El concepto Progreso es una de las ideas más firmemente arraigada en la conciencia moderna y esto tanto como desarrollo de las ciencias y las artes como en su calidad de propuesta específica de los fundamentos de los derechos del hombre. Derecho Fundamental o directamente ley de la misma naturaleza humana, quizá, del propio Universo, llegarán a proclamar algunos. He ahí la pregunta, porque si el Progreso es la consecuencia necesaria de la propia dinámica de la vida, ¿Necesitaría proclamarse como un proyecto diseñado por esa misma sociedad? En definitiva, ¿Hay un derecho al progreso, como pudiera haber un derecho al desarrollo de la personalidad o es una consecuencias natural del propio devenir humano?.
En el primer caso sería un derecho a avanzar en una determinada dirección en el devenir histórico, el reconocimiento de una senda por la que transcurrir y que nos garantizaría unos objetivos reconocidos por la sociedad y el derecho como fundamentales. La pregunta, desde su misma formulación, aparece repleta de Historia. La misma idea de Progreso es historia como fundamento de la vida, entraña un camino, como ya hemos dicho, pero también una voluntad, es decir, un proyecto que compete a la sociedad en su conjunto.
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Para el próximo mes de junio se convoca lo que, en las sociedades modernas, se suele denominar la “fiesta de la democracia”: la celebración de una jornada electoral. No me intereso aquí por los posibles resultados sino por el acontecimiento, es decir, por lo que entraña de fiesta y por el significado que esta fiesta tiene en el mundo globalizado en el que estamos inmersos.
Las onomásticas son un buen lugar para la fiesta. En el caso de los pueblos, quizá, deben ser también un momento para recordar las bases sobre los que se construyó el edificio social sobre el que vivimos.
¿Existe un derecho a la sociedad?. De nuevo nos encontramos en los bordes del Derecho, en ese marco donde nace la misma idea de lo jurídico. Wasler proclama que el primer bien que disfrutamos no es otro que el de la pertenencia, con ello vemos que, desde la filosofía de la ética, la sociedad –la ciudad, dirán los clásicos- se construye como el más primitivo de los derechos, auténtico eslabón perdido entre la sociabilidad instintiva y la ley. Ya, de entrada, el propio término usado por el filósofo norteamericano resulta inquietante: “Pertenencia”. Un derecho que “nos obliga”. Una misma raíz ética para toda una serie de lazos –“latio”, de donde vendrá “relación”- que, como la amistad, la entrega paterno-filial o el deseo amoroso, constituyen la prehistoria genética de todo derecho.
Leo las recientes encuestas -el CIS, entre ellas- y constatan lo que era inevitable. Después de la realidad de un proceso que se vive en los bolsillos de una inmensidad de personas, y se vive con el dolor de unas cuentas rotas; después de la machacona insistencia con la que nos repiten el término “crisis” por los políticos y los medios de comunicación; la idea abstracta de crisis se ha instalado definitivamente entre nosotros.







