Religión y cultura son radicalmente compatibles con la libertad de expresión. Sólo en medio de la ignorancia y la simplificación se produce la colisión de valores.
Acontecimientos modernos me hacen recordar una sentencia de hace unos años. Fue en un tribunal de París, en el caso Houllebecq, que ya en ese momento me despertó sentimientos contradictorios: entusiasmo y sinsabor, pena y alegría. Reflejaba la distancia que hay entre el derecho y la vida. Distancia necesaria aunque a veces dolorosa, como la que hay entre la razón y el deseo.
Al final me decanté por una visión positiva. Bienvenida sea esta sentencia y aprovecho para soñar, para exigir, su extensión universal, su consideración absoluta: no hay vínculo entre la palabra y los hechos, ¡que cosa más sencilla de comprender!, la voz, sea sublime o terrible o vergonzosa, no es más que aire, “flatus voci”. Aire, como nos recuerda la sublimidad de la opera -“aria”- o el ruido más repugnante. En uno y otro caso, puro viento en la inmensidad de la atmósfera. Y este aire nunca puede ser delito. De Mein Kampf a la oral enseñanza de un Sócrates. ¡Que estupidez ambas condenas!. Reivindico el derecho a decir cualquier cosa y más aún a decirla por escrito donde el aire pasa a ser mera imagen: imagen de gas, de viento, la más pura de las abstracciones. Leer supone siempre un esfuerzo, nada nos obliga a leer ninguna cosa, la mirada resbala necesariamente cuando lo escrito nos aburre y no hay peor condena para un texto que su carácter de aburrido. …haz clic aquí para leer más
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