Partamos de un hecho: el derecho moderno, frente a las construcciones medievales dominadas por la religión y sus mitos, deja libre del análisis jurídico todo lo que concierne a la conciencia. La conciencia no delinque, podríamos apostrofar. El más terrible crimen, imaginado; la aberración antijurídica más despiadada, pensada; la violencia más destructiva siempre que sólo se conciba en el ánimo, quedan al margen del derecho y no merecen reproche alguno desde el aparato de la justicia. Al derecho solo le resta la exterioridad, lo que realmente produce daño al otro.
El problema surge en la franja gris entre el pensamiento y los hechos, entre el ánimo y los actos, entre concebir la puñalada y asestarla. Ahí en medio se ubica el mundo de la expresión y la palabra. El quid del asunto es definir –y declarar- si la palabra queda del lado del pensamiento o ya profundiza en la factualidad de los hechos. …haz clic aquí para leer más
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La gran dificultad para construir todas esas nuevas teorías que hoy circulan sobre choque, alianza o diálogo de civilizaciones o culturas estriba en la previa definición de esos conceptos a los que damos entidad subjetiva: esas mismas civilizaciones o culturas.
Estamos cruzando los veinticinco años de las primeras leyes modernas de extranjería y, sin embargo, aún no hemos encontrado, no ya un modelo de ordenación que haga plenamente compatible la protección que pretenden estas leyes con las exigencias de la doctrina de los derechos humanos, sino incluso algo mucho más inmediato, las mecánicas de resolución técnica de conflictos de extranjería basados en principios de justicia y eficacia.
Los orígenes de la economía fueron modestos. Los mercaderes, con sus ábacos, buscaban transcribir, para su memoria, las operaciones realizadas. Mera contabilidad. La reflexión sobre esta técnica surge de la mano y en oposición a la política. Economía de “oikos”, casa, vendría a ser, en la terminología de Jenofonte, el arte de la buena ordenación de la casa. Con esto los autores la han opuesto a la política, donde el acento se ponía en la ciudad. Ahora bien, frente a una acumulación de connotaciones donde se incorpora la dicotomía “público-privado” (idios-demosion), la relación entre economía y política no era necesariamente de oposición. Ni la casa tenía nada de privada –hablamos más de lo que luego se denominaría “el palacio” (de ahí el derivado “dominus” de “domus”), estructura basal del mismo estado-, ni la ciudad era espacio público en el sentido que adquiere con los autores del XIX desde B. Constant. La ciudad se vivía y se vivía en ella. La plaza, la calle, el foro acaparaban las mejores horas de vida de cualquier ciudadano.







