primeras décadas del siglo XXI una novísima actualidad. Es sobre este renovado quehacer de una teología ya definitivamente política, sobre lo que queremos reflexionar en este artículo. Quizá, incluso, en un paso más, la definitiva comprensión –ya desde una perspectiva que, por oposición a Schmitt, podríamos denominar progresista- de que no puede haber otro modo de teología que no sea política. Pero son estas conclusiones la que pretendemos sacar al final de esta ponencia.
Quizá una de las más sublimes explicaciones sobre el concepto de soberanía nos la proponga Carl Schmitt con su confrontación entre los conceptos de Regla y Excepción. Sobre este binomio construye toda una teoría del derecho de enorme eficacia todavía para nuestra época. Regla y excepción aparecen, así, como los ejes de un sistema que nos permite comprender, en el espacio de la vida y no en la teorización angelical de la academia, el hecho mismo de la soberanía. “Soberano es quien toma la decisión en medio del estado de excepción” Frente a la mecánica normatizada de la vida administrativa y sus funcionarios (los técnicos), la urgencia de una decisión, incluso contra la normalidad de las reglas, define el ejercicio real de la soberanía. La propuesta analítica de Schmitt nos lleva al punto mismo de la vida política, y lo hace como realidad actual, es decir, presente en cada momento y no como un espacio-tiempo mítico que nos remita a un pasado remoto donde “quizá una asamblea, o incluso un usurpador” –en expresión de Kelsen- catalizaran aquella energía (el poder constituyente) para convertirla en materia normativa. No. El poder constituyente –como teoría de la excepción- está siempre presente, aparece así en la inmediatez de la vida. La famosa pirámide normativa no es así –vendría a decirnos el jurista alemán- un tupido edificio de piedra definitivamente levantado, sino una construcción nebulosa pero poderosísima, como esos terribles tornados y huracanes, donde la densidad de las nubes no impide, sino al contrario, fomenta y provoca fortísimas corrientes de aire y vientos que llenan de vida y energía a la tempestad. El concepto de soberanía tiene de esta manera una lidad inmediata y presente y es este aspecto el que nos interesa. 







