La solidaridad. En medio de la crisis de la política se desarrolla un movimiento que, carente de otros rasgos de identidad, reclama para sí el calificativo de solidario. Sin rubor y ante la mercantilización del mundo, desde distintos espacios se pronuncia esa exigencia de solidaridad que, en expresión reflexiva, reclama al ciudadano ese “ser solidario”. Propuesta que se incardina en nuestras sociedades (he ahí la duda) como reclamo bienpensante. Secularización de antiguas prácticas de la piedad religiosa.
Y sin embargo el concepto entraña aspectos de mucha mayor complejidad. Frente al sincretismo apañado por estos grupos postcristianos, que han terminado reduciendo su contenido a una subespecie de Caridad del siglo XXI, el concepto solidaridad recobra una dimensión jurídica –incluso constitucional- bajo la dinámica política de lo que hoy damos en llamar “pensamiento republicano”. ¿Estamos, por tanto, ante un derecho que pudiéramos llamar también fundamental?.
Si nos atenemos a su pura dicción semántica, el término aparece en lugares estratégicos de nuestra Carta Magna: el Preámbulo y el artículo segundo, clave el primero del proyecto ideológico y el segundo de la construcción espacial de nuestro sistema. ¿Bastaría esta presencia para su configuración jurídica?. En este artículo nos proponemos dar una respuesta positiva, analizando la potencia conceptual del término y, sobre todo, su eficacia para reconstruir sobre la raíz de este derecho las bases de una nueva sociedad. …haz clic aquí para leer más
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Dos visiones:
Creo recordar que en “El nombre de la rosa”, Umberto Eco propone como origen de la intriga la existencia de un libro perdido de Aristóteles sobre la Comedia, que es reencontrado en la biblioteca del monasterio. La trama criminal se desencadenará cuando un monje hace desaparecer este libro –y a todos cuantos lo leen- ante el temor que, bajo la alta autoridad del filósofo, el humor terminara llenándose de dignidad. La risa que provoca la Comedia devendría, así, expresión de una cultura tan exquisita como el llanto en la tragedia. Aquel monje, ciego y reaccionario -¡y español!- entendía esta risa como incompatible con la seriedad que reclama la ética cristiana y la cultura en general.
Las sociedades avanzadas han superado el umbral de todo posible equilibrio entre el hombre y el medio, por eso la moderna teoría jurídica proyecta la definición de los derechos fundamentales como una mecánica de obligaciones, expresión de que solo cabe ya el autocontrol como organización básica de la convivencia.
El Mediterráneo vuelve a estar en la centralidad del mundo moderno. El renovado Proceso de Barcelona, articulado hoy bajo las propuestas de la Unión para el Mediterráneo, nos sirve de aviso de algo cada vez más evidente, no solo que ese mar ha estado siempre ahí, en medio de uno de lo focos principales del desarrollo de la humanidad, sino de algo mucho más radical, en definitiva, de que no hay manera de mirar al futuro, desde todas las sociedades que contornean sus costas, sin hacer un ejercicio de reflexión sobre la intimísima relación entre todos los pueblos que habitan sus orillas.







